Socialismo es corrupción

La ideología socialista, tal y como la defendiera en su tiempo Pablo Iglesias Posse, era marxista y colectivista. No en vano el Partido conserva en sus siglas esa “O” de “Obrero” y en sus mítines aún es posible oír cómo la gente canta la Internacional con el pañuelito rojo y el puño en alto.

La ideología socialista nació frontalmente enfrentada al sistema de valores propios de la sociedad tradicional: religión, patria, familia…; así como a los impulsos individualistas y economicistas propios del liberalismo: propiedad, derechos de la persona… Lo de ser “revolucionario” no era una metáfora, como lo es ahora, que empleamos el término en un sentido descafeinado. Ser revolucionario a finales del XIX era despreciar los parlamentos y las elecciones como pantomimas burguesas, y justificar el uso de la dinamita y la quema de conventos, por ejemplo.

Un día llegó Felipe González y dijo que había que renunciar al marxismo, como lo habían hecho ya otros partidos socialistas europeos bastante antes. No le vamos a recriminar eso; pero lo justo hubiera sido que el Partido hubiera hecho al menos una mínima autocrítica tras esa rectificación, después de un siglo de constantes fechorías subversivas. Porque tenían muchas cosas de las que arrepentirse.

Sin embargo, no ocurrió nada de eso: todo el pasado fue asumido con complacencia con el falaz lema de “Cien años de honradez”. La honradez consistía en haber pasado de instigar el terrorismo durante la Restauración a colaborar con la Dictadura de Primo de Rivera; de organizar golpes de Estado sangrientos, cuando perdían las elecciones en plena República, a gestionar chekas en las que se torturaba y asesinaba a personas inocentes al margen de toda legalidad. Todo ello para después desaparecer de la historia de España entre 1939 y 1973, no sin antes reventar las cajas de seguridad de los bancos (incluido el Banco de España) para hacerse con un botín fabuloso y asegurarse así un exilio dorado en el extranjero.

Realmente, hablar de honradez, casi parece un chiste. Solo a un pueblo entre borrego e ignorante puede engañársele con una mentira de ese calibre. Tal vez por eso, el PSOE se ha convencido de que imponer una Memoria Histórica creativa, usando el Boletín Oficial del Estado, resulta muy fácil y rentable en España. No sé cuántos catedráticos de Historia Contemporánea hay en nuestro país: lo que me extraña es tanta prudencia, o tanto desconocimiento, o tanta cobardía, o tanta confusión, o tanta complicidad…

El PSOE de hoy ya no se considera ni revolucionario ni marxista. Más bien es, básicamente, una engrasada y parasitaria máquina de poder, asentada en unas poderosísimas terminales empresariales, mediáticas e institucionales. Conserva sus fobias de origen en contra de la familia tradicional, institución que está ya casi en ruinas, especialmente entre las nuevas generaciones, en gran parte gracias a sus esfuerzos. Pervive en ellos cierto resentimiento contra la patria (sobre todo si es española), ya que consideran su historia como una larga noche de machismo, imperialismo e Inquisición. Y, por supuesto, perseveran en sus prejuicios contra el catolicismo, aunque esta última tirria esté ya muy amortiguada, habida cuenta de la incomprensible tendencia de la jerarquía eclesiástica a hacer irrelevante en la sociedad el anuncio del Evangelio de Cristo.

El programa del PSOE es de un relativismo extremo y, por tanto, es capaz de aceptar sin remilgos los aspectos más discutibles de la economía de mercado, como cuando preconizaban la “cultura del pelotazo” y se lucraban con información privilegiada, como hicieron tantos empresarios “amigos” del amado líder. Pero, a la vez, son capaces de aliarse con comunistas y separatistas, y defienden dictaduras eternas que niegan los derechos más elementales, siempre que tengan pedigrí izquierdista. Los empresarios siguen siendo sospechosos, sobre todo en la medida en que se han ganado su fortuna a base de riñones. Pero, en realidad, para ellos, ser millonario no es ningún problema, siempre y cuando se trate de uno de los suyos. Ahora bien, como son incapaces de ganar esos millones a base de trabajo y de creatividad, lo hacen arrimándose a los sueldos públicos y a las “puertas giratorias”.

La clientela socialista ya no es la “famélica legión” de obreros sin pan, sino minorías gramscianas que aspiran a ser tomadas por víctimas con derecho a privilegio. Unas supuestas “víctimas” muy subvencionadas, que confunden sus apetencias con sus derechos, y que creen que desear algo fervientemente es título suficiente para que otros tengan que pagar para su satisfacción.

En este contexto en el que no hay verdad ni mentira, en el que da igual con quién te alíes con tal de tocar poder, en el que el pasado es pura plastilina con la que se puede moldear el presente, la corrupción socialista ya está institucionalizada. En esta España, a la que ya no reconoce ni la madre que la parió, ya no hay que trabajar para cobrar; no hay que estudiar para aprobar; ni hay que cotizar para percibir prestaciones. La ignorancia es cultura; la virtud es vicio; la vergüenza es orgullo. Los libertinos nos sermonean y los inmorales nos han prohibido hasta contar chistes. Otegui es un hombre de paz y Ortega Lara un facha peligroso. La igualdad consiste en establecer cuotas y privilegios. Mucha gente ve como normal que haya que traer a más y más inmigrantes, porque los españoles no quieren tener hijos ni hacer determinados trabajos. ¿Cabe más corrupción?

En este contexto, digo, ¿a quién le puede extrañar que el PSOE andaluz (el partido con más casos de corrupción de Europa) haya sido condenado por una malversación de 680 milloncejos de euros? ¿A quién le puede extrañar que, teniendo en cuenta que eso era solo el aperitivo comparado con lo que estaba investigando la juez Alaya, decidieran quitarla de en medio? ¿A quién le sorprende que el PP, por boca de su presidente, haya dicho que no hay que hacer sangre con este caso? ¿A quién le extraña que, con la que está cayendo, los socialistas hayan puesto la máquina propagandística a funcionar diciendo que Chaves y Griñán son muy buena gente, que no se llevaron el dinero a casa y que repartieron el botín entre muchas personas? Curro Jiménez y Al Capone eran más sutiles en sus apologías.

Lo malo de la corrupción es que las narices se acostumbran a oler el pestazo cuando se vive justo encima del foco de podredumbre. Así que puede que todavía no esté colmado el vaso de la paciencia de los ciudadanos que sostienen con sus impuestos ente inmenso tinglado. Lo que nos quedará por ver… y por oler.

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