Recapitulando la situación

En ocasiones conviene hacer una recapitulación de dónde estamos para tener un poco de perspectiva en la evolución de los acontecimientos. Los que ya hemos vivido mucho tenemos el deber de hacer una obra de caridad: recordar a los olvidadizos aquello de lo que nos acordamos, antes que vengan otros a inventarse la Memoria.

Pero, en este sentido, no nos vamos a remontar muy lejos. Nos gustaría recordar sencillamente cómo Zapatero salió del Gobierno en 2011 por la puerta de atrás, tras haber gestionado la crisis de 2008 de manera calamitosa, aunque a él y a los medios que lo apoyan, parece que ya se les ha olvidado.

Tras una breve crisis de liderazgo en este partido que nos aflige por nuestros pecados, un oportunista como Pedro Sánchez, doctor por la Universidad de la vida, pasó a liderarlo por una serie de rocambolescas casualidades, a pesar de que el mismo aparato que mora en Ferraz había tratado de desembarazarse de él en 2016, tras comprobar su rara habilidad para manipular urnas detrás de unas cortinas.

Desde entonces ya ha demostrado con creces, como buen agente patógeno, su admirable capacidad de resiliencia y de resistencia, hasta el punto de que publicó un manual en el que da algunas recetas de cómo acantonarse en las dependencias públicas sin que te echen ni con agua caliente: básicamente, echándole morro. Pero mientras sea capaz de ganar elecciones, a la máquina de poder llamada PSOE no parece importarle demasiado sus ideas de fondo. De hecho, a pesar de sus promesas preelectorales, este incombustible pelmazo ha mostrado ya reiteradamente y con total impudicia su buena disposición a entenderse con los separatistas y con partidos que pretenden convertir a España en un erial bolivariano.

Desde que llegó al poder, el Gobierno de Sánchez ha trabajado para imponer en la legislación e inculcar en la población el alarmismo climático, aunque ello suponga la ruina de nuestra prosperidad económica, conforme a las recetas de la llamada Agenda 2030. Sus ministras continúan movilizadas (incluso en Falcon) al servicio de un insaciable feminismo radical, que ha copado de arriba abajo toda la Administración y la Enseñanza, parasitándolas hasta límites inverosímiles, para diagnosticar siempre “que queda mucho por hacer”, por lo que exigen más y más dinero para sus neuras. Sin tener presentes los graves desafíos objetivos que tiene planteados nuestra sociedad (demografía insuficiente para garantizar el Estado del bienestar, dependencia energética, decreciente competitividad de nuestras empresas…) sigue empeñado en mirar atrás, cultivando un revanchismo vintage en contra de la Transición y de la convivencia. Nunca el Valle de los Caídos ha tenido más protagonismo en la vida pública de España.

Una vez suprimido el problemilla de la violencia, Sánchez ha descubierto cuántas cosas le unen con el extremismo abertzale: progresismo, antifranquismo, desprecio hacia España, “derechos” LGTBIQ+… Y “Memoria Democrática”, porque Franco era tan malo que persiguió incluso a la ETA. Naturalmente, en esta antología del disparate no pueden faltar dosis masivas de “cultura de la muerte”: eutanasia -aún incipiente, pero de la que nos vamos a hinchar-, más y más aborto, porque el que hay siempre les parece poco. Para luchar contra el paro, nada mejor que pagarle a la gente por no trabajar, a ver si así se borran de las listas y, de este modo, acabará bajando el desempleo. Es elemental.

Y, faltaría más, el Gobierno de Pedro Sánchez no ha tenido empacho en indultar caritativamente a los golpistas catalanes, a pesar de la insistente amenaza de estos de que volverían a cometer su fechoría en cuanto tuvieran ocasión. ¿No resulta entrañable tanta generosidad? Perdonar sin esperar nada a cambio…

Todo ello sin cesar en su empeño de controlar la justicia, colonizar lo que queda de la Educación, subvencionar a los sindicatos corruptos, a los lobbies orgullosos y a los medios de comunicación mercenarios. Y tratar de llenar España de inmigrantes sin papeles, que por lo visto hay pocos. Últimamente, está tratando de controlar el INE, para mejorar las estadísticas. Como si un médico desaprensivo tratara de trucar los termómetros y los tests de laboratorio, a fin de que los diagnósticos fueran siempre benévolos y no alarmaran a los pacientes. Estaríamos encantados con él.

La política exterior sanchista es de una simplicidad pasmosa: se trata de alinearse sin chistar demasiado con los progresistas que controlan los organismos internacionales, como la UE o la ONU; y de bajar la cerviz ante el sultán de Marruecos, una sumisión tan rastrera e innecesaria que se presta a todo tipo de interpretaciones novelescas.

Y ahora vienen las perspectivas de futuro. ¿Qué hace este país cuando los sociatas arruinan su economía, como hacen periódicamente? Pues ya se sabe. Cuando este recalcitrante aventurero pase cuanto antes a gozar de las jugosas canonjías propias de su dorado retiro, vendrá entonces al rescate el Sr. Feijoo y su cohorte centro-reformista, que se presentarán como la única alternativa viable para “un cambio” de rumbo de nuestro país. Y entonces bajarán los impuestos, se derogarán algunas leyes “chulísimas”, se pondrá coto a los desmanes nacionalistas, se abandonará la Agenda 2030, se defenderán nuestras fronteras, se apostará por la vida y la familia… O no. La cosa va de gallegos y no me refiero a Franco.

Ahora ya sin sarcasmos: percibimos que esta película la hemos vivido ya y, aunque nos gustaría equivocarnos, creemos que no hacemos el “espóiler” desvelando su lampedusiano final.

En definitiva, que reviviremos de nuevo con gran indignación el Día de la Marmota, a menos que en un momento de lucidez, el pueblo español descubra de una santa vez que la única alternativa para un cambio real se llama VOX.

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