El día que Félix Huarte, bajo amenaza, tuvo que contratar en su empresa al hijo de Largo Caballero

Hispanidad ha publicado un artículo de Javier Paredes, catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá, que en primer lugar cuenta cosas que desde luego no va a incluir la historia oficial de España revisada que están elaborando a pachas entre el PSOE y Bildu. En segundo lugar, como navarros nos interesa particularmente esta historia que retrata una época pero también el perfil de un navarro fundamental para entender la historia presente de esta comunidad. El título ya lo dice casi todo: “La estatua en honor de Largo Caballero está ubicada en el sitio donde colocó a su hijo… para que amenazara de muerte a quien había contratado a aquel vago: Félix Huarte”

Necesariamente, para contextualizar la historia, el artículo de Paredes acomete una pequeña reseña de Félix Huarte, que por abreviar podríamos decir que en los años 30 y siguientes fue algo así como el Amancio Ortega foral, pero antes de Amancio Ortega. Paredes subraya que la gran empresa constructora de Félix Huarte partió de la nada un 1 de agosto de 1927, al firmarse la escritura de constitución de la constructora con un dinero que se lo tuvo que prestar a Huarte para empezar el potentado pamplonés Toribio López.

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Al igual que a Amancio Ortega se le quedó pequeña Galicia, a Félix Huarte se le quedó pequeña Navarra y el negocio comenzó a crecer explosivamente a lo largo de la siguiente década siempre de la mano de su amigo y socio Emilio Malumbres. Huarte se trasladó a Madrid y allí durante la Segunda República se consagró como uno de los grandes constructores del país al levantar, entre otros edificios, la Facultad de Filosofía y Letras y buena parte de los Nuevos Ministerios. En la inauguración en 1933 del edificio de Filosofía y Letras de la nueva Ciudad Universitaria, que fue todo un espaldarazo para Félix Huarte, el navarro esperaba en la puerta junto al resto de la comitiva al presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, que llegó en compañía de Manuel Azaña, presidente del Gobierno, así como de Fernando de los Ríos, Indalecio Prieto, Giral y Zulueta, ministros respectivamente de Instrucción Pública, Obras Públicas, Marina y Estado. Entre los intelectuales presentes se encontraban Claudio Sánchez Albornoz, como rector de la Universidad, Unamuno o Menéndez Pidal.

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La obra más trascendente para Félix Huarte durante la Segunda República, sin embargo, fue la de los Nuevos Ministerios, una gran obra destinada a albergar la administración republicana en la que políticamente tenían una gran protagonismo Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero, respectivos ministros de Obras Públicas y de Trabajo. Interesa también recordar esto porque, aunque su despegue es muy anterior, a veces se intenta presentar el éxito de la empresa de Félix Huarte como consecuencia de la victoria de Franco.

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Cuando Félix Huarte se trasladó a la sucursal de Madrid, porque como señala Paredes en el artículo “la navarrísima empresa de Huarte siempre tuvo su sede principal en Pamplona”, el empresario se trajo a la capital a todo su equipo navarro incluyendo un sobresaliente carpintero que le preparaba el manderamen de las construcciones, el cual se llamaba Sofronio Borda.

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El caso es que los archivos históricos que rescata el autor del artículo han convertido a este carpintero en testigo de la corrupción y del matonismo rampantes durante la Segunda República. He aquí el tenor literal del rescatado testimonio de Borda:

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“Por una imposición que tuvimos de Mariano Ansó [militante de Izquierda Republicana y ministro de Justicia de Negrín] de tomar a nuestro servicio a un hijo de Largo Caballero, que no le podía sujetar su padre (palabras textuales) por ser un granuja y cuya imposición fue rechazada por nosotros varias veces y por espacio de unos tres meses, hubimos por fin de acceder a tal pretensión, por haber pesado sobre Félix Huarte una amenaza de muerte, tomándolo a nuestro servicio en calidad de dibujante para la oficina, con 300 pesetas mensuales de este sueldo, en calidad podemos apreciar así de postergado, pues jamás tuvo la consideración de nosotros, ni del personal, siendo su trabajo nulo pues no tenía competencia.

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Este Caballero citado, y hará aproximadamente un año, en una conversación sostenida sobre cuestiones sociales con don Sofronio Borda, industrial carpintero de esta plaza, le manifestó que el día ya próximo de la revolución social, había de cortar la cabeza de los primeros a Huarte, por romántico, mucho más funesto para la causa de ellos que los patronos déspotas, y ante la sorpresa del Señor Borda de tal afirmación, le preguntó qué harían con él, con Borda, contestándole:

—Y a usted también, por ser patrono, pues no ha de quedar uno, y en nuestro concepto es patrono todo aquel que tiene un solo hombre a su servicio.

Se preguntará, ¿Y cómo teniendo en casa un monstruo semejante no se le despedía? La contestación es sencilla; equivalía, dada la forma en que se vivía, a la pérdida de la vida estérilmente por lo menos del socio Don Félix Huarte, quien hubiera sido asesinado por los pistoleros”.

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La ironía a juicio del articulista es que los socialistas pusieron en 1985 en los Nuevos Ministerios, y se mantiene desde entonces, una estatua a Largo Caballero, el padre de la inútil y exaltada criatura a la que Huarte habría tenido que colocar y pagar por no hacer nada, ya que de lo contrario le hubieran asesinado.

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O sea, no sólo es que la figura de Largo Caballero (el “Lenin español”), golpista confeso, totalitario confeso y uno de los responsables de generar el marco estructural que dio lugar a la Guerra Civil sea un personaje funesto, cuya estatua habría que eliminar la primera si entramos en el juego de quitar y poner estatuas, sino que además la estatua está puesta en un sitio a cuyo constructor habría amenazado para enchufar a su hijo.

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Si en cualquier momento resulta interesante refrescar la memoria y conocer a algunos de los protagonistas de nuestra historia, mucho más en un momento en que se prepara un relato oficial que censura la mitad de la historia y la otra mitad se la inventa. Por eso el nuevo relato oficial tiene que ser obligatorio e indiscutible. Porque no admite ninguna prueba con el pasado real de contraste.

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