Bandera lo mío, trapo lo tuyo

No estamos seguros cuánto tiempo hace que la inefable Ainhoa Aznárez, la lamentable presidenta del Parlamento de Navarra durante toda una legislatura, fue noticia por última vez. Sin duda demasiado poco tiempo ha pasado desde entonces y no se le ha echado de menos ni una sóla vez. Ni Ainhoa Aznárez podía haber llegado a más, ni el Parlamento de Navarra a menos. Pero hete aquí que Aznárez ha vuelto del limbo nada menos que a cuenta de la colocación de la bandera de Navarra en la Plaza de los Fueros. Fiel a su estilo y a su incapacidad para evolucionar a ningún nivel, Aznárez intervino ayer esta vez como mera diputada podemita para describir a la bandera de Navarra como «un trapo ondeando para exaltar la Navarridad» impulsado por “toneladas de testosterona”. O sea que nuestra bandera es un trapo, la bandera es masculina y las mujeres no se pueden sentir navarras ni representadas por la bandera de Navarra. Las mujeres con pene, todo lo más.

Lo cierto es que la colocación de la bandera de Navarra en la Plaza de los Fueros, cuanto menos, ha servido para retratar a casi todos los que se oponen a su colocación. Por ejemplo a todos los que han callado durante años cuando los ayuntamientos navarros controlados por el nacionalismo se han gastado más de 180.000 euros en colocar ilegalmente la ikurriña y hacer frente a las sanciones y los costes procesales correspondientes.

Pero hablemos de banderas y trapos.

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Del trapo tricolor republicano que diría Aznárez, por ejemplo.

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En abril de 2017 la Mesa y Junta de Portavoces del Parlamento de Navarra, con los votos a favor de PSN, Podemos, IE y Bildu, decidió colocar ilegalmente el 14 de abril la bandera republicana en la fachada del Parlamento. Aquella decisión ilegal, a favor de la cual votó el partido de Ainhoa Aznárez, supuso una multa de 5.566 euros a cuenta del contribuyente navarro. Todo por la testosterona de Aznárez y compañía y su fijación con el trapo republicano. Lo llamamos trapo porque asumimos que no llamarán trapos sólo a las banderas de los demás sino también a las suyas y estamos siguiendo su propia lógica.

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La fijación de la izquierda española con la bandera republicana, ahora que el Parlamento de Navarra anda ocupado con la memoria histórica mutilada del comunismo, merece una pequeña mención porque, hablando de memoria histórica, lo cierto es que la actual izquierda tan entusiasta de la bandera tricolor durante la Segunda República abominaba de esta bandera. Que no es que lo digamos nosotros, es que está en las hemerotecas, publicado en sus propios periódicos, que la bandera tricolor era la bandera de una república burguesa y que había que quitarla de las instituciones para izar la bandera roja de la revolución. Literal. Y para demostrar que no se quedaban sólo en las palabras dieron un golpe de estado contra su amada Segunda República en 1934. Aunque fuera de soslayo, Unai Hualde podía haber incluido algo de todo esto en su exposición.

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Cabría mencionar también llegados a este punto el momento en que el Parlamento de Navarra presidido por la nefasta Aznárez, ya fuera por la testosterona, los estrógenos o la Coca Cola con cafeína, decidió en junio de 2017 colocar en la fachada del edificio un trapo arcoíris para celebrar el orgullo gay. Mientras no se trate de una bandera de Navarra, una rojigualda o un símbolo religioso todo es respetable, todo es barato y todo está bien.

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Volviendo al principio, para la izquierda y el nacionalismo claro que las banderas, por lo menos las suyas, son un símbolo importantísimo. Las banderas son trapos cuando no son las suyas. Sólo respetan sus propios símbolos. La diferencia entre trapo o bandera, como todo frente a una izquierda cada vez más sectaria, es que represente o no represente a lo suyo y sólo a lo suyo. Entre el trapo republicano y el trapo tricrucífero, que dirían ellos, se acumulan sanciones a costa del contribuyente navarro que duplican el coste de la colocación de la bandera de Navarra. Eso por no mencionar otros costes como la Korrika o los de todas las exposiciones sectarias ante los que, a lo largo de los pasados años, Aznárez y sus estrógenos no han dicho ni «mu».

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