La sanidad privada es peligrosísima para el tabú de la sanidad pública

El gobierno de progreso que nos dirige e ilumina ha determinado que hay que poner freno por ley a la colaboración sanitaria público-privada. Basta ya de conciertos y derivaciones a la sanidad privada. Antes muerto que derivado a la privada.

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Bien es cierto que la cancelación de las derivaciones se condiciona a una cuestión de “excepcionalidad”, lo cual puede decir todo o puede decir nada. Casi todo lo que hace este gobierno es excepcional. Casi todo lo que toca este gobierno acaba excepcionalmente mal. Todos los conciertos y derivaciones podría considerarse que ya responden a una cierta excepcionalidad. Esta ley lo mismo puede servir para acabar con las derivaciones y conciertos como para consagrarlos y multiplicarlos, depende cual sea la interpretación y la aplicación real. De lo que no cabe duda, sin embargo, es de la intencionalidad. Público es bien, privado es mal, hay que acabar con el mal.

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Lo cierto es que la Educación y la Sanidad continúan siendo los reductos en los que parece incuestionable el carácter estatal del servicio. No se puede poner en duda que debe haber una sanidad y una educación públicas. Todos los impuestos y todas las subidas de impuestos hasta el 100% de impuestos se justifican por la necesidad de pagar la sanidad y la educación estatal. No sólo es que cuestionar la educación y la sanidad estatal sea tabú, sino que si esto cae desaparece la principal coartada de toda asfixia fiscal y de toda ineficacia en la gestión.

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El hecho, por el contrario, es que cada vez más personas tienen o demandan sanidad y educación privada-concertada. Esto representa un grave problema conceptual para la izquierda. O sea, si hay un 99% de usuarios de la sanidad pública está clara la necesidad de la sanidad estatal, o si hay un 99% de usuarios de la educación estatal. ¿Pero qué pasa si mediante seguros privados, conciertos u otras fórmulas los usuarios de la educación estatal o la sanidad estatal caen al 50%? ¿Y si caen al 30%? En ese momento ya no quedaría tan claro que la sanidad o la educación tengan que ser necesariamente estatales. De entrada, por la vía de los hechos se comprobaría que la mayoría de la gente no necesita una sanidad o una educación privada. Lo raro, lo excepcional y lo cuestionable pasaría a ser lo estatal. Por esa razón a los gobiernos de progreso les da pánico ver que aumenta la demanda de educación y sanidad privada-concertada. La privatización no vendría por una elección del gobierno, sino de la gente. Lo imposible no sólo se vuelve real, sino que además la gente prefiere sanidad o educación privada porque percibe que recibe mejor servicio y mejor calidad. Incluso más barato, además, aunque no por convertirse en usuario de la privada y liberar al estado de tener que prestarte ese servicio te libera de los impuestos correspondientes. Al contrario, es el usuario de la privada el que le libra al estado de tener que ofrecerle un servicio que está pagando. Los seguros sanitarios privados en el fondo ayudan a la sostenibilidad del sistema sanitario público, pero en vez de estimularlos se les persigue porque se prefiere la insostenibilidad a poner en duda el gran tabú.

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Por lo demás, hasta cierto punto podría decirse que hablar de sanidad pública es una exageración. Pública es la financiación. Públicos son los empleados. Públicos son los salarios de los empleados. Pero todas las máquinas de los hospitales son máquinas fabricadas por empresas privadas. Desde la más humilde mascarilla hasta el escaner más sofisticado todo el equipamiento de los hospitales públicos sale de las empresas privadas, así como casi todas las medicinas. Es la sanidad pública la que no podría existir sin el sector sanitario privado. Habría que ver la sanidad que quedaba, con qué medios y a qué coste, si no existiera un sector sanitario privado.

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El gobierno quiere frenar los seguros sanitarios privados, los conciertos escolares o las derivaciones sanitarias porque, en definitiva, teme la libertad de la gente y teme la calidad y el precio de la oferta del sector privado. A los gobiernos de progreso no les daría miedo que la gente pudiera elegir si la sanidad privada, o la educación privada, fueran malas o inaccesibles. El problema cuando no puedes competir con algo es que tienes que prohibirlo. Siempre que seas el gobierno, claro. Mejorarlo o prohibirlo. Los gobiernos, desde luego este gobierno, siempre apuestan por lo segundo. Seguramente porque sólo son capaces de lo segundo.

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