El contenedor orgánico de Bildu es un timo envuelto en una bolsa de plástico

La obsesión de Bildu por la basura debería ser un caso de estudio psicológico. No cabe duda de que ahí, como en muchas otras cuestiones, actúa algún tipo de mecanismo compensatorio. Hay que jugar a ser el campeón de la defensa de muchos derechos y muchas causas sociales para tratar de equilibrar el currículum. Misión imposible, por cierto. De hecho, mezclar ecología e izquierda abertzale por estos pagos, de forma escasamente sorprendente, no ha dado otro producto que el ecoterrorismo. Leizarán, Lemoniz, Itoiz, por poner algunos ejemplos. Ahora hemos pasado de quemar los contenedores a reverenciarlos. De todos los tamaños, colores y tipos. Con tarjeta y sin tarjeta. La calle sólo es una sucesión de contenedores de colores. El currículum de la izquierda abertzale exige ser reciclado.

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Por lo menos no se ha impuesto en Pamplona el sistema del puerta a puerta, pero ahora tenemos la tarjeta de control de desechos para vigilar estrechamente al personal. El chivato electrónico. El detector de fallos en la disciplina debida a la autoridad. Una basura uniforme garantiza una sociedad uniforme. Sacar la basura no debe ser un acto trivial sino un acto de militancia. De hecho debe ser lo más molesto posible para garantizar una ciudadanía sumisa. Es el orden cerrado de los ejércitos aplicado sobre el sistema de deshechos. Si todo fuera un poco menos molesto no podríamos estar seguros de que seguimos teniendo a la gente bajo control.

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O más o menos bajo control, porque o la gente o la tarjeta da problemas. La tarjeta seguro. El ciudadano que llega al contenedor con sus cuatro bolsas de basura, que va llenando en los cuatro cubos que tiene en su casa, en la habitación que ha tenido que dedicar expresamente a separar la basura, llega haciendo equilibrios con las bolsas ante el desafiante contenedor tratando de sacar su tarjeta del bolsillo, apretar el botón, sostener las bolsas, pisar el pedal… Obviamente la tapa se abre a veces y a veces no. Eso al que le ha llegado la tarjeta. O al que no le funciona más que a la séptima. Todo lo cual se suma a las molestias ya existentes, como la de tener que introducir envases uno a uno por un agujero expresamente diseñado pequeño por una mente sádica y vengativa. Obviamente también se puede bajar a la calle cada vez que se vacía un botellín. Todo esto por no mencionar las dificultades añadidas cuando por ejemplo llueve o hablamos de gente mayor. Por supuesto la apertura de los nuevos contenedores no es touchless. El currículum de Bildu es como la sangre de Alien o como el botón de ese contenedor que nos obligan a tocar. Dos veces. No funciona. Tres veces. Sigue sin funcionar. Cuatro veces. ¿Será la tarjeta? No, a la quinta parece que va. Manos mal que nuestro tiempo y nuestro esfuerzo no tienen valor.

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Todo esto, por supuesto, parte de la premisa de que efectivamente nuestro tiempo y nuestro esfuerzo no tienen valor. El reciclaje y la separación de los residuos hay que hacerlo cada uno en su casa, no en la planta de reciclaje. De modo que no puede pasar a recoger los contenedores un camión. Tienen que pasar tres camiones con sus respectivas tripulaciones. Un camión por cada tipo de contenedor. Triplicando, cuatriplicando gastos. Lo sostenible es gastar y gastar. ¿Cuál sería el coste de un sólo contenedor y separar los residuos en destino en vez de en origen? ¿Se reciclarían menos residuos separando en destino? ¿Qué pasa cuando alguien echa una bolsa en el contenedor equivocado? ¿Acaso no hay que revisar en todo caso la separación? Dicen las malas lenguas que entre dedicar a la ciudadanía a separar la basura como mano de obra esclava o mandarlo todo junto a una planta de reciclaje sólo hay un 3% de diferencia en los resultados. ¿Por un 3% de diferencia nos vuelven locos? ¿O esto no tiene nada que ver con la sostenibilidad del planeta sino con el punto hasta el cual nos pueden hacer bailar a su son?

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Por lo demás, cualquier persona mínimamente observadora se habrá fijado en que, como en la foto del tuit que ilustra esta noticia, los restos orgánicos los echamos al contenedor en bolsas de plástico. ¿Qué sentido un contenedor orgánico si lo orgánico va envuelto en plástico? Es todo una gran mentira escasamente disimulada. Esperemos que no nos exijan  llevar la tarjeta de apertura implantada bajo la piel y los restos orgánicos en las manos hasta el contenedor, porque lo haremos, lo haremos además sonriendo, presumiremos de ello, pagaremos por ello y votaremos por siempre al que nos obligue a ello y nos vigile al hacerlo. Aunque todo sea una cara e inútil mentira envuelta en una bolsa de plástico. De las de ahora. De las que, como se rompen según intentas meter algo en ellas, hay que usar tres en vez de una. Para ahorrar. Para ser ecológicos. Para triplicar el esfuerzo.

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