La soberanía económica está en la libertad

Son muchos los conflictos geopolíticos que han acontecido en los últimos tiempos. Desde la creación china de un virus hasta un acto expansionista de crueldad absoluta por parte de un ex agente del KGB soviético, sin olvidar los continuos chantajes de ciertos vecinos que tenemos los españoles, en el norte de África.

De una u otra forma, la economía se ha visto afectada negativamente. Hablamos del suministro de gas, de materias primas y de otros bienes materiales y nutritivos (no solo el aceite de girasol y los semiconductores).

La situación ha ido abriendo debates y peticiones con mensajes tales como que hay que reducir la dependencia del extranjero o que hay que ser autosuficiente, los cuales pueden tener una interpretación algo peligrosa.

Es posible que se interpreten o se emitan estos mensajes creyendo que el problema radica de la existencia de libertad comercial y del fenómeno espontáneo de la globalización económica (nada que ver con el globalismo estatalista y comunistoide).

Ahora bien, creo que los puntos de crítica son otros. Con lo cual, de manera breve y concisa, voy a exponer mi perspectiva sobre el asunto. Estoy convencido de que lo que hay que tener en cuenta son otras cuestiones que no se plantean habitualmente.

La libre iniciativa depende de nosotros

Es cierto que no toda división política del orbe puede tener a la vez todos los recursos naturales (más allá de las materias primas) a su vez, con la salvedad de que haya nuevos avances en materia de biotecnología e Inteligencia Artificial.

No todas las tierras de España son fértiles para plantar viñedos mientras que los fiordos noruegos no son el sitio más acertado para extraer diamantes y otras clases de piedras preciosas. No ocurre lo mismo que con aquellas necesidades que simplemente requieren de la economía del conocimiento.

Con lo cual, no es ni siquiera práctico decir que por sí solo un país puede autoabastecerse de todo lo que es posible. Otra cosa es que tampoco sea viable económicamente, ya que las autarquías suponen autolesiones por parte de aquellos que dicen querer protegerse de una «supuesta competencia extranjera».

Ahora bien, las limitaciones de la fuerza de la naturaleza no tienen nada que ver con los obstáculos que diariamente son impuestos por los contraórdenes, por los enemigos del orden espontáneopor medio de eso que llaman Estado.

Cualquier actividad económica tiene que ser supervisada, desde el principio, por las entidades estatales. Es habitual que todo esté condicionado a requisitos burocráticos y normativas de una índole muy diversa (licencias, requisitos legales, justificación de fines…). De igual modo, ni el más mínimo céntimo de los beneficios generados puede pasar desapercibido.

El Estado está dispuesto a confiscarte todo lo que estime oportuno. Pero es que hay que decir que algunas de las nuevas ideologías, al compás del avance de la Revolución (el ecosocialismo), influyen, en gran medida, en el bloqueo de determinados proyectos que no solo reportarían mejores datos macroeconómicos, sino mayores garantías de seguridad y bienestar en temas de suministro energético y eléctrico.

Con lo cual, hay que tener cuidado a la hora de analizar ciertos problemas, porque no es cuestión de hacer diagnósticos basados en la envidia, la ingenuidad o el desconocimiento, igual que tampoco se trata de negar nada en su totalidad.

Nadie duda de que la globalización económica ha sido clave a la hora de reducir la pobreza a nivel global. De hecho, moralmente, el comercio es legítimo incluso por ser una forma de dar oportunidades a otros de una manera libre, no coactiva, en la que todos ganan, porque la riqueza se puede crear ad infinitum.

Pero es que la libertad económica ha de ser lo más íntegra posible. Se trata no solo de intercambiar bienes y servicios con otros sujetos y puntos del globo, lo cual es beneficioso y radica de aquello que Mises definió como «democracia económica».

De hecho, la verdad no es que en la actualidad dependamos sin más de la libre iniciativa para con otros países, lo cual no es el problema. Hay una serie de tendencias que nos han hecho depender en exclusiva de Estados enemigos tanto de la libertad como del comercio y la dignidad humana.

Con lo cual, si queremos tener mayor proyección económica (manteniendo la posibilidad de valorar lo que nos convenga de otros puntos del orbe y de permitir que otros aprecien nuestras contribuciones espontáneas) conviene que nos estrangulen.

Cuanto más estrangulada esté una sociedad, peor lo pasará. Ganará menos dinero, tendrá menos recursos y tendrá menos garantías en lo concerniente a su salud física, bucodental, emocional y mental. Ergo, en otras palabras, el socialismo no deja de ser el mayor problema.

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