Sobre el rol científico-práctico del psicólogo y el peligro de la homogeneización del pensamiento

Al hablar de un modelo científico-profesional aplicado a la psicología sanitaria estamos haciendo referencia a la confluencia por parte del psicólogo de sus deberes u obligaciones tanto como científico como profesional de la salud, es decir, al componente investigador y de actualización continua, así como al ejercicio práctico de la disciplina que debe guiar el qué hacer del profesional de la salud mental.

Esta dicotomía de roles que pudieran parecer independientes es de particular importancia en el caso del psicólogo sanitario que ejerce su profesión por medio de la terapia, en contraposición al psicólogo dedicado exclusivamente a la investigación o a la docencia que, aun siendo ventajoso para su desarrollo profesional, no precisa del componente práctico que pudiera constituir el dar terapia a pacientes para llegar a ser una eminencia en su campo. Así, a diferencia del psicólogo teórico-investigador, el psicólogo práctico o terapeuta debe desempeñar también el rol de científico, aunque como mínimo en la sombra sea, es decir, limitándose a estar actualizado por medio de la lectura y comprensión de las últimas innovaciones o descubrimientos en el campo de la psicología, absteniéndose de publicar artículos o participar como panelista en conferencias o seminarios.

La importancia no trivial de que el terapeuta sea también científico está justificada por dos cuestiones principales: 1) hace al terapeuta conocedor de nuevas y mejores maneras de dar terapia y 2) le dota de un marco teórico de referencia.

Acerca de la primera cuestión, y de relevancia más palmaria, un terapeuta actualizado tendrá a su mano herramientas más eficaces que aquél que en veinte años de praxis profesional no ha innovado, pudiendo estar éste tratando un trastorno de la personalidad dado, por poner un ejemplo, con estrategias terapéuticas mostradas ser ineficaces, mientras que aquél sabría que para tratar la adicción nicotínica podría implementar un nuevo diseño de parches con una dosificación mejor graduada, o al ser conocedor de nuevas investigaciones que demostrasen la ineficacia de los tratamientos propuestos para un tipo determinado de brotes psicóticos, probablemente cambie el enfoque terapéutico que venía manteniendo con su paciente y lo reconduzca  hacia la aceptación y psicoeducación.

En segundo lugar, la importancia de que el terapeuta tenga un marco teórico de referencia es menos obvia y con frecuencia pasa inadvertida. Los marcos teóricos deben ser entendidos desde dos puntos de vista, siendo éstos el epistemológico y el pragmático, es decir, atendiendo a su etiología por un lado y a las consecuencias que de ellos se derivan por el otro. En referencia a la causa o ente creador de los marcos teóricos, hablaremos de los distintos enfoques o escuelas de pensamiento como pueden ser el psicoanálisis, conductismo, cognitivismo, construccionismo, etc. dando cada uno lugar a distintos marcos teóricos a los cuales un psicólogo se adscribe en mayor o menor grado o repudia vehementemente y entre los cuales se establece invariablemente una dinámica cuasi bélica de dominancia y latencia, siendo la hegemonía disciplinar pregonada por quien de las revoluciones o intentos de revolución científica hubiera de salir victorioso. En cuanto al punto de vista pragmático acerca de los marcos teóricos, éstos dotan al terapeuta de un conjunto de presupuestos básicos, el cual recibe el nombre de paradigma y está compuesto por la matriz disciplinar y los ejemplares compartidos (Kuhn, 1970). La matriz disciplinar es el núcleo del paradigma, son los presupuestos fundamentales asumidos normalmente de manera implícita y que, aun no siendo empíricamente verificables, la asunción de éstos como verdaderos, posibilitan el proceder científico, como puede ser el tomismo. Los ejemplares compartidos funcionan como un cinturón o muro de contención que defiende al paradigma y es objeto de ataque por parte de sus adversarios, ejemplo de ello son los experimentos realizados por integrantes pasados o presentes del marco teórico, como los llevados a cabo por Skinner o Pavlov para con el conductismo, ampliando a su vez el corpus teórico de tal enfoque.

Estos paradigmas proporcionan a los terapeutas no sólo una concepción epistemológica del mundo y la mente humana, sino que establecen las pautas para el proceder terapéutico; esto es, explican cómo un sujeto ha llegado a ser quien es o, dicho de un modo más técnico, explican tanto la estructura de la personalidad determinada de un sujeto como los procesos llevados a cabo mediante los cuales se ha llegado a configurar de tal manera y no de otra; explican por qué puede tal persona sufrir de fobia social, miedo a las alturas o de un TOC incapacitante. Además, tales paradigmas guían el tratamiento a seguir y dictan las estrategias a implementar, de tal suerte que ante una misma problemática planteada por un paciente, un psicólogo de orientación cognitivista estaría más inclinado a proceder con técnicas más propias a o engendradas en el seno de tal corriente, como pudiera ser la reestructuración cognitiva o la discusión de ideas irracionales, mientras que un psicólogo conductista prescribirá con mayor probabilidad tareas de exposición y reducción de las conductas de seguridad y evitación, por ejemplo.

A día de hoy y desde hace ya décadas reina un espíritu menos rivalista o menos competitivo entre las corrientes de pensamiento que configuran el cada vez más amplio abanico de escuelas o marcos teóricos en pro de una disposición más colaborativa por parte de los psicólogos con puntos de vista discordantes o entre aquellos de un lado u otro del charco. Tal viraje es no sólo bien visto sino promovido por la práctica totalidad de las instituciones que representan a la psicología como puede ser la American Psychological Association (APA) o el Colegio Oficial de Psicólogos (COP) en España.

Tal actitud colaborativa entre los psicólogos de diferentes enfoques no debe ser confundida con la homogenización del pensamiento entre quienes integran la psicología científica. Es crucial mantener una actitud vigilante ante la tal vez bien sonante aspiración de llegar a un marco teórico común, pues el proceso para crear tal paraguas compartido requiere del conformismo de pensamiento por parte de quienes a éste se adhieren y no es en nada descabellada la advertencia a quienes se mantengan ajenos a tal ambicioso proyecto su posterior ostracismo académico. La creación de un Corpus único lleva a si parejo inevitablemente la desincentivación de su crítica, imposibilitando así su perfeccionamiento. A su vez, tal proceso de homogenización del pensamiento entre las diferentes corrientes encaminado a su fundición en una sola y hegemónica, sucede a nivel individual en aquellos psicólogos, cada vez mayores en número, que ante lo que pudiera ser un negligente desconocimiento de su convicciones e incomprensión de aquello que cada enfoque defiende o por motivo de una actitud de inmensurable tibieza y miedo atroz a mostrarse con firmeza posicionado defendiendo una postura u otra; en tales casos se hacen llamar eclécticos e integradores.

En conclusión, quien desde una auto percibida superioridad moral se define como integrador o ecléctico y con condescendencia señala a quien estima incapaz de abrir su mente e incorporar nuevas ideas, es cuanto menos posible que sea nada más que un charlatán, un vago intelectual que por medio de artificios semánticos pretende hacer sonar como seño de identidad y señal de virtud lo que en verdad es ignorancia, deseo de aprobación y miedo a la confrontación, un negligente autoindulgente que de su tibieza hace estandarte, de su ignorancia, medalla y de su compartida cobardía regocijante baluarte. Tal es la norma, no la excepción.

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