¿Por qué la izquierda defiende el «porros para todos»?

El pasado jueves 19 de mayo, la sesión plenaria semanal de la Asamblea de Madrid trató sobre el tema de las drogas (consumo y legalización), el cual dio lugar a una nueva batalla dialéctica entre Isabel Díaz Ayuso y Mónica García.

Más Madrid presentó una propuesta para legalizar el consumo de marihuana y cannabis, pese a tratarse de un asunto entra dentro de las competencias políticas autonómicas de la Comunidad de Madrid, es decir, de su ámbito de actuación.

A juicio de Mónica García, la conocida médico y madre, la legalización no solo tendría beneficios terapéuticos, sino que sería «respetuosa con la libertad de los adultos» y supondría «una buena fuente de ingresos» para las arcas estatales.

La propuesta fue rechazada por la mayoría del arco parlamentario: el PP, VOX y el PSOE. Los motivos argumentados no fueron necesariamente idénticos, aunque sí que se puede decir que solo apoyaron a Más Madrid sus afines de PODEMOS.

En cuanto a la opinión sobre la misma, lo que yo pienso es que no niego que el cannabis tenga ciertos beneficios medicinales. Si bien no soy docto en materias médicas y farmacéuticas, tengo entendido que puede ayudar a aliviar dolores que se sufran en caso de tener esclerosis o recibir quimioterapia.

De igual modo, soy consciente de sus riesgos mentales, habituales en estos productos estupefacientes. Hay psiquiatras que han advertido de una elevada correlación entre los trastornos psicóticos y el consumo de cannabis.

No por ello quiero que se cierre la puerta a la libre investigación científica, para evitar efectos nocivos sobre la población. De igual modo, uno cuestiona la eficacia de la «guerra contra las drogas», siendo México la mayor prueba de ello.

Pero como uno no cree que la libertad consista en animar a la gente a acabar con su vida o a sufrir al máximo, pues ha de manifestar su absoluta preocupación por el interés no fiscal de las hordas revolucionarias en estas sustancias estupefacientes.

Contradicciones por parte de los «prohibelotodo»

La izquierda, como bien sabemos, busca prohibirlo todo. No quieren que tengamos mayor capacidad para ahorrar e invertir, no quieren que distribuyamos libremente otros fármacos sin usos dudosos, no quieren que circulemos libremente con nuestro coche por carretera, no quieren que opinemos sobre cualquier cosa…

Incluso piensan algunos, del mismo modo que se les puede ocurrir regular el desarrollo de las tareas domésticas al más puro estilo soviético, que hay que prohibir el consumo de cerveza si pides el menú del día o determinadas distribuciones de dulces y tabletas de chocolate.

Ellos te dicen que es «por tu salud«, «por tu bien«, «por el medio ambiente«, por «la limpieza de la atmósfera«, por «los pobres», por «la sostenibilidad del medio», o cualquier otra cosa que se les ocurra con su dichoso sensacionalismo.

Así pues, todo esto nos puede sorprender. Pero yo creo que hay una explicación adicional a su ansia de expoliar nuestra propiedad dineraria por todos los medios y cauces posibles, habidos y por haber.

Individuos mentalmente alineados y poseídos

Sabido es que el proceso revolucionario, dentro de su esencia subversiva, opta por individuos que no solo estén desarraigados y desprovistos de fe, sino que sean incapaces de pensar por sí mismos, de tener suficientes criterios para ser responsables.

Además, somos conscientes de que, aparte de lo que suponga mera decadencia posmoderna, los modelos de sociedad y urbanismo de la izquierda no se basan en sociedades moralmente sanas y altamente cohesionadas.

Con las correspondientes aportaciones de corrientes como el multiculturalismo y el criterio de desprecio a la ley, el orden y la defensa propia, los «territorios rojos» suelen ser pioneros en pobreza absoluta y relativa así como líderes en criminalidad.

Así que no es nada extraño que no les importe que la drogadicción sea un factor de inseguridad considerable en determinadas zonas deprimidas o deterioradas, como ocurrió en ciertos suburbios de Philadelphia y en el Casco Antiguo de Badajoz.

Una mente alienada es algo idóneo para semejantes enemigos del pensamiento libre y de la propiedad. La salud no importa en realidad -como tampoco importó en otros escenarios históricos que han ido afianzando el concepto del comunismo como ideología criminal.

Si una persona es drogodependiente, por un lado, se sentirá lo suficiente alienada y desposeída de sí misma como para tener fe o poder organizarse con autonomía, en un ritmo óptimo. La alteración de la conciencia que causan las drogas o no es nada pasajero que se dé durante una horita.

Por otro lado, no dejará de ser dependiente de los hipertrofiados y eminentemente costosos sistemas de bienestar (el llamado Bienestar del Estado). Puede que sea un candidato perfecto a vivir de la «paguita» sin más, pese al esfuerzo de muchos de los demás.

Con lo cual, ya cerrando, si no queremos que el Estado moderno nos complique la existencia en nuestro día a día, tampoco podemos permitir campañas políticas que no procuran la libre investigación científica positiva, sino la corrupción de la sociedad.

Las drogas pueden ser tan útiles para la sociedad como el desprecio a la autoridad o una educación sexual basada en el liberacionismo frenético y la nulidad del valor largoplacista de instituciones naturales como el matrimonio, que merecen ser estables.

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