La conjunción Sánchez-Biden saca a la ETA del listado internacional de organizaciones terroristas

EE.UU. ha decidido retirar a ETA de su ‘lista negra’ de organizaciones terroristas extranjeras, en una decisión que se espera que se haga pública en los próximos días. El listado lo elabora el Departamento de Estado, que observa y analiza la actividad de grupos terroristas de todo el planeta y los designa como tales para menoscabar su apoyo, imponer sanciones y contribuir a su desaparición. ETA ha estado en la lista desde 1997. El secretario de Estado, Antony Blinken, habría notificado el pasado viernes al Congreso la retirada de ETA de la lista junto con otras tras cuatro organizaciones terroristas, a las que se considera desaparecidas o sin actividad: la secta Aum Shinrikyo, de Japón, que estuvo detrás de los ataques con gas sarín en su país a mediados de los noventa; el grupo radical judío Kahane Chai (Kach) y dos organizaciones terroristas islámicas que han operado en Israel, Palestina y Egipto.

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La noticia, efectivamente, es que los EEUU sacan a ETA de su lista de organizaciones terroristas, lo que sin duda es un hecho que presenta numerosas aristas. Precisamente por ello interesa pararse a reflexionar sobre lo que esta decisión significa y lo que no.

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Desde luego no significa que ETA no sea una organización terrorista. Primero no lo significa porque no hace falta la sanción oficial de los EEUU para que ETA sea o deje de ser una organización terrorista. ETA es una organización terrorista tanto si los EEUU lo reconocen como si no. De hecho ETA no entró en la lista hasta el año 97 y nadie puede dudar de que ya antes era una organización terrorista, lo reconocieran los EEUU o no. Pero en segundo lugar no es que los EEUU vengan a decir ahora que la ETA no es una organización terrorista o que no ha practicado el terrorismo, sino que a su criterio ha pasado a ser una organización inactiva o que en todo caso ha dejado de ser una preocupación para los EEUU.

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En este sentido cabría señalar el hecho de que a un extremo de esta decisión tengamos a un izquierdista como Biden y al otro a un socialista como Sánchez. ¿Habría pasado esto con un presidente republicano? ¿Habría pasado con otro presidente español en la Moncloa? Es posible que no.

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Seguramente no tiene mucho sentido tratar de leer desde nuestro pequeño rincón del mundo el pensamiento de los analistas del Departamento de Estado o de aquellos quienes les dictan las órdenes, pero por otro lado resulta evidente el blanqueamiento al que el PSOE ha sometido a la ETA, no en vano gobierna gracias a ella. Es decir, Pedro Sánchez es presidente y aprueba los Presupuestos Generales del Estado gracias a los votos del partido liderado por un secuestrador de la ETA. Esa aprobación de las cuentas del estado, según confesión del propio secuestrador, se produce en virtud de un intercambio de votos por presos de ETA. Bildu es un partido, por otra parte, que no condena específicamente la violencia de ETA, que llama presos políticos a los presos de ETA, y que justifica los homenajes a los asesinos de ETA cuando salen de las cárceles. A un analista de Alabama le debe resultar muy difícil entender que los EEUU tengan que mantener con ETA un celo que no mantiene el gobierno de España. Cuando el PSOE blanquea y homologa políticamente a la izquierda abertzale, hace casi imposible esperar que fuera de España se mantenga el nivel de alerta frente a la ETA. El propio Gobierno de España dinamita la acción internacional en la lucha contra ETA.

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La secta japonesa Aum Shinrikyo o el grupo israelí Kach son organizaciones no sólo poco comparables a ETA en cuanto a su historial asesino, sino que sus últimas acciones datan de mediados de los 90. Por contra, el último asesinato de ETA data del año 2010. Pero no es sólo eso. No parece que el gobierno japonés pacte los Presupuestos con un terrorista de aquella secta japonesa, por ejemplo. Por no hablar de todos los crímenes de ETA que siguen pendientes de ser esclarecidos y sus posibles autores por tanto pendientes de ser perseguidos, a nivel nacional e internacional, para lo que no es ninguna buena noticia que ETA deje de formar parte de una lista internacional de organizaciones terroristas. Y hay más.

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ETA no mata pero aquí no se ha establecido una plena normalidad democrática. Ningún partido no nacionalista puede ir tranquilamente a cualquier localidad del País Vasco o Navarra a celebrar un acto público sin que le tenga que proteger un cordón policial, sin que le insulten, sin que le amenacen, sin que le arrojen objetos, sin que esparzan estiercol por el lugar donde el acto se va a celebrar. Ninguna pareja de guardias civiles pueden tomar una copa con sus novias en determinadas localidades sin correr el riesgo de sufrir una agresión multitudinaria y que la madre de uno de los agresores acabe convirtiéndose en diputada a la par que se victimiza y se heroíza a su hijo, el agresor. Puede que para el PSOE o para un analista de Oklahoma ETA ya sólo sea historia, pero no es así todavía en el mundo real. Por no hablar de todos los que dan por terminada a ETA pero no al franquismo, al punto que convierten en uno de los ejes de su política el remover la tumba de Franco o de alguno de sus generales. Mientras el gobierno de España dependa de Bildu no cabe sino pensar que nada es inocente ni casual. Si has decidido gobernar de la mano de la gente de Otegui y de Plá, tienes que blanquearlos todo lo que puedas a ellos para tratar de no ensuciarte tú por completo. Lo uno va por lo otro. Y en este proceso lógicamente no les puedes pedir a los EEUU ni a nadie que se preocupe más de perseguir a la ETA ni de mantener la memoria que tú. Sin que por otro lado esto signifique ni aplaudir a Biden ni tomar por amistosa su decisión.

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