¿De verdad es la OTAN tan mala como Putin?

La Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) sigue dando que hablar a día de hoy, a cuento de la guerra perpetrada por el Kremlin ruso contra Ucrania. Son «geopolítica», «expansión», «Países Nórdicos» y «operación militar» los términos más recurrentes en torno a todo este asunto.

Es previsible que en menos de un año, a la vista de los últimos acontecimientos, el ámbito geográfico de esta organización supranacional se expanda por la zona nórdica, dado que Finlandia y Suecia se incorporarán por medio de un «procedimiento rápido».

Finlandia y Rusia comparten una frontera de más de mil kilómetros mientras que, en el Mar Báltico, existe una isla-provincia perteneciente a Suecia, llamada Gotland (recordemos que los óblasts de Kaliningrado y San Petersburgo tienen acceso a este mismo mar).

Algún que otro medio aéreo no civil ha sobrevolado en los últimos meses el cielo finlandés o sueco, aparte de que, para recordar, Finlandia no está lejos de uno de los principales objetivos históricos del expansionismo ruso: Estonia.

Podemos afirmar más cosas pero, a modo de introducción, quizá suficiente para dar a entender por qué no es tan extraño que haya cambios en la «supuesta» e «histórica» política de neutralidad de los países nórdicos en cuestión.

De hecho, atendiendo a ciertos estudios de opinión, la proporción de ciudadanos tanto suecos como finlandeses que son favorables a que sus países se incorporen a la OTAN se ha disparado considerablemente en menos de doce meses.

En cualquier caso, el quid del artículo es responder a un argumento que se está volviendo algo habitual en estos debates. Se dice que incurrimos en una contradicción al no criticar el expansionismo político y territorial de la OTAN y que criticando a Rusia «le hacemos el juego al globalismo». Pero no es así.

La libre adhesión no es lo mismo que una expansión

Ni en enero ni en febrero demandaban en países como Ucrania que el Kremlin enviase «tropas militares» en su auxilio. Ni en el Este ni en el Oeste ucraniano, ni entre rusoparlantes ni entre no rusoparlantes ucranianos.

Tampoco ha habido incursiones de determinadas tropas militares en territorio ruso por medio de las fronteras bálticas, ucranianas y polacas. Otra cosa es que, por seguridad, por estar en alerta, haya efectivos militares considerables en determinadas áreas fronterizas.

De igual forma, nadie externo está exigiendo a los Estados sueco y finlandés su adhesión a la OTAN. Más bien se trata de una decisión propia con un respaldo ciudadano más alto dadas las preocupaciones por invasión que tienen aquellos europeos que de alguna que otra forma viven cerca de la frontera.

No somos negacionistas del estatismo supranacional

Nadie pone en duda que la OTAN sea una mera estructura supranacional. Nadie está diciendo que sería mejor descentralizar los cuerpos militares, incluso trascendiendo el monopolio de los Estados-nación.

Nadie niega que la OTAN tenga visos de neoconservadurismo ni que entre sus integrantes esté dándose cierta entrada a lo que se está llamando pensamiento woke (desarrollos de la Revolución cultural, de lo que de una u otra forma es «progre»).

Nadie niega que existen distintos fenómenos de estatismos y que se avanza, por desgracia, en una dirección más acorde al principio de subsidiariedad y a una fragmentación política que pueda traducirse en la Europa de Liechtensteins.

La sociedad rusa no es más libre que la «sociedad OTAN»

Es cierto que los países que a día de hoy forman parte de la OTAN distan de ser, en no pocos casos, paraísos de la «libertad». Más allá de cierto nivel de intervencionismo económico e hipertrofia política, hay totalitarias leyes «progres» y se está dando cierta cabida a la cultura de la muerte.

Pero eso no quita eximir de responsabilidades y críticas a una Federación Rusa que, de acuerdo con la edición 2022 del Índice de Libertad Económica de The Heritage Foundation, está entre las economías más restringidas tanto de Europa como del globo en su conjunto.

En Finlandia, en Canadá y en Bélgica no piensan a día de hoy en invadir militarmente países vecinos de la noche a la mañana (sabemos que esos países tienen mandatarios que fomentan el globalismo y proyectos como la Agenda 2030) de manera sanguinaria.

En los países OTAN no se envenena con cianuro a los opositores. Tampoco hay una férrea censura, por el momento, en la prensa y en las redes. La mínima crítica al mandatario de turno no es motivo automático e inmediato de estrangulamiento o de asesinato.

En cambio, el ruso promedio no tiene tan garantizada su libertad de expresión. Pero tampoco goza de una mayor capacidad para gestionar libremente su propiedad privada, dentro de la cual están los ahorros.

Podemos decir, por ende, que la OTAN tiene unas libertades relativas mucho más deseables que las rusas. Criticar lo más mínimo no es automáticamente un factor de riesgo personal y social (otra cosa es, como se ha sugerido antes, que nada sea idílico).

Y recuerden, una vez más, que Vladimir Putin es un post-comunista que perteneció a la KGB, agencia de inteligencia soviética. Él no defiende la sociedad orgánica natural cristiana. Otra cosa es que genere confusión y engaño.

Con lo cual, que el estatismo del entorno OTAN no sea lo más benévolo y loable a día de hoy no implica adorar a un sátapa post-comunista al que se puede acusar perfectamente de perpetrar crímenes de guerra.

 

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