La unidad es generalmente percibida como un valor positivo. Un país unido es mejor que uno dividido. Un gobierno unido sería mejor que el que tenemos. Pero a lo mejor estamos equivocados. Seguramente dependerá de si entendemos la unidad como un fin como un medio.

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Estar unidos, de hecho, puede ser algo bastante catastrófico. Para remar todos juntos en dirección al abismo de hecho es mejor no remar unidos. Puede que remando cada uno por su lado avancemos en círculo, pero mejor avanzar en círculo que hacia un Maelstrom. Remar todos en la misma dirección es estupendo, siempre que la dirección sea la buena. Por eso no tiene sentido entender la unidad como un fin en si mismo sino como un medio. El hecho mismo de remar todos juntos puede no tener ningún sentido positivo.

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A lo largo de la pandemia, por ejemplo, hemos asistido a todo tipo de llamamientos a la unidad absolutamente cuestionables. Primero teníamos que estar todos unidos detrás de los mensajes oficiales, no ser alarmistas, no caer en la xenofobia antichina y celebrar tranquilamente el 8M. Después teníamos que estar todos unidos detrás de los mensajes oficiales que recomendaban no usar mascarilla, y por supuesto después todos unidos detrás de los mensajes oficiales que obligaban al uso de la mascarilla. Asimismo teníamos que estar todos unidos detrás de los mensajes oficiales que recomendaban seguir haciendo vida normal después de haber estado con un contagiado mientras no se tuvieran síntomas, cuando las autoridades se inventaron la cuarentena inversa, e igualmente teníamos que estar todos unidos detrás de las autoridades cuando volvieron a la cuarentena lógica de toda la vida. El gobierno exigía a la oposición todos los días unidad, hiciera lo que hiciera, incluso cuando primero hacía una cosa y más tarde la contraria. Por supuesto había que respaldar unánimemente los estados de alarma o el cierre del Parlamento. La unidad era lo esencial, no en torno a qué nos uníamos. Debíamos unirnos en torno al gobierno, para qué queríamos más.

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Una notable institución emisora de mensajes de unidad es “Europa”. Ya sea frente a la crisis económica o la pandemia necesitamos medidas conjunta y unitarias. Europa debe tener una posición común. La posición que sea, pero común. Nadie puede discutir algo que viene de “Europa” y además es una postura común.

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Como cabe sospechar a estas alturas de esta pequeña reflexión la unidad es una máscara perfecta para la incompetencia y la cobardía. Buscar una postura común tiene la ventaja de que todo el mundo se puede excusar en que todo el mundo hizo lo mismo. El extremo opuesto es que alguien haga algo distinto a todos los demás. Desde luego puede estar equivocado, pero no le faltará valor. El que hace lo que todos los demás puede tener razón o estar equivocado, pero desde luego no necesita valor. El que tiene valor puede sumarse al discurso común o no, el cobarde sólo puede sumarse al discurso común.

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La unidad tiene otra ventaja para el incompetente y el cobarde y es que evita que podamos saber cuál sería el resultado habiendo tomado un camino distinto. O sea, si todos decidimos tomar la píldora azul, nos quedamos sin saber qué hubiera pasado tomando la píldora roja. No podemos comparar. No podemos ver cómo evoluciona otro modelo. No nos podemos arrepentir. No podemos cambiar.

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Insistamos una vez más en que la unidad no es algo malo. Lo malo puede ser aquello alrededor de lo cual nos unimos.

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Otro problema de la unidad es que esta se puede dar o como consecuencia de la libre concurrencia de criterios de todo el mundo o por imposición. Obviamente es más fácil llegar a la unidad por imposición que convenciendo a todo el mundo de una misma idea. En las dictaduras hay unidad. En las dictaduras no se puede cuestionar la unidad alrededor del discurso del dictador. Si la unidad fuera un bien en sí misma, las dictaduras serían buenas. Donde hay libertad no es imposible la unidad, pero es mucho más complicada. Por eso hay multicines y no todo el mundo acude a ver la misma película. Puede haber unidad en un lugar libre pero no puede haber diversidad en una dictadura.

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Seguramente en la actualidad es preciso hablar de la maldita unidad porque no se entiende la unidad como el resultado de un proceso de adhesión a una forma de pensar, sino que la unidad misma es la causa de la adhesión. No hay un discurso unitario, o casi unitario, porque pensando por nuestra cuenta todos hemos llegado a las mismas conclusiones, sino que se nos exige no pensar por nuestra cuenta para mantener un discurso unitario. La virtud no es estar en lo cierto, sino mantener la unidad; el pecado no es estar equivocado, sino salirse del discurso. La unidad no se basa en la verdad del discurso sino en la coacción. Si la unidad no es optativa no hace falta que se base en la verdad. Cualquier disparate vale para suscitar la unidad si la unidad no es optativa. Si la unidad de pensamiento no es optativa, pero sobre todo si no es hija del bien y de la verdad, maldita unidad.

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Comentarios (1)
  1. Alambique says:

    Generalizar en exceso conlleva el riesgo en caer conclusiones simplonas y falsas. Durante la dictadura de Franco hubo en muchos aspectos más libertad que en el presente; más seguridad y menos desasosiegos.
    «avanzar en círculo que hacia un ______» Omito el cardo borriquero incrustado en inglés (2º párrafo, 3ª línea). Más que ridículo, resulta estúpido.

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