No hay que trabajar menos, sino trabajar respetados

Ayer, domingo 1 de mayo, celebramos la efeméride cristiana de San José Obrero, que en esta ocasión coincidió, en tradiciones como la española, con el Día de la Madre, en el que reconocemos la labor de las madres de familia y su aportación al florecimiento de la sociedad, bajo un orden natural y orgánico.

Al mismo tiempo, como suele ocurrir, la izquierda aprovechó para festejar lo que ellos llaman «Día de los Trabajadores», llegando, en algunos casos, a entonar esa loa al exterminio de más de cien millones de personas que conocemos como «La Internacional».

Las consignas fueron las mismas, no siendo necesaria, por el momento, su mención. No obstante, sí que quiero centrarme en un eslogan ideado, a bombo y platillo, por la formación eco-comunista denominada Más Madrid. Concretamente dicen: Trabajar menos para vivir mejor.

¿Es un problema trabajar más?

A medida que se fue desarrollando el capitalismo, entendido como economía de mercado, fue posibilitándose la reducción de los tiempos de trabajo, de modo que cada vez sea más fácil descansar y conciliar la vida laboral con la familiar y la social sin necesidad de perder poder adquisitivo a cambio de ello.

Igualmente, cabe indicar que los horarios y los días de vacaciones anuales son un factor más a tener en cuenta en las ofertas de empleo, de modo que la competencia de contratación no solo tenga que deberse a cuestiones salariales.

El descanso es legítimo y conveniente, no siendo necesario, para ello, entrar en cuestiones más espirituales y teológicas como la del descanso dominical. El mismo orden natural corrobora que el ser humano no es una máquina ni un autómata desprovisto de todo lo demás.

Ahora bien, ¿por qué tenemos que estar en desacuerdo con criterios como los que esgrime en este caso Más Madrid?

No es el descanso y el trabajo lo que le interesa a la izquierda

No le preocupa a ningún comunista la dignidad de la persona. Otra cosa es que su propaganda siempre tergiverse la realidad y juegue con el sensacionalismo en la medida de lo posible, mediante el ansia de generar caos, de atemorizar…

La famosa propuesta de las «cuatro jornadas laborales por semana» de la que tanto hizo gala Errejón no obedece a ninguna recomendación jurídica, médica o técnica. Simplemente fue una cursilada de ingeniería social bajo una misma orientación. Pero, ¿cuál es esa orientación?

Fomentan una cultura que sea contraria al esfuerzo y el mérito al mismo tiempo que optan por vulnerar la libertad empresarial al máximo. Es un ansia planificadora infinita, con los criterios culturales que en esos momentos vayan elaborando desde sus «laboratorios ideológicos».

Pero nada de esto quita que sean esclavistas bajo cierto prisma. Ellos quieren que el individuo sea incapaz de tener criterio y de saber cuándo recompensar al prójimo. No quieren que tenga una vocación emprendedora, de cooperación natural, espontánea y moral con la sociedad.

La sociedad antiorgánica a la que aspiran todos estos revolucionarios es una de individuos atomizados, sin cerebro, sin criterio, sin vínculos sociales, sin creencia en el más allá. Simplemente unidades sujetas a la plena planificación centralizada por parte de los puntos superiores demoníacos.

Menos cursiladas, menos hipocresía, más respeto, más «dejar hacer»

La dignidad humana de la persona no se consigue respetar mediante el desprecio absoluto hacia la libertad de mercado así como tampoco la constante demonización hacia la maternidad (predomina el antinatalismo dentro de la Revolución, en sus facetas culturales).

Lo que hemos de combatir es ese asfixiante intervencionismo que mediante la burocracia y el expolio fiscal acaba castigando al trabajador, mermando su capacidad de ahorro, consumo e inversión financiera.

De igual modo, hay que denunciar esa dinámica estatista que no solo cosifica al individuo y niega en muchos casos el derecho a la vida sino que también actúa como agente destructor de la institución familiar.

Si aparte de ello hay que hacer algo, es asumir la conveniencia de la innovación tecnológica, ya que así aumentará la productividad. Como consecuencia de ello, tendremos que esforzarnos menos en lo físico y el mercado permitirá que los salarios sean más altos.

Haciendo paráfrasis hayekiana, el progreso, por su propia naturaleza, no puede planificarse. Así que no tengan en cuenta estas propuestas. Más bien considerémoslas como cursiladas para defender esa planificación centralizada que es un absoluto latrocinio. Libertad frente a coacción.

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