No hay vacuna contra la violencia abertzale

Hay cosas que parece que no cambian con el devenir de los tiempos, incluyendo algunas malas. Es el caso de la izquierda abertzale y su culto por la violencia y los violentos que asesinaban a sus rivales políticos. Aunque el virus ha mutado con el tiempo, no cabe duda de que nos encontramos ante el mismo agente infeccioso. No mata, pero ejerce todavía un cierto nivel de violencia, nivel alsasuarra. Tampoco hace falta que haya muertos para que no pensar distinto de la izquierda abertzale siga teniendo un precio. De hecho esta entrada va precisamente de ciertas cosas que han pasado los últimos días, algunas en Navarra, que denotan la persistencia de esta violenta pandemia así como de algunas de sus consecuencias.

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Por ejemplo, persiste el apropiamiento del paisaje urbano en las fiestas populares. Parece que no puede haber un acto popular, festivo, deportivo o musical sin que la izquierda abertzale se apropie del paisaje urbano y sin que no quede vetado cualquier otro símbolo no aprobado por la izquierda abertzale.

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Que la izquierda abertzale, siempre que puede, allí donde puede, privatice para su causa cualquier evento popular no excluye que, además de meter los presos y sus consignas hasta en la sopa, no se celebren además actos expresamente dedicados a apoyar a los presos y sus consignas.

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El nacionalismo vasco ya no mata (por qué se puede hablar de violencia machista y no de violencia nacionalista) pero pega, acosa, señala y en definitiva hace complicada la vida a los que se destacan en público para oponer un discurso alternativo. Parte del éxito del nacionalismo y su persistencia se basa en el hecho de que aún cuenta como ventaja con el uso de un cierto grado de violencia sobre sus rivales. Un cierto grado de violencia que además parece que ya se asume como normal, como un  pequeño precio a pagar por el hecho de que ya no maten, aunque no hayan dejado de matar por razones morales (lo que les llevaría a condenar a los presos y a la ETA) sino por razones puramente estratégicas. Mientras no se pongan a rezar delante de la gente a la que quieren echar no hay nada que hacer.

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Este virus nacionalista mutado ya no mata, aunque hiere y abarca más, pero sobre todo toca poder. Como ya no mata por razones estratégicas, ha sido admitido dentro del cordón sanitario, de hecho ahora es la izquierda abertzale la que reparte carnés de demócrata y decide quién tiene que ser incluido o excluido del juego político. A su vez la izquierda ha aceptado dentro del cordón sanitario a la izquierda abertzale no por razones morales, sino por razones estratégicas. La izquierda abertzale sigue llamando presos políticos a los asesinos de Ernest Lluch o Isaías Carrasco, pero desde los Sánchez hasta los Madina, pasando por los López ( los un día aspirantes a la secretaría general del PSOE), todos prefieren a la izquierda abertzale no ya que a VOX, sino que al PP o a Ciudadanos.

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Sería tentador adormecerse al calor del agua de este puchero en el que Otegui es un secuestrador de paz, Pla y Ternera presos políticos y los txabales de Alsasua un modelo para la juventud. Luchar contra este dulce sopor en el que Bildu es un pilar fundamental del gobierno y decir la verdad no sólo no da votos, sino que te puede buscar problemas (parece que entre el tiro en la nuca y el respeto exigible no hay grados de terrorismo), es el camino difícil.  Que todos los días la izquierda abertzale pueda hacer cosas anormales convierte la anormalidad en normalidad. El sapo se cuece lenta e inadvertidamente en el puchero con la electricidad, el agua y el libro de recetas pagadas por el sapo. Quien controla el presente relata el pasado. Quien relata el pasado escribe el futuro. Y aún nos preguntamos por qué no vamos ganando.

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