Más abortos y más negociete para el abortorio blindado de Ansoáin

Aunque si queremos consolarnos ostentamos una cifra de abortos por debajo de la media española, lo cierto es que los últimos datos sobre el aborto en 2021 que acaban de publicarse resultan tan tristes como devastadores. En 2021 se ha “recuperado” la cifra anual de abortos tras las peculiaridades del año 2020, lo que con 987 abortos nos vuelve a colocar en el umbral de los 1.000 abortos al año. No se entiende cómo a esto algunos lo llaman progreso. Como si un aborto fuera más progreso que cero abortos y 10.000 abortos más progreso que 1.000 abortos. Es la lógica de la cultura de la cancelación y de la muerte.

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Debería dar que pensar el hecho de que una de cada tres mujeres que aborta ya ha abortado antes. En este caso los datos corresponden a 2020, y de los 888 abortos practicados en Navarra en ese año 190 mujeres ya habían abortado con anterioridad, 58 ya habían tenido dos abortos previos, 26 ya iban por su tercer aborto, 5 mujeres habían abortado 5 veces y 3 habían tenido más de 5 abortos. El dato es brutal. No sólo hemos convertido matar a un niño en un derecho, sino que se han abierto de par en par las puertas al abuso de “derecho”. ¿Cuántas veces tiene que abortar una mujer antes de la que la administración o alguien se pregunte qué pasa ahí? ¿Incluso dentro de la lógica abortista, cuántos abortos hay que permitirle y pagarle a la misma mujer?

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Podría pensarse que algunos o muchos abortos se relacionan con la falta de formación de las mujeres que abortan, pero por contra los datos indican que más del 80% de las mujeres que abortaron en 2020 tenían al menos la ESO. Tan solo 105 tenían estudios primarios y únicamente 29 no tenían estudios. Parece claro que la escolarización no acaba con el aborto y, en realidad, pensando en las leyes y programas educativos de los últimos años, a lo mejor podría concluirse que la escolarización más bien incide subiendo el número de abortos, en la medida en que se normaliza y trivializa el aborto. Alguien planteó que la mejor forma de reducir los accidentes de tráfico era quitar los airbags, los cinturones y todas las medidas de seguridad pasiva de los coches y, en cambio, poner en el volante una bayoneta apuntando al pecho del conductor. Algo así podría pensarse de tanto haber blanqueado y normalizado el aborto como una especie de método anticonceptivo.

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Quien en el marco de esta cultura de la muerte sigue haciendo su agosto es el abortorio de Ansoáin, al que para más comodidad en su negocio las leyes lo blindan impidiendo no ya que alguien pueda entregar en los alrededores un folleto informativo sobre ayudas y alternativas al aborto, sino que ni siquiera pueda rezar. Como recientemente reflexionaba Jaime Mayor Oreja, “algo falla en una sociedad en la que matar es un derecho y rezar un delito”.

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Por supuesto la abrumadora mayoría de todos los niños abortados fueron criaturas absolutamente sanas, que ni traían ninguna malformación ni representaban ningún riesgo para la madre. Simplemente eran niños indeseados. A los inmigrantes les abrimos los brazos, les acogemos cuando saltan la valla, los recogemos en un barco cuando están en el mar. A los niños indeseados los aniquilamos sin piedad. La diferencia además de la ilegalidad o los antecedentes es que los niños no caen del cielo. Nadie salvo las violadas se quedan embarazadas sin mediar alguna responsabilidad personal. Existe además la alternativa de la adopción. Celebramos enternecidos el día de los niños con Síndrome de Down, a la par que promovemos su casi total aniquilación. Matamos sin pestañear por cientos de miles a los niños sanos indeseados como para tener miramientos con los que vienen con problemas añadidos.

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Naturalmente la clave de todo esto es reconocer que estamos acabando con seres humanos con toda naturalidad. No podemos reconocer el derecho a la vida de un niño prematuro porque ha nacido y no reconocer el derecho a la vida del niño que, con el mismo tiempo, sigue en la tripa de su mamá. No podemos pretender que el derecho a la vida comienza en la semana 24, salvo que comience en la 21, o en la 14, o en la 16. No podemos aceptar que es sólo el cuerpo de la madre ese niño que tiene su propio cerebro, su propio corazón, su propio género y su propio ADN, o que puede nacer meses después de que su madre haya quedado en estado de muerte cerebral. No es lógico ir rebajando el momento en que consideramos humano a un niño según mejora la tecnología de las incubadoras. No tiene sentido alguno considerar seres humanos a los niños deseados y considerar desechos a los niños indeseados. Cuando decidimos que la vida de los niños indeseados no tiene ningún valor no nos equivoquemos, en el fondo estamos determinando que el derecho a la vida se puede poner y quitar y que intrínsecamente ninguna vida tenga valor.

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