La quiebra global que puede venir

Que la economía global se encuentra sometida en este momento a múltiples y graves amenazas no es un secreto. El gobierno suele resumir el problema, para desentenderse de él, refiriéndose a “la guerra de Putin”. En realidad la invasión de Ucrania ha actuado añadiendo nuevos problemas y agravando otros que ya se estaban manifestando, como la inflación, pero Rusia es sólo un factor de inestabilidad y hay otros frentes abiertos al menos igual de graves.

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Uno de estos frentes es China y sus problemas para desprenderse de la sombra del COVID. Frente a las políticas occidentales, basadas en la vacunación y en las medidas de contención quirúrgicas, limitadas en el tiempo y en el espacio, China sigue instalada en los cierres y los confinamientos masivos, por un lado por convicción y por otro lado porque en China parecen bastante cuestionables tanto la eficacia de las vacunas chinas como las tasas de vacunación. Hay que decir “parece” porque lo que sucede en China en buena parte es misterio. Como buena dictadura comunista que es, toda la información oficial que llega desde el gigante asiático es mentira, salvo que estemos dispuestos a creernos datos como que ha habido más muertos por COVID en el País Vasco que en toda China. Lo que sí sabemos es que, dada nuestra dependencia de las fábricas chinas, los cierres y las cuarentenas masivas vuelven a representar un peligro para la producción mundial y el desabastecimiento, así como a los cuellos de botella y retrasos en la distribución, algo a lo que ya estábamos asistiendo antes de la invasión de Ucrania.

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Si al encarecimiento de la energía le sumamos problemas de abastecimiento y a los bancos centrales realizando compras masivas de deuda pública (lo que equivale a imprimir dinero, porque los bancos centrales compran la deuda con el dinero que “imprimen”), no podemos sorprendernos de los niveles de inflación que nos están amenazando al juntarlo todo. El problema con la inflación es que al menos hay 3 asuntos que representan un riesgo grave.

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En primer lugar, es evidente que la inflación empobrece con carácter general a todo el mundo y además genera un círculo vicioso de complicado pronóstico.

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En segundo lugar, la inflación llega en un momento en que la deuda pública alcanza proporciones de pesadilla. Si, por ejemplo, en España tenemos una deuda pública de 1,4 billones, esto significa (simplificando) que por cada alza del 1% de los tipos de interés hay que pagar 14.000 millones más de intereses a nuestros deudores. Por supuesto los tipos de interés ascendentes ponen contra las cuerdas también a todas las familias endeudadas, principalmente a través de las hipotecas de interés variable, y naturalmente a las empresas.

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En tercer lugar, la subida de la inflación y de los tipos de interés pueden poner contra las cuerdas los balances de los bancos y del propio BCE. Es decir, imaginemos alguien que ha invertido 100 millones en deuda pública al 1%. Si los tipos suben al 2%, nuestra inversión en deuda pasará a valer 50 millones, porque nadie nos compraría 100 millones invertidos al 1% si los puede invertir al 2% con los nuevos tipos de interés. Esto quiere decir que todo el dinero invertido en deuda por los bancos o el BCE empieza a devaluarse y poner en riesgo su balance, como cuando un crédito lo avalaba un piso que pasaba a costar la mitad.

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¿Vamos a llegar a una quiebra global? Pues quizá sí o quizá no. Ahora bien, lo que parece claro es que ahora hay muchas más amenazas sobre el tapete que en otros momentos para que se pudiera llegar a esa crisis global, y que por otro lado, pese a las advertencias de algunos, nos hemos pasado décadas abonados al endeudamiento, a las políticas monetarias exageradamente expansivas y a los desequilibrios presupuestarios, lo que nos deja en una posición extraordinariamente vulnerable ante una conjunción de acontecimientos inesperados negativos como la que atravesamos. Por lo demás los acontecimientos inesperados, precisamente por ser inesperados, nadie sabe cuáles van a ser, pero lo que todo el mundo sabe es que siempre acaban llegando acontecimientos inesperados. Hemos elegido no vivir preparados para afrontar acontecimientos negativos inesperados. Ahora tendremos que cruzar los dedos y afrontar las consecuencias de esa elección. Por el lado positivo, igual de poco sentido tiene negarse a esperar acontecimientos inesperados negativos que negarse a esperar acontecimientos inesperados positivos. En último término, como en el cuento del anillo de poder encargado por un rey a sus sabios para que lo protegiera en tiempos de quebranto, siempre podremos consolarnos con la solemne inscripción en el mismo de que «Esto también pasará». A los sabios no se les ocurrió según parece ninguna cosa mejor ni tenían ningún otro poder especial.

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Comentarios (1)
  1. Oliver says:

    lo de China es una locura total. una gran mentira en todos los parámetros. es como si sus habitantes fueran de otro adn. todo llegará, no hay mal q dure mil años.

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