García Moreno: La vida y obra de un estadista conservador en los Andes

Cuando se discute o se comenta sobre política, tanto sobre política contemporánea como sobre la historia política de un país, siempre existe el viejo arquetipo del gran líder, aquel entre muchos que brilla con luz propia, que representa todo lo que los demás intentaron lograr, y para el caso ecuatoriano, este título apenas puede aplicarse entre sus gobernantes, tal vez con honrosas excepciones respecto a dos singulares líderes, ambos expresidentes, que fueron, y muy probablemente siguen siendo, los únicos verdaderos estadistas de este país.

Ellos son Gabriel García Moreno y Eloy Alfaro, y de los dos, García Moreno puede ser el más interesante entre ambos, ya que su vida y sus esfuerzos para construir las bases del Estado ecuatoriano han sido durante mucho tiempo oscurecidos por la propaganda que fue primero promovida por sus entonces adversarios políticos y que desde entonces ha sido repetida por sus sucesores en el poder, creando un aura de misterio y desconfianza respecto a quien podría ser el mayor estadista ecuatoriano de la historia, y probablemente, uno de los líderes conservadores más importantes de su tiempo.

Gabriel García Moreno nació en Guayaquil, en 1821, en el seno de una de las muchas familias criollas que sobrevivieron durante la independencia de lo que hoy es Ecuador, y por sus dos padres, estaba emparentado con familias nobles españolas, cuyos miembros estaban ligados por sangre a muchos duques y condes, Grandes de España, y habían ocupado altos cargos de gobierno en las posesiones españolas en América, y que, por razones obvias, lucharon por la Corona española durante las guerras de independencia hispanoamericanas.

Las circunstancias de su nacimiento son realmente muy interesantes, ya que Guayaquil, en 1821, era la capital de su propio estado independiente, la Provincia Libre de Guayaquil, una república mercantil fundada durante las Guerras de la Independencia por un grupo local de criollos liberales, llamado La Fragua de Vulcano, liderado por José Joaquín de Olmedo y sin afiliación a Simón Bolívar ni a José de San Martín, quienes, un año después, en 1822, se reunirían en esa misma ciudad para discutir los límites de sus respectivas áreas de influencia durante el resto de sus campañas militares contra la Corona española en América

Lamentablemente, García Moreno quedó huérfano desde muy joven, ya que su padre, Gabriel García-Yangüas y Gómez de Tama, un español peninsular que había venido a América a velar por sus inversiones familiares en el Virreinato del Perú, murió cuando García Moreno era apenas un niño, dejando viuda a su madre, María de las Mercedes Moreno y Morán de Butrón, una mujer profundamente devota a la religión católica, que lo educó por su cuenta, inculcándole esa misma fe religiosa que más tarde influiría en sus ideas sobre el gobierno y la sociedad, algo que no hizo más que crecer durante su tutela por frailes mercedarios, que le enseñaron latín y promovieron esa misma fe cristiana en su vida privada.

A los catorce años, García Moreno llegó a la capital ecuatoriana, Quito, para continuar sus estudios, y se ganó el favor del entonces presidente Vicente Rocafuerte, un guayaquileño que fue miembro de las Cortes de Cádiz como representante de la Nueva España (hoy México) durante las Guerras de la Independencia y que luego se involucró con Olmedo y su Fragua de Vulcano en el proceso de independencia de su propia ciudad.

Rocafuerte le había concedido una beca para estudiar en el Colegio Nacional San Fernando, donde García Moreno se graduaría de bachiller, y también sería tutor de gramática para sus compañeros menores, una condición en la beca que se le fue concedida, y dado que fue acogido durante su estancia en Quito por familiares del fraile mercedario Betancourt, que le había enseñado cuando era un niño en Guayaquil, no es de extrañar que García Moreno acabara orientándose a la vida religiosa, y pensando que tenía vocación al sacerdocio, por lo que terminaría recibiendo la órdenes menores religiosas y la tonsura monacal al cumplir su mayoría de edad, pero convencido por algunos de sus amigos más cercanos y considerando sus propios intereses, finalmente se decantaría por estudiar Derecho en la Universidad de Quito, donde también empezó a aprender francés, inglés e italiano, para graduarse de abogado a los 25 años.

Justo ese mismo año, en 1849, decidió viajar a Europa para continuar sus estudios, donde tuvo la oportunidad de observar de primera mano los efectos de la Revolución ocurrida el año anterior, y donde afianzó su creencia en un profundo conservadurismo católico, no muy diferente al de otro presidente ecuatoriano, el primero de todos ellos para ser exactos, Juan José Flores (que luego se convirtió primero en su enemigo y luego en su aliado) que se había hecho monárquico y había intentado restaurar la monarquía en Ecuador con el respaldo de la reina regente María Cristina de España y del rey Luis Felipe de Francia.

Sus experiencias en Francia le dieron a García Moreno muchas ideas de mejora para el Estado ecuatoriano, y cuando regresó en 1851, se encontró con un país estaba gobernado por liberales radicales y anticlericales, dirigidos por José María Urbina, que había impedido exitosamente que Juan José Flores volviera al poder durante sus intentonas monárquicas, lo que le empujó a seguir una carrera periodística, fundando varios periódicos para escribir panfletos en libertad contra sus adversarios políticos, por lo que acabaría perseguido por las autoridades judiciales y desterrado, antes de ser indultado en 1857 por el sucesor de Urbina, Francisco Robles.

Con esta nueva libertad, García Moreno decidiría involucrarse directamente en la política, y poco después sería elegido alcalde de Quito, rector de su propia alma mater, la Universidad de Quito, y finalmente, como senador en el legislativo ecuatoriano, haciéndose un nombre como líder de una oposición conservadora que pronto se convertiría en el Partido Conservador Ecuatoriano, que él mismo fundó y del que fue su primer presidente.

Sin embargo, para 1859 había estallado una guerra con el vecino país de Perú, basada en disputas territoriales no resueltas y en las contingencias de la deuda externa adquirida como resultado de las deudas por los préstamos realizados por Gran Bretaña durante las guerras de la independencia y la casi inmediata ruptura de la Gran Colombia de Bolívar, cuyo pago se ya debía por esa misma época, por lo que se había ofrecido a funcionarios británicos derechos de explotación sobre la región amazónica ecuatoriana como pago, acción que fue protestada por el gobierno peruano en lo que sería en el casus belli de la guerra.

A Robles se le otorgaron poderes de emergencia para combatir la amenaza peruana, pero debido a más escándalos en su accionar, incluyendo rumores de haber vendido las Islas Galápagos a los Estados Unidos, apenas partió a Guayaquil para combatir a las fuerzas peruanas, se quedó solo y con oposición de todos los bandos de la política nacional, incluido García Moreno, quien había sido un aliado silencioso de su gobierno en agradecimiento por haberlo indultado.

La guerra con el Perú pronto se convertiría en una invasión peruana de Ecuador, siendo Guayaquil la primera ciudad en caer, aunque no bajo el asedio de las fuerzas peruanas, sino bajo el autoproclamado liderazgo supremo de un caudillo local llamado Guillermo Franco, todo ello mientras el Perú y el vecino del norte del Ecuador, Colombia, firmaban un tratado, llamado Protocolo Mosquera-Selaya, en el que decidían dividir el territorio ecuatoriano y anexionar sus respectivas partes a sus países.

Además, la misma situación que había sucedido en Guayaquil estaba ocurriendo en otras regiones del Ecuador, con otro caudillo, Ramón Borrero, proclamándose jefe supremo de Cuenca, e incluso otro más, Manuel Carrión, haciendo lo mismo en Loja, además que el propio Franco ya había firmado otro tratado con Perú en el que entregaba ilegalmente la región amazónica ecuatoriana a los invasores.

García Moreno, que se había quedado en Quito, trató de mantener las riendas del gobierno en lo que empezaba a dar señales de convertirse tanto en una guerra civil entre conservadores y liberales como en la disolución del Estado ecuatoriano en cuatro Estados diferentes, estableciendo primero un triunvirato bajo su liderazgo y luego una junta militar, para luchar tanto contra las provincias rebeldes como contra la invasión peruana, para lo cual incluso se haría de buenas con su antiguo oponente Juan José Flores, quien había regresado de su propio destierro por un intento de golpe anterior, dirigiendo ambos las fuerzas del gobierno de Quito contra sus enemigos de todos los bandos, haciendo retroceder a las fuerzas peruanas y retomando Guayaquil para 1860.

Con su prestigio y su popularidad por las nubes gracias a sus acciones para evitar la invasión y la ruptura del Ecuador, García Moreno, que había asumido la jefatura suprema del país, convocó una asamblea constituyente, y finalmente fue elegido Presidente del país.

En este punto, cabe destacar algunas de las decisiones que García Moreno tomó durante sus primeros años en el poder, y que hasta ahora conservan su influencia, pues fue él quien hizo de la bandera tricolor horizontal amarillo-azul-rojo, que aún usamos hasta el día de hoy, oficialmente la bandera nacional ecuatoriana, cambiándola del estandarte bicolor blanco y azul con estrellas usado por los liberales desde los tiempos de la Provincia Libre de Guayaquil, así como también haría uso de sus poderes supremos para pedir el regreso al país de la Compañía de Jesús, que había sido desterrada de sus territorios casi un siglo antes, en los tiempos del rey Carlos III de España.

Durante los primeros cinco años de su gobierno, García Moreno tuvo que luchar contra los intentos de retomar el poder por parte de los ex presidentes José María Urbina y Francisco Robles, y trató de promover la construcción de muy necesaria infraestructura como carreteras para conectar el país, así como trabajó en reformas educativas que no fueron aprobadas por el Congreso, y para demostrar que había actuado de buena fe, permitió que se celebraran nuevas elecciones y dejaría la presidencia en 1865, permitiendo que Jerónimo Carrión, un antiguo triunviro suyo de la crisis de 1859-1860, fuera proclamado presidente.

Pero ni Carrión, que dejó la presidencia en 1867, ni su sucesor Javier Espinosa tenían la fuerza o el carisma de su predecesor, y para 1869 García Moreno ya habría recuperado el poder, y convocaría otra asamblea constituyente, que esta vez se llenó de miembros conservadores, y asía sería rápidamente elegido presidente de nuevo, pero con una novedad: la nueva Constitución que fuera proclamada en esta asamblea constituyente, a diferencia de la última vez, estaba explícitamente redactada para evitar nuevas crisis, en lo que algunos autores, como el fallecido diplomático conservador Jorge Salvador Lara, comentarían que fue la mejor expresión del estadismo de García Moreno, y otros, como el historiador socialista Enrique Ayala Mora, considerarían como su ascenso como tirano.

Esta Constitución haría del Ecuador un país centralizado, sin ningún tipo de divisiones federales, para mantener la integridad territorial del Estado. También haría del catolicismo un requisito de ciudadanía para la concesión de derechos políticos, convirtiendo a esta en la religión oficial del Estado, e instauraría pena de muerte para delitos políticos.

Por estas razones, sus opositores liberales la llamarían la Carta Negra y la Carta de la Esclavitud, y a pesar de su nombre, bajo esta constitución, Ecuador dio sus primeros pasos para convertirse en una nación desarrollada, siguiendo el mismo modelo adoptado por los estadistas europeos para construir estados-nación a la altura de sus nombres.

Tradicionalista y monárquico de corazón, pero pragmático y republicano por necesidad, García Moreno demostró que su liderazgo después de 1869 tenía características integralistas, similares a las de los post-liberales de nuestros tiempos, en su ideal de construcción del Estado ecuatoriano, utilizando la religión como cimiento de su régimen.

García Moreno haría del catolicismo un componente imprescindible del Estado, primero al hacerlo obligatorio en la educación, cuya administración fue entregada a varias órdenes religiosas, no sólo a los jesuitas, y el al utilizarlo para orientar las relaciones exteriores ecuatorianas, cuyos principales hitos fueron la firma de un Concordato con la Santa Sede por el cual Ecuador fue consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, el rechazo a la Unificación Italiana en apoyo a la Iglesia, que había perdido sus Estados Pontificios, y los intentos fallidos de convertir a Ecuador en un protectorado francés bajo el emperador Napoleón III, con el que los terratenientes-empresarios ecuatorianos, conocidos como Gran Cacaos, se sentían muy cómodos, ya que Francia era el principal destino de sus crecientes exportaciones de cacao y chocolate.

En su política económica, García Moreno construyó las bases de la estructura económica del país, basada en la exportación agrícola, pero también intentó modernizarla, primero iniciando la construcción de un ferrocarril, que sería finalizado décadas después por el otro gran caudillo y estadista ecuatoriano, el liberal Eloy Alfaro, y creó una Escuela Politécnica, que aún existe, para enseñar a los alumnos los desarrollos industriales de Europa invitando a profesores alemanes, en su mayoría exiliados religiosos de la Kulturkampf en la que estaba empeñado el canciller Bismarck contra la Iglesia católica.

También fue un mecenas de las artes y la cultura, ya que fundó la Academia Ecuatoriana de Bellas Artes y el Conservatorio Nacional de Música, e hizo construir un observatorio astronómico en Quito, para el que se fabricó una lente telescópica que rivalizaba con las que eran utilizadas por los observatorios en el Viejo Mundo.

Otras obras de su gobierno durante este periodo también serían el establecimiento de un servicio telegráfico, y la construcción de un sistema penitenciario centralizado basado en las ideas del Panóptico, así como el restablecimiento de una Academia Militar, una escuela de enseñanza para los pueblos indígenas del país, y una escuela de enfermería para formar obstetras.

El Himno Nacional Ecuatoriano también data de esta época, pues su letra sería escrita por Juan León Mera, uno de los seguidores conservadores de García Moreno, y su música sería compuesta por el francés Antonio Neumane, con la misma melodía del Himno Pontificio a Pío IX, y dado que sus decisiones, tanto para la bandera nacional en 1859 como para el himno nacional en 1870, fueron la base para el establecimiento de los símbolos nacionales oficiales para Ecuador, se podría considerar a García Moreno como el Padre de la Patria ecuatoriana, pero ese título nunca ha sido utilizado, y aunque se lo aplique en el futuro, podría ser disputado por otros líderes, como el ya mencionado Eloy Alfaro. 

En todo caso, ninguna de estas obras, ni su poder, carisma y piedad personal como católico le lograrían liberar de la horrenda muerte que tuvo.

El 6 de agosto de 1875, apenas unos meses después de haber sido reelegido para la presidencia (ya que la Constitución de 1869 lo permitía postularse para múltiples reelecciones), García Moreno sería cobardemente asesinado en la misma escalinata del palacio presidencial por un grupo de opositores políticos, siendo uno de sus antiguos funcionarios, Faustino Lemus Rayo quien le asestaría los machetazos fatales y los liberales Roberto Andrade, Manuel Cornejo, Abelardo Moncayo y Manuel Polanco quienes lo rematarían a tiros.

García Moreno ya tenía temor de ser asesinado, ya que la oposición a su gobierno iba en aumento, como demostraba el panfleto titulado La Dictadura Perpetua, escrito por el ensayista liberal y rival de Juan León Mera, Juan Montalvo, que iba dirigido contra él, además que su política exterior estaba provocando ira en lideres extranjeros como el canciller alemán Otto von Birsmarck.

Inmediatamente tras su reelección, García Moreno escribiría al Papa Pío IX, pidiéndole su bendición antes de su toma de posesión, diciéndole que temía una conspiración secreta de las logias masónicas de los países vecinos, instigadas a su vez por las logias alemanas, para asesinarlo.

En aquel día fatal del 6 de agosto de 1875, mientras regresaba de la misa de gallo, García Moreno sería abordado y ejecutado por sus asesinos, y mientras agonizaba, tras haber caído de las escaleras del Palacio de Carondelet por los machetazos y los disparos recibidos, sus últimas palabras serían «¡Dios no muere!», razón suficiente para que muchos católicos lo sigan considerando, hasta el día de hoy, como un mártir, que murió por morir por la Fe y por la Patria.

Así murió, asesinado por sus opositores políticos, uno de los más grandes estadistas ecuatorianos, cuyo legado es tan controvertido como lo fue su gobierno, dividido por la política partidista llevada a cabo por diferentes sucesores que intentaron tanto engrandecer como degradar su figura, que con el tiempo se ha convertido en casi una leyenda en la historia de este país.

No importa si a uno le agrade o le desagrade este personaje, no existe ninguna forma que García Moreno caiga en el olvido, ya que su vida y su obra nos siguen demostrando contundentemente que el pragmatismo puede combinarse bien con unos principios sólidos para gobernar y construir una nación.

Sin duda, Gabriel García Moreno es y siempre será considerado como uno de los grandes líderes que inspiran a los conservadores de todo el mundo.

Comentarios (1)
  1. Julio says:

    No recuerda el autor, D. Ugo, que el gran García Moreno, quiso en un momento de su azarosa vida que la República de Ecuador (que es, ha sido y será país amazónico), volviera a ser parte de España, por ese motivo le llaman el “Presidente Traidor”, cuando fue uno de los padres de la patria ecuatoriana.

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