Adelantar a 90 a un camión que circule a 80 pasa de requerir sólo 2,5 segundos en el carril contrario a necesitar 7,5

¿Por qué el gobierno elimina la norma que permitía exceder en 20 kilómetros por hora el límite genérico de una carretera para efectuar un adelantamiento? ¿Es por nuestra seguridad o por otros motivos? ¿Qué hay detrás de este cambio que no está claro que se justifique por la seguridad de los usuarios? Esta semana ha entrado en vigor en España la reforma que elimina esta posibilidad de exceder los límites genéricos para los adelantamientos.

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Por el contrario, gran parte de los expertos y observadores que han analizado esta cuestión indican que prolongar el tiempo de adelantamiento añade peligro a la maniobra y que los riesgos en términos de seguridad sobrepasan ampliamente los posibles beneficios. Efectivamente, cuanto menos tiempo se ocupe el carril contrario y menos tiempo se prolongue innecesariamente la maniobra, más seguro es el adelantamiento. Más aún si consideramos que hablamos de límites de 90 kilómetros por hora y de exceder ese límite en sólo 20 kilómetros por hora. Es decir, en términos absolutos y generales no hablamos en ningún caso de maniobras a grandes velocidades, pero sí de que pueda haber una diferencia lógica de velocidad entre el que adelanta y el adelantado, para no eternizar los tiempos de adelantamiento, salvo que lo que se pretenda sea que no haya adelantamientos, en cuyo caso mejor pintar todo raya continua.

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Si bien es cierto que en nuestro entorno europeo no existe esta posibilidad de superar los límites genéricos para realizar un adelantamiento, no menos cierto es que en algunos de estos países el límite genérico es mayor que el nuestro. Tampoco es que haya que hacer o dejar de hacer algo porque lo hagan o no lo hagan los demás sino porque sea lógico y efectivo. Por otro lado, si de lo que se trata es de que no haya accidentes por culpa de la velocidad ni de los adelantamientos, la máxima velocidad debería ser cero. O sea, en último término la velocidad es la culpable del 100% de los accidentes. Remedando a los anuncios sobre la tasa de alcohol, la única velocidad absolutamente segura es 0. La cuestión es si se puede buscar una supuesta seguridad absoluta a costa de hacer insufribles los desplazamientos, y si todo esto no vuelve a ser un síntoma ideológico de la cochefobia que se aprecia a muchos niveles políticos, la cual nada tiene que ver con la seguridad sino con la transición ecológica e incluso con el rechazo a las formas privadas y autónomas de desplazamiento.

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Volviendo al debate sobre la racionalidad de esta decisión en términos de seguridad, se pretende que si un vehículo circula a 90 km/h (el límite máximo) directamente no sea posible ni necesario el adelantamiento. Sin embargo, frente a este argumento se recuerda que la velocidad de camiones, furgonetas y autocaravanas de más de 3.500 kg de peso se encuentra limitada a 80 km/h, lo que multiplica los tiempos de adelantamiento ya que, por cada segundo a 110 km/h se recorrerían 8 metros más que a 80 km/h, por los 2,7 metros de más que se recorren cada segundo a 90 km/h. En definitiva, adelantar a un camión pasaría de requerir 2,5 segundos en el carril contrario a 7,5.

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Por otro lado, existe la sospecha fundada de que tras la decisión de eliminar este margen de adelantamiento existe, cómo no, un motivo recaudatorio. Ante la proliferación de los llamados radares de tramo, que miden la velocidad media de un vehículo entre dos puntos de medición, resulta que la posibilidad de adelantar superando el límite genérico posibilita que prosperen muchos recursos de los conductores frente a Tráfico, una posibilidad que se eliminaría de cuajo al haber eliminado este margen de exceso al adelantar. Es decir, que la posibilidad de que los accidentes vayan a disminuir es una mera hipótesis, pudiendo temerse incluso que aumenten, pero que la recaudación pueda subir o por lo menos decaer muchos recursos es en cambio una certeza. Puesto que 90km/h es un límite máximo y no mínimo, todo conductor que con la nueva normativa conduzca por determinados tramos a 86 kilómetros por hora se puede convertir en un auténtico peligro, por no decir en un enervante enemigo de la humanidad. Si por lo demás se quiere realmente reducir el número de fallecidos (y fallecidas) sin reducir la velocidad a términos ridículos, más valdría invertir 20.000 millones en mejorar las carreteras o desdoblar carriles que en políticas de Igualdad.

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