Si Ucrania resiste, puede ser a un altísimo precio

 

 

En el frente político de la guerra, una votación ayer en el Parlamento Europeo se saldó con una declaración de condena a la invasión rusa por 637 votos a favor, 32 abstenciones y 13 noes. Por una parte puede resultar llamativa esta cuasi unanimidad en los tiempos que corren. Por otro lado, tampoco deja de ser llamativo que entre los eurodiputados españoles que no han apoyado la condena sólo estuvieran los de Bildu, Anticapitalistas (una facción de Podemos) e IU.

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En el frente militar, ayer fue una jornada en la que aparentemente no hubo grandes movimientos sobre el terreno, pero en la que se apreció la entrada en una nueva fase en cuanto al uso contra los edificios y la población civil de armas de gran poder destructivo, particularmente las bombas termobáricas y las bombas racimo. Es decir, por un lado se aprecia que continúa la enorme acumulación de fuerzas rusas en los alrededores de Kiev, mientras que por otro se continuó el asalto a otras localidades del país haciendo uso de armamento pesado y armas como las citadas sin consideración alguna hacia las edificaciones civiles. Si Rusia ha decidido iniciar una fase de combates urbanos a gran escala y sin miramientos, asistiremos sin duda a un aumento exponencial de las cifras de civiles muertos. Es de temer que Kiev sea víctima de esta nueva fase, salvo que Rusia pretenda obtener su rendición mostrando primero en otras ciudades menores lo que podría hacerse con ella.

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Hablando de Kiev y de las grandes filas de vehículos militares que se dirigen hacia ella, así como a la enorme acumulación de tropas, eso mismo muestra o una actitud suicida del ejército ruso o bien que realmente la resistencia ucraniana no es tan fuerte como podría pensarse. Una serie de bombardeos sobre unas concentraciones tan grandes de hombres y material tendrían unos efectos devastadores, por lo que si los rusos se permiten el lujo de juntar tantas fuerzas cabría pensar que no temen demasiado el uso de material pesado, ni ataques aéreos, ni ataques de infantería eficaces contra esas concentraciones de tropas.

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Pese a la voluntad de resistencia que pueda oponer Ucrania, lo cierto es que enfrentarse a campo abierto a la maquinaria rusa resulta casi imposible, más ahora que se ha demostrado la voluntad rusa de no reparar en los daños colaterales a los civiles. Cada vez que los rusos se encuentren con un foco de resistencia que los detenga, la estrategia es plancharlo con artillería, cohetes y si es preciso las citas bombas racimo o termobáricas. Estas armas devastan por completo grandes superficies acabando con toda forma de vida, y son altamente eficaces, especialmente las bombas termobáricas (que literalmente incendian el aire y queman todo el oxígeno), contra la resistencia en edificios, refugios o trincheras. La única forma de oponerse a este tipo de armas es la guerra de guerrillas y el movimiento constante, o bien de disponer de un ejército capaz de destruir a los aviones o lanzadores enemigos antes de que puedan usarlas, cosa que no parece ser ya el caso del ejército ucraniano.

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La eficacia de este tipo de armas para pulverizar toda resistencia que se les ponga enfrente defendiendo una posición fija resulta poco discutible, si quien las utiliza no tiene reparo alguno en el número de cadáveres y escombros que vaya dejando a su paso. Inmediatamente antes del conflicto Putin amenazó a los países occidentales con una guerra nuclear si alguien osaba intervenir en la guerra contra Ucrania. Aquella advertencia, en aquel momento tan descabellada, quizá se pueda interpretar ahora como que Putin era consciente de todas las imágenes de muerte y todo el terror y devastación al que podemos asistir, por lo que estaría dispuesto a matar cuantos civiles hiciera falta y se anticipaba con su amenaza nuclear a la indignación y al clamor por intervenir que se pudiera suscitar en los países occidentales.

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Si la guerra en Ucrania deriva hacia un escenario similar al de Chechenia, los horrores a los que se pueden enfrentar los ucranianos resultan espeluznantes, pero los rusos también pagarán un alto coste por ello. Hay que recordar que Chechenia supuso un auténtico quebradero de cabeza para Rusia durante mucho tiempo, incluso sin apoyo externo y con menos de 2 millones de habitantes. Ucrania, como Chechenia, podría quedar absolutamente devastada por Rusia, pero a Rusia podría atragantársele también una Chechenia del tamaño de Ucrania. A fecha de hoy quizá no sería una mala salida un movimiento interno en Rusia que acabara con Putin. Algo así como lo que le ha ocurrido a Casado con su propio partido, o lo que le debería haber ocurrido a Hitler con el atentado de Rommel. Evitaría el luto de muchas familias tanto en Ucrania como en Rusia. Económicamente evitaría un empobrecimiento totalmente evitable del continente. Por no mencionar el riesgo de que un sujeto de las características de Putin tenga capacidad de decisión sobre el inmenso arsenal nuclear ruso. Los dictadores suelen mostrar a veces una extraordinaria resistencia a ser removidos por un medio u otro de su puesto pero, en este momento y parece que irá a peor, nadie gana conviviendo con Putin, desde luego fuera de Rusia, pero tampoco dentro.

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