O gobierna la izquierda o no hay paz

El nuevo gobierno izquierdista chileno promete el indulto a los radicales que incendiaron las calles durante el mandato de la derecha. La noticia parece grave, pero lejana, y lo sería si realmente pudiéramos esperar más de nuestra izquierda que de la izquierda chilena, o si pensáramos que lo de Chile es un caso aislado.

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En este momento se cumple un año de la entrada en el Capitolio de un estrafalario grupo de seguidores de Trump. Este suceso, sin embargo, eclipsa por completo el hecho de que la izquierda hizo arder las calles de los EEUU durante meses y hubo decenas de muertos hasta que la izquierda desalojó a Trump del poder. Sería muy ingenuo pensar que lo que sucedió en Chile fue un caso aislado, o que en España si hubiera un cambio de gobierno no se produciría un estallido social, como la propia Yolanda Díaz ya ha venido a anticipar.

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Como es lógico puede haber un grupo de chiflados y desequilibrados que ejerzan la violencia tanto en la derecha como en la izquierda. Un partido de izquierdas no es responsable de la violencia que pueda practicar un grupo de ultraizquierdistas, siempre que la condene. Lo mismo vale para la derecha, obviamente. La clave que estamos viendo en Chile, sin embargo, es que la izquierda no sólo no persigue a los violentos de izquierda, sino que les ofrece impunidad. En ese punto quiebra el principio democrático de convivencia. La izquierda usa la violencia para llegar al poder. Cuando la izquierda llega al poder indulta a los violentos. La violencia contra quien no es de izquierdas se legitima y queda impune. La derecha no puede gobernar el país, aunque gane las elecciones, sin que la izquierda recurra a la violencia para recuperar el poder. O gobierna la izquierda o no hay paz. Y esto que hemos visto en Chile, en alguna medida lo hemos visto también en los EEUU y en otros lugares, y lo podemos ver en un futuro próximo en España. Un elemento añadido de preocupación es que tras los estallidos de violencia izquierdistas la izquierda ha sido recompensada en las urnas. La izquierda no puede concluir, por tanto, que la violencia de grupos de ultraizquierda le perjudica.

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Volviendo a España, desde luego Bildu no está dispuesto a rechazar la violencia del nacionalismo vasco, ni aceptar el castigo de los nacionalistas vascos que han ejercido la violencia, lo que viene a ser lo mismo. Tampoco el nacionalismo catalán acepta ni las reglas de juego democráticas ni el castigo a los violentos o a los golpistas cuando son nacionalistas catalanes. En cuanto a Podemos, resulta evidente que tampoco rechaza la violencia contra sus rivales políticos ni acepta el castigo a quienes la practican. En su lugar, para justificarla llama fascistas a quienes sufren su violencia y antifascistas a quienes la practican. O niegan la pedrada o llaman ketchup a lo que sale de la cabeza herida de su rival. No hay una izquierda menos radical en España que en Chile o que en EEUU. Lo que hemos visto allí, lo podríamos ver perfectamente aquí. Lo único que nos permite posponer el problema o estorba el medir su gravedad es que ahora gobiernan ellos. El mundo se está convirtiendo en un lugar en el que ser de izquierdas no es optativo, y en el que elegir no ser de izquierdas implica no ya renunciar a la fama, el reconocimiento o el dinero público, sino hasta un riesgo físico. Por otro lado y por esto mismo a la izquierda se le cae el disfraz.

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