Socialismo y restricciones: negacionistas de la izquierda abertzale

La manifestación de la izquierda abertzale la semana pasada contra las restricciones pandémicas dio lugar a situaciones un tanto curiosas. Se supone que la izquierda abertzale no sufre demasiados complejos, sobrellevan hasta que se les llame terroristas, a los terroristas los llaman los suyos y a los presos los designan familiarmente en las pancartas con nombre de pila. Sin embargo, estaban muy preocupados ante la posibilidad de que al manifestarse les llamaran negacionistas. A lo mejor no es que no tienen complejos, sino que tienen sus propios complejos.

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Negacionista es una palabra maravillosa. Casi tan maravillosa como fascista hace unos años. Al que no piensa como uno se le pone la etiqueta de fascista o negacionista y queda aniquilado. Si te ponen la etiqueta de fascista ni siquiera es extraño que tu cabeza coincida casualmente en la trayectoria de un ladrillo y se quede todo lleno de ketchup. Poco importa si es justa la etiqueta de fascista o negacionista u otras etiquetas que en verdad no tienen por objeto calificar con arreglo a la realidad, sino desacreditar o eliminar a un rival.

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Curiosamente hasta hace muy poco tiempo podría pensarse que la palabra negacionista podría haber presentado algunos aspectos hasta socialmente aceptables y positivos dentro del marco referencial del sistema mayoritario. Es decir, la palabra negacionista claramente lleva implícito el estigma del negacionismo del genocidio nazi de los judíos, pero más allá de eso vivíamos y seguimos viviendo en una sociedad que premia como un valor deseable el negacionismo, lo que pasa es que cuando es deseable recibe otros nombres como escepticismo. Para un creyente, un ateo es un negacionista. Sin embargo, tienen buena prensa las personas incrédulas y que supuestamente tienen un espíritu crítico. No obstante, hemos rizado el rizo al punto que ser un crédulo es malo pero ser un negacionista también es malo. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿O de lo que se trata no es de que seamos libres sino crédulos o incrédulos según nos lo vayan indicando?

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Hablando de ser crédulos y fundar una forma de pensar y de vivir en ideas irreales, ingenuas y fantasiosas, hay que reconocer que la izquierda abertzale se lleva la palma. Hay que ser muy crédulo para creer en la Euskal Herria mítica del nacionalismo, y desde luego hay que ser totalmente acrítico y vivir en las nubes para creer en el socialismo, pero es que esta gente cree tanto en Euskal Herria como en el socialismo, y todavía hay gente que se atreve a llamarles negacionistas, cuando estas criaturas lo que son capaces es de creer cualquier cosa.

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En este sentido merece la pena detenerse un momento a reflexionar sobre el tipo de sociedad no a la que nos conducen todas las restricciones y recortes de derechos que nos están imponiendo. Desde luego no es una sociedad libertaria, sino una sociedad en la que la las personas son como esos personajes kafkianos abrumados por los implacables mecanismos de la nada burocrática. Las restricciones que poco a poco se van normalizando en nuestra sociedad son las propias de los estados en los que hay toques de queda, cartillas de racionamiento o salvoconductos, o sea en los estados socialistas, esos como la RDA que tanto admira el ministro Garzón, o esa URSS que añora Pablo Iglesias, o esa Cuba de Fidel que celebran desde las cuentas en redes sociales de Izquierda Unida y Podemos, o esa Corea del Norte que tanto gusta a… bueno, alguien habrá que le guste Corea del Norte. Además de necesitarse un permiso del gobierno para realizar absolutamente cualquier actividad o desplazamiento, en todos estos países en los que todo está regulado la gente come cuando puede y lo que puede, aunque sea gusanos, no tiene nada y es feliz, o por lo menos eso hay que deducir del hecho de que no haya protestas. Nos preguntamos cómo será el mundo cuando llegue el 2030 pero o cambiamos el curso de las cosas o no hay que mirar al futuro para ver cómo serán las cosas, sino a cualquier régimen socialista de la actualidad o del pasado. Lo demencial es que estemos tomando como punto de referencia al que queremos llegar un modelo del que solo quedan dictaduras residuales en las que todo el que no ha podido huir tiene que vivir sin libertad y con 15 dólares al mes, que es con lo que se suele acabar viviendo en los lugares en los que el gobierno lo decide todo por la gente y no hay libertad.

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Por supuesto un negacionista nunca lo reconoce. Sería una contradicción.  ¿Cómo va a afirmar alguien que es un negacionista sin caer en un vórtice espaciotemporal? Lo que ocurre es que seguramente todos somos negacionistas desde cierto punto de vista. Como decíamos alguien que no cree en Dios es un negacionista para un creyente. Y un socialista es un negacionista de la libertad, de la propiedad y del mercado. Alguien que no duda de la conveniencia de vacunar a los niños podría ser considerado un negacionista de los efectos secundarios y de los posibles riesgos derivados de las vacunas. En realidad los negacionistas no existen. Más bien todos somos afirmacionistas de alguna cosa. El punto es determinar cuál es la verdad entre todo lo que se afirma.

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Tratando de regresar al campo de los hechos más objetivables, el caso es que la única formación que por ejemplo se ha opuesto al pasaporte covid ha sido VOX. Esto no deja de tener su gracia porque los simpatizantes de la izquierda abertzale que se manifestaban contra las restricciones gubernamentales resulta que se colocan enfrente de Bildu y al lado de VOX. La buena noticia es que entonces tienen una clara salida para expresar su descontento o poner freno a las restricciones contra las que protestan y es algo tan sencillo como convertirse en votantes de VOX. Si alguien no quiere ver que las restricciones contra las que está protestando se las impone el partido al que vota, y no concibe votar al único partido que le ofrece acabar con esas restricciones, podríamos discutir cómo llamar a esa persona, pero en el contexto de esta artículo el mejor nombre es sin duda negacionista.

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