Vacunas: información, libertad y vigilancia

El Ministerio de Salud, como si leyera Navarra Confidencial, al fin ha comenzado a hacer por primera vez algo que debería haber hecho desde el principio: publicar los datos de hospitalizaciones y fallecimientos distinguiendo por edades entre vacunados y no vacunados. ¿Quieren que la gente se vacune? Pues que la convenzan. Afirmar que los vacunados ostentan mucho mejores cifras de hospitalización y fallecimiento que los no vacunados, pero no publicar esas cifras, no puede hacer sino alimentar las sospechas. Lo increíble es que hayamos tenido que esperar hasta finales de noviembre para publicar las primeras cifras oficiales. Obviamente la información tiene que ser diaria, no vaya nadie a pensar que las cifras se publican intermitentemente y con cuentagotas -como hasta ahora- según convinieran o no convinieran. Dicho esto vayamos con ellas.

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Como puede apreciarse, las tasas de hospitalización y fallecimientos entre los no vacunados son mucho mayores que entre los vacunados, lo que avalaría la conveniencia de la vacuna al menos por el lado de la eficacia. Eficacia relativa, por supuesto, en la medida en que la vacuna ni evita el contagio ni proporciona la invulnerabilidad frente al COVID, sino que sólo mejora las posibilidades. El informe concluye que entre el 20 de septiembre y el 14 de noviembre de 2021, la incidencia en personas completamente vacunadas es muy inferior a la observada en no vacunadas y que la mayor diferencia se observa en personas de 60 a 80 años, con un riesgo de infección en personas vacunadas casi 8 veces menor, de hospitalización 18 veces menor y de fallecimiento 25 veces inferior respecto a las no vacunadas. En el grupo de 30 a 50 años, la incidencia es 2 veces inferior para cualquier tipo de infección y 10 veces inferior para hospitalización.

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Publicar los datos y que por supuesto sean ciertos es lo mínimo exigible para el gobierno, aunque se echan de menos algunos extremos como la contabilidad de los efectos secundarios o la explicación detallada de las operaciones estadísticas que conducen a las conclusiones del informe. Frente a este tipo de estadísticas cuya interpretación implica cierto grado de dificultad a menudo no bastan los datos, sino que hace falta una explicación adicional sobre la forma en que se obtienen los datos y deben ser interpretados.

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Hacer públicos los datos es un mínimo exigible pero no suficiente. En realidad hasta ahora mal se podían analizar o debatir los datos si no se conocían. Ahora habrá que digerirlos y asimilarlos para corroborarlos o cuestionarlos. En este sentido cabria indicar una triple exigencia de información, libertad y vigilancia.

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Información, para debatir y convencernos en vez de tratar de imponernos nada. Los españoles, sea cual sea su grado de confianza o desconfianza en las vacunas o en el gobierno, somos personas racionales y no ganado que el gobierno pueda pastorear a su antojo.

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Libertad. Un efecto secundario de la vacuna no puede ser la liquidación de los derechos fundamentales de una parte de la población, o la creación de españoles de primera y de segunda. Con más del 90% de la población vacunada y quedando tan sólo pendiente como un grupo significativo la vacunación de los niños, a los que afecta muy poco el coronavirus, obligar a vacunarse a los adultos que faltan no va a cambiar significativamente la evolución de la pandemia. Si no es posible la inmunidad de grupo con un 91% de vacunados, tampoco lo será con el 92% ni con el 94%. Aunque todo el mundo estuviera vacunado, por otro lado, tampoco desaparecería por completo la pandemia. En el punto de vacunación en el que estamos, aplastar la libertad de vacunación no sólo es un asunto difícilmente justificable desde el punto de vista moral o político, sino además ineficaz desde el punto de vista sanitario. No ya es que no veríamos una diferencia entre vacunar al 91% o al 99%, sino que a la vista de las restricciones que se nos anuncian estamos aún por ver si hay una diferencia sustancial entre tener vacunado al 91% o al 50% que había en julio.

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Vigilancia. Frente a quien sugiere o hasta exige confianza en el gobierno, parece más sana y racional una actitud de vigilancia, no sólo frente a este gobierno, que por supuesto, sino frente a cualquier gobierno. Si el gobierno todo lo hiciera mal o todo lo hiciera bien el asunto sería sencillo. Por otro lado, hemos visto cómo el gobierno primero desaconsejaba la mascarilla y luego la convertía en obligatoria, por poner sólo un ejemplo. O que primero decía que había que hacer vida normal después de haber estado con un contagiado para después imponer rastreos y cuarentenas severas, como parece mucho más lógico, por poner otro ejemplo. No podemos fiarnos ciegamente de lo que diga el gobierno, en lo que concierne a la pandemia ni en nada de lo demás. El gobierno está para informarnos y nosotros para vigilarlo. Y para tomar las más severas represalias legales y electorales si intenta engañarnos, no digamos en un asunto tan delicado para la salud, la economía y las libertades fundamentales del pueblo español.

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https://www.mscbs.gob.es/profesionales/saludPublica/ccayes/alertasActual/nCov/documentos/Actualizacion_509_COVID-19.pdf

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