La especulación puede ser malísima

La semana que hemos cerrado también ha tenido acontecimientos de interés para quienes tenemos interés en la kryptoeconomía. La segunda divisa digital descentralizada más valorada del mercado, el Ethereum, no solo podría alcanzar nuevos máximos, como el Bitcoin, sino que puede superarle, convirtiéndose en conjunto en el activo más valorado (actualmente tiene un valor superior a cuatro mil euros).

Al mismo tiempo, hablamos de una actividad financiera que no solo es rentable en un sentido moral, favorable a la libertad negativa de las personas. También tiene rentabilidad, permitiendo mejorar tu nivel de vida sin confiar en el fraudulento sistema bismarckiano de pensiones ni dejar todo al azar de baja probabilidad de las loterías y de las apuestas, estatales o no estatales.

Ahora bien, no pocos, por conocimiento insuficiente o a conciencia, consideran que estos medios digitales y descentralizados de cambio suponen una mera acción febril especulativa, que contribuye a la usura y a la avaricia, cuando en realidad, lo que critican tiene ventajas que ayudan a definir espontáneamente los precios, a valorar sectores y a evitar falta de liquidez y solvencia.

La discusión es frecuente, pero no voy a dedicar el artículo a aclarar en extensión por qué creo que se equivocan, sino a explicar qué es lo que no denuncian pese a ser realmente malo, perverso y destructivo para las familias, los individuos, las empresas y las comunidades (les guste o no reconocerlo a los de los políticamente correcto).

Hablaremos de políticas socialistas, basadas en el intervencionismo económico. Asimismo, tomaremos como referencia los hechos que apuntan determinadas acepciones del término, que no estarían necesariamente contrapuestas entre sí: conjetura de hechos y pretensión de obtener un provecho (obviamente, esto no es un hecho malo en sí).

Las subidas de impuestos

Dado que en no pocos Estados modernos no hay disposición alguna de revertir la tendencia expansiva, estranguladora y progresivamente problemática, es lógico que se piense en nuevas fórmulas de recaudación coactiva (los presupuestos de la mayoría de administraciones no tienen una tendencia negativa, decreciente).

En términos más sencillos, digamos que se trata esto del mero hecho de obligar a la gente a pagar impuestos, lo cual dista mucho de ser un precio abonado a cambio del disfrute de un servicio. De hecho, no es esa la estrategia que siguen los distintos responsables políticos de turno a la hora de fijar los distintos tipos de tributos.

Más bien, se puede decir que se está al corriente de cualquier actividad que pueda generar suficiente dinero o ser imposible de paralizar en coste de oportunidad. Por eso se grava casi todo: las ganancias de las loterías, la renta mensual, la compra de alimentos básicos, la obtención de un título oficial…

Y ese afán de recaudar y recaudar no busca ninguna mejora financiera que repercuta en mayor prosperidad, mayor poder adquisitivo y menor falta de liquidez. De hecho, sabiendo del trasfondo del Estado (necesario para la consecución del socialismo), podemos decir que encaja dentro del pecado capital de la avaricia.

Las actividades habituales de los bancos centrales

La banca central no solo disfruta con la represión financiera, sino que, manteniendo ciertas políticas keynesianas así como un fraudulento sistema de reserva fraccionaria, está dando lugar a que su dinero fiduciario o fiat money tenga mucho menos valor (y ojo, que esto no solo ocurre en Argentina, Cuba y Venezuela).

Con la intención de intentar dar soporte a las distintas modalidades de socialismo, incurre en una serie de medidas que se basan en la constante bajada de tipos de interés y expansión de crédito que roza la artificialidad. Como consecuencia, disparan cada vez más la inflación, lo cual ayuda también al encarecimiento de los suministros y a la pérdida de poder adquisitivo.

Esta actividad también tiene una dinámica febril y permanente, sin signos de reversión o corrección. Se hacen conjeturas basadas en la falacia que, a corto plazo, pueden ser sibilinas, para acabar, finalmente, siendo estrictamente letales para la economía y para la sociedad. Además, conviene indicar que la inflación es otro impuesto encubierto, que no ayuda a reducir el endeudicidio.

La espontaneidad no es mala, la planificación sí

Dicho esto, conviene que a la hora de criticar la especulación, entendamos bien lo que queramos y debamos criticar. Quiero decir con esto que el problema no es conjeturar y suponer beneficios, sino de qué manera y en qué concepto se llevan a cabo estas acciones. Y sí, qué casualidad que lo malo se relacione con lo que hace del socialismo algo inmoral, ilegítimo y perverso…

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