La lección práctica de la actual crisis global de suministros

Llevamos prácticamente todo el otoño leyendo y escuchando noticias sobre una crisis «algo generalizada» en el transporte de suministros así como en la obtención de materias primas a un nivel cuasi global. Sí, al mismo tiempo que se aprovechó para desatar histeria pro-eurocracia en Reino Unido ante lo que fue consecuencia de la regulación de precios de los combustibles.

Estos sucesos se habrían visto precedidos tanto por la obstrucción circulatoria de la pasada primavera en el Canal de Suez como por la llamada «crisis de los semiconductores» (componentes esenciales de los dispositivos electrónicos que utilizamos) que se fue agudizando a lo largo del pasado año 2020 (cuyo principal foco estaba en China, pero también en Taiwán).

Vemos cómo se están emitiendo ciertas alarmas sobre una posible alteración económica de carácter negativo en temporadas de elevado consumo a nivel global que prácticamente están a la vuelta de la esquina, tales como el llamado Black Friday y la temporada navideña. Pero según estas emisiones, no se trataría de un problema exclusivo de países subdesarrollados.

Del mismo modo, algunos están viendo una oportunidad dorada para decorar aquello que han fomentado con sus políticas financieras de expansión artificial de crédito y elevados niveles de gasto y de endeudamiento: episodios de inflación monetaria acentuada (tengamos en cuenta por qué el Bitcoin ha alcanzado un máximo muy importante esta semana).

Ante ello, más que hacer una exposición analítica de datos macroeconómicos, creo que me voy a permitir compartir una reflexión sobre lo que se debe de evitar en materia de política económica, por así decirlo, para intentar tomar conciencia sobre lo que puede, si no causar, pues mantener o agravar este tipo de situaciones.

¿Operación globalista controlada?

Es cierto que el Foro Económico Mundial está trabajando en una estrategia de ciberseguridad denominada Cyber Polygon que tiene la apariencia de un simulacro de riesgos, pero que viniendo de donde viene y leyendo la retórica explicativa que se puede leer, tiene una índole bastante sugestiva. Sí, porque viene de los mismos que promueven el Gran Reseteo.

Nadie niega que se busque generar histeria ya sea para ocultar la tendencia inflacionista o explorar nuevas fórmulas de planificación centralizada que vayan más allá de las excusas ecologistas, animalistas y sanitarias (ya saben que el socialismo en sí siempre viene precedido de situaciones a considerar como caóticas). Tengamos en cuenta que se habla el reciente aviso del Ministerio de Defensa austriaco.

En cualquier caso, lo que sí se puede aseverar es que las élites globalistas pretenden armonizar a la máxima potencia el control económico, político y social, por medio de un Estado Único Global. Del mismo modo, aprovecharán la digitalización para intentar cercenar la libertad de ahorro e inversión así como para tratar de invadir nuestra privacidad y otras libertades concretas.

Tenemos un problema de insuficiencia de libertad comercial

Es cierto que en estas décadas, la globalización ha avanzado, de modo que se han provocado más salidas de la pobreza a grandes rasgos. Al mismo tiempo, de acuerdo con el Índice de Libertad Económica que anualmente elabora el think tank norteamericano The Heritage Foundation, la puntuación en materia de libertad comercial (trade freedom) supera al nivel de 2015 en más de 10 puntos.

No obstante, es cierto que existe un notable proteccionismo, no necesariamente perpetrado por Estados-nación por medio de aranceles et al. Una de las pruebas más claras de ello está en la Unión Europea de Repúblicas Socialistas Soviéticas (por cosas como la Política Agraria Común), sin olvidar, bajo ningún concepto, que los tratados bilaterales no buscan simplificar sino armonizar.

El globalismo o mundialismo no quiere que sea más fácil el mero hecho de intercambiar algo entre dos personas de distintos puntos del planeta. Básicamente pretende ampliar el ámbito de control político y, si acaso, favorecer intereses de entes empresariales que se preocupan más de la prebenda política que de resolver intereses sociales espontáneamente, por medio del mercado.

De hecho, algunos partidos de derecha alternativa yerran cuando creen que el problema es reducir el ámbito de expansión del mal, ya que se trata de que el problema no exista. Y no, por supuesto que nadie esté diciendo que no importe el «producto nacional» (de hecho, uno puso en valor la importancia de todos los eslabones de la cadena de distribución durante los primeros meses del Estado de Alarma).

Tampoco se es consciente de que las medidas de «promoción del producto nacional frente a la competencia desleal» pueden jugar en nuestra contra. Por ejemplo, no creo que a nadie le disguste que el jamón español tenga mucha demanda en China o que la mayoría de productos vinícolas con relevancia en Europa sean españoles (más o menos diríamos lo mismo del tomate).

De hecho, lo que habría que tener en cuenta son dos variables, totalmente complementarias: la importancia de dar todo el margen posible de libertad a los emprendedores de nuestro país para desarrollar proyectos, para innovar y aprovechar materias primas, pero también abrir la puerta ya que habrá países que tengan aquello en lo que no podamos ser pioneros.

Con lo cual, para finalizar, habría que tener en cuenta que es peligroso, por así decirlo, demostrar escepticismo hacia palabras como deslocalización, regulación, descentralización y liberalización. No busca uno que todo acabe en China, sino que haya, de manera espontáneamente ordenada, muchos oferentes y demandantes.

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