Un posible paso más en la kale borroka: le disparan con perdigones a un vigilante de la zona azul en la Chantrea

En fechas recientes la Chantrea ha vivido diversos sabotajes contra la zona azul que ha establecido el Ayuntamiento de Pamplona en el barrio. Dichos sabotajes persistentes en el tiempo, cuyo coste ya alcanza 90.000 euros a costa de los bolsillos de todos los pamploneses, dieron acaso lugar ayer a un paso más allá en la escalada de violencia al resultar herido un vigilante de la zona azul por el disparo de un perdigón. Presuntamente, porque en los tiempos de locura que corren conviene esperar a que se esclarezca por completo la cuestión.

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La policía investiga el suceso y, aunque resultaría apresurado dar por hecha la vinculación entre las protestas previas y el disparo al vigilante, lo cierto es que parecería el resultado de una escalada lógica, fruto del calentamiento deliberado del debate, del ambiente generado y de los sabotajes previos, sobre la cabeza de algún sujeto particularmente inmaduro, bruto o perturbado.

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Contrasta en todo caso lo que está sucediendo en la Chantrea con lo que sucedió en Pío XII durante el asironato, cuando Bildu decidió ponerlo patas arriba. Por supuesto Asirón no hizo un referéndum como ahora exige para la zona azul de la Chantrea, ni escuchó las protestas de los vecinos, pero nadie uso la violencia contra los bienes o las personas por rechazar aquello. ¿Quiénes son entonces, si los juzgamos por sus actos, la gente peligrosa y los del discurso del odio?

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La cuestión, caso de confirmarse una conexión entre el perdigonazo y el rechazo a la zona azul, sería entonces cuál es el discurso del odio que ha desembocado en esta agresión, así como en todos los sabotajes anteriores. O sea, no vamos a hablar de los odiadores, del discurso del odio y de los responsables políticos de ese discurso previo a la agresión en todos los casos menos en este, en el que ya habría -esperemos acontecimientos- hasta un herido por perdigón.

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Lo cierto es que, saliendo de la Chantrea, esperando que se termine de aclarar el caso y hablando ya más en general, parece como que por primera vez estamos descubriendo que las palabras tienen efectos. Que las palabras por tanto no son por completo inocentes. Que las palabras tienen valor y poder. En los últimos tiempos esto se está llevando a un extremo que no está claro si tiene como fin evitar ciertas violencias o, por el contrario, prohibir con la excusa de luchar contra esas violencias cualquier palabra que no sea la del discurso dominante. El problema es que, detrás de una gran parte de la violencia que se produce, las palabras que se encuentran son precisamente las del actual discurso dominante. De cada acción violenta preguntémonos por el posible discurso que lo origina y quién lo pronuncia. Si ante cada acción violenta nos empezamos a preguntar cuál es el discurso de odio que se encuentra tras ella, a lo mejor tenemos que escandalizarnos con los escandalizados. Por no hablar de toda la violencia que ha sufrido esta tierra hasta hace tan sólo unos años, hija ya sabemos de qué discurso.

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Está muy bien eso de medir las palabras y perseguir los discursos del odio, pero entonces vamos a perseguirlos todos. Y quitemos la careta a los que dicen perseguir los discursos del odio cuando el peor discurso del odio es el suyo. La pregunta clave para construir la escala de partidos que más practican el discurso del odio sería: ¿defendiendo públicamente qué ideas es más probable en este país que te puedan partir la cara al salir a la calle? ¿Qué símbolos o qué banderas te pueden hacer más probablemente blanco de una agresión? Si es a la gente que no está de acuerdo contigo a la que mayoritariamente le pegan o le tiran ladrillos, a lo mejor el odiador eres tú.  

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