Una vez más entre todas las cosas que suceden cada día en este país puede pasar fácilmente desapercibida, o resultar sepultada por cuestiones mayores, una noticia como que Pablo Iglesias ha fichado como articulista nada menos que por el diario Gara, ese faro histórico de la tolerancia, la paz, el respeto, la moderación y la libertad.

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La verdad es que el fichaje de Iglesias por el Gara no puede sorprender a nadie en absoluto. Por el contrario, cuando Iglesias apareció en el panorama político uno de los primeros vídeos de su hemeroteca que llamó la atención fue el de su presencia dando una charla en una herriko taberna de Pamplona. Para empezar, Iglesias aterrizó en la herriko invitado por Alberto Pradilla, un periodista de Gara. Pero conviene recordar en un día como hoy, retrospectivamente, aquella intervención de Iglesias para terminar de entender su fichaje ahora por Gara.

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Para empezar, que alguien pueda entrar tranquilamente en una herriko taberna sin que le insulten o le agredan sólo se explica cuando el que entra lo hace como amigo. Y todos sabemos que para ser amigo de la gente de una herriko taberna es preciso pensar lo mismo que ellos. También por supuesto tener los mismos enemigos.

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Desde luego Iglesias no llegó a la herriko taberna para llamar asesinos a los miembros de ETA, o para denunciar el doble juego de la izquierda abertzale, formando por un lado diputados y concejales, para mandarlos a las instituciones, y formando por otro lado pistoleros, para matar a los que llevaban la contraria a sus enviados a las instituciones. Lejos de eso, Iglesias acudió a la herriko taberna a afirmar que la transición había sido un espejismo lampedusiano, que en España había una falsa democracia (de la que él ha llegado a ser vicepresidente), que antes y después de la transición había el mismo régimen fascista. No lo dijo expresamente, pero se deducía que la violencia de ETA se legitimaba como una lucha contra el fascismo. Como si no hubiera una democracia, o como si luchar contra el fascismo automáticamente otorgara la calidad de demócrata. Es decir, los nazis y los comunistas se mataban entre sí sin luchar por la democracia ninguno, igual que ETA luchaba contra Franco pero no por la libertad, sino para implantar su propio régimen de terror.

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Resultaría cansino recordar todo lo que dijo Iglesias en aquella charla, afirmando que el “régimen del 78” era el mismo franquismo anterior al 78, como si el estado autonómico, la Generalidad, el gobierno vasco, el cupo vasco, el sufragio universal o la aconfesionalidad del estado hubieran sido imposiciones de los mandos franquistas, estableciendo un marco legal a su medida. En realidad era todo tan contradictorio en aquella charla que lo mismo  el golpe de estado fallido de Tejero había sido un intento de recuperar el franquismo y al mismo tiempo el régimen contra el que daba el golpe de estado era franquista. Pero para triunfar ante el público de una herriko taberna seguramente tampoco hace falta decir cosas lógicas y coherentes, sino repetir el tipo de melonadas que los oyentes ya tienen en la cabeza y esperan reafirmar escuchando a ponentes como Iglesias. La tranquilidad con la que Iglesias hablaba en la herriko, por lo demás, contrastaba con la forma en la que el propio Iglesias dirigía los boicots a los que intentaban pronunciar una charla en la Complutense, diciendo cosas que no le gustaban a Iglesias. El flechazo entre los comunistas de Pablo Iglesias y los comunistas de Batasuna no precisaba de un Cupido particularmente diestro con el arco.

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Como colofón a todo lo dicho, cabe recordar unas palabras de Iglesias particularmente significativas en aquella herriko kaberna. El que posteriormente llegó a ser vicepresidente del Gobierno de España dijo, dirigiéndose a todos aquellos separatistas ante los que se encontraba, que “cuando finalmente os vayáis y decidáis como pueblo, os echaremos mucho de menos y lo que sí nos gustaría es que dejarais a Pradilla como cónsul o embajador de algo”. Es decir, este sujeto daba por hecho la independencia de Euskadi, daba por hecho que Navarra formaría parte de ese estado independiente, daba por hecho que la mayoría en Navarra y la CAV apoyarían la anexión y la independencia, y él estaba encantado con esa anexión, con esa independencia y con que sus colegas de la herriko se convirtieran en embajadores de un país extranjero. Insistamos en ello: este tipo ha sido vicepresidente del Gobierno de España. El partido de este tipo está en el gobierno.

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Lo raro por tanto no es que Pablo Iglesias esté en el Gara o el Ara, eso es lo normal y lo que le ajusta como un guante a sus ideas y a sus odios, lo raro es que este tipo y su gente estén sentados en el Consejo de Ministros. Los que están gobernando ahora este país y los que quieren destruirlo son los mismos. Afortunadamente destruir un país no es tan fácil como parece, pero que a nadie le extrañe que con este gobierno de personajes que llegan como amigos y entre aplausos a las herriko tabernas vayamos al enfrentamiento, al empobrecimiento y al autoritarismo.

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Comentarios (1)
  1. Alambique says:

    Parece mentira. ¡Qué planteamiento tan simple y falso! Mis antepasados carlistas no lucharon por la democracia, que ya estaba hecha añicos por las izquierdas. Y mira tú por dónde, no fueron nazis. Lucharon por la defensa de la unidad española y de su fe. Se obtuvo la victoria gracias a Franco, quien instauró un régimen autoritario que suavizó con el paso del tiempo.

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