Quienes no empiecen a tener ya una edad, el resto puede que tampoco, quizá no recuerden quién era (es) Pilar Manjón. Cuando sucedieron los atentados del 11M en Madrid, el año 2004, Pilar Manjón se convirtió en la voz de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo. Manjón, que perdió un hijo el 11M, fue una voz extremadamente crítica con el PP y con el gobierno de José María Aznar, al que responsabilizaba políticamente del atentado. Durante mucho tiempo Pilar Manjón tuvo una importante presencia en los medios convertida en azote del gobierno popular.

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Este recordatorio de la figura de Pilar Manjón viene a cuento de la noticia de que a la madre de uno de los marines muertos recientemente en el atentado talibán contra el aeropuerto de Kabul le han suspendido la cuenta de Instagram, por publicar un mensaje responsabilizando políticamente a Biden. Instagram es una red propiedad a su vez de Facebook, empresa que tiene censurado a perpetuidad a Donald Trump, por ejemplo.

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Al empezar a viralizarse la noticia y convertirse en un escándalo, Facebook ha decidido devolverle la cuenta a la madre del Marine asesinado, pero una vez más asistimos a la normalización masiva de la censura en las redes sociales por parte de las dos o tres empresas que las controlan todas, naturalmente siempre desde un sesgo pronunciadamente izquierdista.

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Imaginemos que Instagram o Twitter hubieran existido en 2004 y se les hubiera ocurrido cerrar la cuenta de Pilar Manjón por sus críticas al gobierno del PP. Lo que ha sucedido con la madre del marine es más o menos lo mismo.

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Lo que podemos deducir de todo esto y muchas más noticias similares que se van acumulando de cuentas censuradas, para empezar, es que la censura en las redes sociales es un hecho no sólo evidente sino frecuente. También podemos deducir que si la madre de un marine muerto responsabiliza a un presidente de la muerte de su hijo las posibilidades de que sea censurada son infinitamente mayores si se trata de un presidente demócrata que de uno republicano. Finalmente, verificamos que venimos de una época en la que estas formas de censura resultaban impensables, por lo que directamente era imposible que sucedieran. Ahora estamos en una fase en la que estos actos de censura son concebibles y se llevan a cabo, aunque en algunos casos como el presente y por el revuelo que se produce al final se levanta la censura. Probablemente los casos que se convierten en escándalo y desembocan en una restitución de la cuenta y la libertad de expresión son una pequeñísima fracción de todas las censuras cotidianas que van pasando desapercibidas. Es como si fueran probando con estas acciones hasta dónde pueden llevar en cada momento los límites de la represión a la libertad de expresión. La temible conclusión es que nos encaminamos a una tercera etapa en la que la censura no sólo se haya impuesto como una nueva normalidad, sino que la mayoría creada a partir de esa censura aplauda la censura sistemática de la minoría. Eso si para ese momento no nos parecemos ya tanto a China que carezca de sentido hablar de mayorías y minorías.

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