Entre las permanentes y numerosas enormidades con que nos entretiene la actualidad es fácil que haya pasado bastante desapercibida la noticia de que a Josu Ternera, el histórico jefe de la banda asesina, le van a quitar la pulsera telemática en virtud de la cual se le había concedido un caritativo arresto domiciliario.
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La retirada de la pulsera parece que le ha permitido al histórico criminal abandonar su domicilio en París y trasladarse a la localidad también francesa de Anglet, próxima a Biarritz y muy cercana a la frontera. Las asociaciones de víctimas, en consecuencia, vuelven a poner el grito en el cielo ante la posibilidad de una huida o en general ante la imposibilidad de que por una cosa o por otra este sanguinario terrorista termine de responder  por sus actos ante la justicia y la sociedad.

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El hecho es que este capo de la ETA lleva más de 13 años burlando de un modo u otro a la justicia. O no se le juzga, o se le juzga pero no cumple con rigor las condenas. En el trasfondo de esta impunidad tenemos las permanentes negociaciones con ETA, que convertían a Ternera en un interlocutor que no interesaba eliminar del tablero, y el cáncer en virtud del cual la impunidad de Ternera era presentada siempre como una especie de gesto humanitario. Lo cierto es que repasando la hemeroteca se puede comprobar que ya en 2008, como para justificar que tampoco se persiguiera con demasiado ahínco a Ternera, se nos decía que sólo le quedaba un año de vida. De eso hace ya 13 años.
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Hipotéticamente sería posible que ahora el cáncer fuera a acabar con Ternera, pero está claro que nos llevan mintiendo más de una década con la enfermedad o el pronóstico de Ternera, ¿por qué habría que creerles ahora? El hecho es que el cáncer ha servido todo este tiempo para otorgar a Ternera una impunidad de hecho por sus crímenes y para cubrir esa impunidad bajo una falsa capa de humanitarismo. Todo lo humano que se ha sido con Ternera es proporcional a lo inhumano que se ha sido con sus víctimas. Por supuesto lo que lleva pasando hace más de una década con Ternera resulta inexplicable con el consiguiente politiqueo y sin la complicidad de los sucesivos gobiernos, tanto en Francia como en España. El día que muera ya no se podrán pedir cuentas a Ternera, pero parece que antes tampoco. La única diferencia es que cuando muera, mañana o dentro de 20 años, al menos los que le tendrían que perseguir ya no tendrán que disimular. Aunque tampoco parece que tener que hacer como que le persiguen o que se preocupan por la resolución de sus crímenes y por sus víctimas sea una carga opresiva. La impunidad de Ternera lleva más de 13 años saliendo barata en términos de precio político.
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