El absurdo de la esclavitud voluntaria

Debate aburrido, innecesario, cansado, idealista… son algunos de los calificativos que se suelen utilizar cuando se nombra el debate sobre la posibilidad de la esclavitud voluntaria. Incluso entre los seguidores de la Escuela Austriaca, no observamos una posición común al respecto. Walter Block, por ejemplo, defenderá que la esclavitud voluntaria es posible, mientras que Murray Rothbard o Hans-Hermann Hoppe defenderán su imposibilidad. Pero defender la esclavitud voluntaria supone caer en una contradicción lógica.

Primero debemos tratar la ética argumentativa desarrollada por el profesor Hoppe. Cuando dos individuos se disponen a argumentar, por ejemplo, sobre cuál es el sistema ético que deberían seguir en una comunidad, hay elementos a priori que tácitamente ambos aceptan: según Hoppe, el más importante de ellos, que ambos tienen propiedad sobre sus cuerpos y lo utilizan como herramienta para debatir. Francisco Capella y otros estudiosos cercanos a los postulados de la Escuela Austriaca argumentan que, realmente, la ética argumentativa sólo demuestra posesión (capacidad de control) y no propiedad.

Como sabemos, la propiedad sobre un elemento conlleva necesariamente la capacidad de exclusión del uso de este. Es aquí donde el argumento de Capella cae. O bien la posesión sobre el cuerpo que demuestra la ética argumentativa conlleva posibilidad de exclusión, en cuyo caso es idéntico a una propiedad, o bien no conlleva posibilidad de exclusión, en cuyo caso el hablante cae en contradicción performativa, pues al razonar y enunciar dicho argumento excluye a otros del uso de su cuerpo, lo que demostraría de nuevo la capacidad de exclusión. Así que los Austriacos a favor de la esclavitud voluntaria deberían tratar de desmontar aquellos elementos que le dan coherencia a la ética argumentativa. De vital importancia son los dos que trataré en este artículo: la existencia de elementos a priori en el individuo y el a priori de la argumentación.

Pero la propia Escuela Austriaca reconoce la existencia de elementos a priori en el individuo. Incluso otros filósofos como Kant han teorizado sobre estos elementos, llegando a la conclusión de que deberían ser categorías que estructuran la mente del individuo y lo que a través de la experiencia aprende, para darle capacidad de razonamiento. Así que aquellos que estén a favor de la esclavitud voluntaria quizá deberían escribir una lista sobre que elementos del individuo si son a priori y que elementos no, lista con seguridad arbitraria que quizá (y solo quizá) podría ir en contra del propio axioma de la acción humana.

Por otro lado, el apriorismo de la argumentación, si bien analiza el proceso por el que se argumenta (y no lo que se argumenta en sí) también comienza desde el análisis misesiano de la acción humana: que todo individuo, dado que los recursos son escasos, actúa para alcanzar un estado de satisfacción mayor que el que actualmente disfruta. Ahí es donde nace la ética argumentativa de Hoppe, en un intento pacífico de solucionar conflictos sobre los recursos demostrando a priori la existencia de propiedad. De nuevo, los partidarios de la esclavitud voluntaria deberían cargar contra las bases lógicas de la argumentación (incluso contra el axioma de la acción humana) si quieren defender la existencia de la esclavitud voluntaria.

La esclavitud voluntaria se vuelve aún más inconsistente cuando se pretende argumentar que este contrato podría nacer de forma natural y tendría posibilidad de ser finiquitado. Si un determinado individuo se vuelve esclavo de otro, y en un cierto tiempo cambia de opinión y quiere dar fin a ese contrato establecido, ¿podría el esclavista agredir al antes esclavo por pretender acabar con ese contrato, sin ni siquiera aceptar un proceso de diálogo? La respuesta es no: ante un delito se debe reaccionar con proporcionalidad. Romper un contrato de cualquier naturaleza no debería acarrear la agresión física de una de las partes aún cuando haya sido un contrato de esclavitud (a no ser que así se haya establecido en la firma del contrato, como es evidente). La cuestión no es si en este momento acepto la agresión de mi esclavista, sino que al aceptar dicha agresión de ahora en adelante anulo cualquier existencia de propiedad sobre mi cuerpo, lo cuál (de nuevo) nos llevaría a tener que desmontar la ética argumentativa Hoppeana.

Para terminar, también es destacable que, como mencionaba David Gordon «you can only give away your property, not yourself». En un supuesto contrato de esclavitud voluntaria, puesto que la voluntad es inalienable, realmente se están produciendo cientos de contratos en los que la voluntad del esclavo acepta (por su propia voluntad) los deseos de su amo, pero sigue teniendo sus propios intereses y motivaciones que acalla para cumplir la voluntad de aquel que le tiene esclavizado.

Defender la esclavitud voluntaria es caer en una contradicción lógica en cualquiera de los casos. Como me manifestó el profesor Hoppe un correo, «Rothbard ist right, Block is wrong«.

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