La situación mejora por momentos. ¿Puede volver a empeorar? No lo sabemos, pero sabemos que cualquiera que sea el criterio que llevemos usando desde el comienzo de la pandemia para evaluar la situación las cosas van mucho mejor. La diferencia parece que la están marcando las vacunas, obviamente, por lo que ya se vislumbra un nuevo horizonte con menores restricciones, reapertura de fronteras y un regreso a la movilidad no sólo nacional, sino también internacional. Esta reapertura mundial, sin embargo, abre un interesante debate sobre los pasaportes inmunitarios y la obligatoriedad de las vacunas. O debería abrirlo, porque da la impresión de que se está hurtando ese debate para pasar directamente a la imposición de las vacunas y el establecimiento de toda una batería de restricciones y represalias contra quien no se quiera vacunar. Obviamente nadie cuestiona que se vacune quien sí quiera. El debate es si debe ser obligado a vacunarse quien no quiera, o tenga sus dudas, o quiera esperar más tiempo a ver qué sucede. ¿Dónde queda en este asunto la libertad individual?

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Por tratar de bajar el debate al terreno de las cifras, que por otra parte es la clave fundamental, si analizamos las cifras de fallecimientos por edades nos encontramos con que en España, en toda la pandemia, con alrededor de 100.000 muertos, tenemos sólo unos 1.500 muertos de menos de 50 años. Si tomamos en cuenta sólo los menores de 40 años, en toda la pandemia sólo ha habido unos 400 muertos. Es probable que muchos de ellos tuvieran condicionantes o problemas de salud previos conocidos o desconocidos. La gripe en un año normal dejaba en España entre 5.000 y 15.000 muertos. Y no era obligatoria la vacuna.

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Resulta interesante plantear el debate ahora porque el factor clave de la mortalidad en esta pandemia es la edad. Pero ahora esto está dejando de ser así. En breve tendremos vacunadas a casi el 100% de las personas mayores de 50 años y alrededor de este punto a lo mejor tiene sentido comenzar a sopesar con más detenimiento los pros y los contras de la vacunación.

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A nadie se le escapa que uno de los factores claves de la vacunación ha sido la rapidez. Por un lado eso forma parte del éxito de la respuesta de la humanidad a la pandemia, porque teníamos el planeta medio paralizado y a los mayores muriendo de manera dramática, pero por otro lado implica haber acelerado el desarrollo de las vacunas de una forma que no se puede ignorar. Nunca se han administrado vacunas masivamente a la población a esta velocidad. Hace tan sólo un año nos decían que sería imposible desarrollar una vacuna con seguridad en menos de 18 meses. 6 meses después ya se estaba vacunando masivamente en EEUU, Gran Bretaña o Israel. Seguramente la emergencia de la situación exigía asumir algunos riesgos porque el riesgo de no asumir ningún riesgo implicaba paralizar la economía, saturar los hospitales y masacrar a la población de más edad. Cuando un medicamento no se encuentra todavía autorizado se contempla el uso de emergencia o el uso compasivo sobre ciertos pacientes y bajo ciertas condiciones. De algún modo la humanidad entera ha sido ese paciente durante esta pandemia. La pregunta es si una vez vacunada la población de mayor riesgo tiene sentido mantener la urgencia e incluso obligar universalmente a la vacunación.

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Todos estamos siendo testigos del propio desconcierto gubernamental, de sus comités de expertos y de las organizaciones internacionales de la salud. Que si había que imponer cuarentenas, que si no; que si había que usar mascarilla, que si no; que si el virus se transmitía por aerosoles, que si no; que si Astra Zeneca era totalmente fiable, que si no; que si se pueden mezclar vacunas, que si no. ¿Cómo confiar ciegamente en la autoridad? ¿En qué momento? ¿En el momento en que la autoridad decía blanco o cuando empezó a decir negro también?

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Hasta cierto punto que haya gente que no se quiera vacunar, en un momento de escasez de vacunas, es hasta una bendición para los que se quieren vacunar. Nos dirigimos hacia un punto en el que todo el que quiera ya se habrá vacunado. Por lo demás van a proliferar todo tipo de test cada vez más baratos, sencillos y fiables para poder identificar a un contagiado esté vacunado o no. Tampoco está claro aún si los vacunados pueden o no pueden contagiar. ¿Qué necesidad hay entonces de obligar a vacunarse al que no quiere? Incluso desde un punto de vista prudencial convendría dejar a cierto número de personas sin vacunar, por si todos los vacunados se convierten en zombis mutantes y hace falta repoblar la humanidad.

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Obligar a todo el mundo a vacunarse podría ser un poco como obligar a todo el mundo a quitarse la mascarilla. ¿Todo el mundo tiene que tener exactamente el mismo nivel de osadía o de reparo en un sentido o en otro? ¿Tiene que marcar universalmente ese nivel o ese momento el gobierno, que es el que más se ha equivocado de todos? Alternativamente, habrá que ir dejando a la gente que decida si se quita la mascarilla o no, o si se vacuna o no. Resulta preciso que recordemos que ya éramos enfermables y mortales antes de la pandemia. No va a haber por tanto ni una nueva inmortalidad ni una vieja inmortalidad a la que regresar. Una vez detenida la sangría de los mayores, los que no se vacunen irán viendo lo bien o lo mal que les va yendo a los que se vacunan. Los más temorosos seguirán con la mascarilla puesta hasta ver cómo les va a los más osados que primero se la quiten. Así volveremos a la normalidad, sin perder la libertad.

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