Una historia de dos países

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la libertad, y también de la tiranía; la época de la tranquilidad y de la incertidumbre; la era de la democracia y del populismo; el final del autoritarismo y la llegada del comunismo.

Todo lo habíamos conseguido, pero no nada nos iba a quedar; iniciaba nuestra libertad y nos aislábamos de nuestra región, que iba por el camino opuesto. En una palabra, esta época es tan parecida a la antigua, que nuestras nuevas autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

En la presidencia de Ecuador había un estadista de tendencia liberal en su política y un hombre católico y de familia en su vida personal; a los gobiernos de Colombia, Perú y Chile se acercaban comunistas declarados y progresistas militantes.

En estos países nada era claro, incluso si para quienes vivieran perennemente de Estado, las cosas, en general, estaban aseguradas con o sin cambios en su ideología.

Era el año de Nuestro Señor, dos mil veinte y uno. En período tan favorecido como aquél, habían sido concedidos a Ecuador los cambios políticos.

Recientemente el señor Lasso había asumido el mando del gobierno de su país en crisis, que fue anunciado con la antelación debida por el Consejo Nacional Electoral, pronosticando que se harían cambios en las principales leyes y políticas públicas de su patria.

Incluso el dictador del Palacio de Carondelet había sido definitivamente desterrado, después de rondar por el mundo por espacio de diez años y de revelar sus mensajes a los ciudadanos de la misma forma que los tiranos del siglo anterior, que acusaron una pobreza extraordinaria de alma al revelar los suyos.

Los únicos mensajes de orden e importancia que recibieron el Estado y el pueblo ecuatorianos, procedían de un congreso de ciudadanos residentes en todo el territorio, mensajes que, por raro que parezca, han resultado de mayor importancia para la nación que cuantos se recibieran por la mediación de cualquiera de los súbditos del el dictador de Carondelet.

Los otros países de la región, menos favorecidos en asuntos de orden político que su hermana, la del tricolor y del cóndor, rodaba con extraordinaria suavidad pendiente abajo, fabricando crisis y llevando a personajes de riesgo al poder.

Bajo la dirección de sus activistas y militantes entrenados, se entretenían, además, con distracciones tan inútiles como armar protestas innecesarias, quemar calles, negocios e infraestructura, o hacer bailes feministas contra el patriarcado y por el aborto, todo para dar la debida vergüenza en una procesión de ridiculeces que no acababa cuando comenzaba la siguiente.

Es muy probable que cuando aquellos infelices sean llevados al suplicio electoral, el Destino hubiera marcado ya, en los pueblos de Colombia, Perú y Chile, los triste futuros que la izquierda habría de convertir en añicos para construir aquella plataforma de poder, provista de sus fanáticos y de su monopolio de la violencia, que tan terrible fama había de alcanzar en la Historia.

Es también, muy posible que entre las hordas de manifestantes y votantes, algunas personas lucidas de las tierras inmediatas a Bogotá, Lima o Santiago, estuvieran aquel día, resguardadas de los próximos malos tiempos, abandonando groseras carteras de Estado, llenas de fango, husmeadas por los cerdos y sirviendo de percha a las aves de rapiña, que la mortal izquierda habría elegido ya para que fueran las carretas de la Revolución.

Bien es verdad que si el conservador y el tradicionalista trabajaban incesantemente, su labor era silenciosa y ningún oído humano percibía sus quedos pasos, tanto más cuanto que abrigar el temor de que aquellos estuvieran despiertos, habría equivalido a confesarse creyente y traidor.

Apenas si había en Ecuador un átomo de orden y de protección que justificara la jactancia nacional. La misma capital era, por las noches, teatro de robos a mano armada y de osados crímenes.

Públicamente se avisaba a las gentes que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mascarillas en sus rostros, diciendo que así estarías seguros contra una enfermedad invisible.

El que por la noche ejercía de bandolero, actuaba de día de honrado legislador en la Asamblea, y si alguna vez era reconocido por uno de los contribuyentes a quienes asaltaba en su carácter de autoridad, le aplicaba atrevidamente todo el peso de la ley para huir luego; las libertades civiles y políticas fueron atacada por algunos partidos, de los cuales casi todos lograron sobrevivir, aunque sacrificaron algunos de sus líderes y de sus nombres, a consecuencia de haber fallado sus estratagemas, y así la patria pudo ser robada tranquilamente; el magnífico nuevo presidente fue atracado en el Estadio Atahualpa hace unos años por unos delincuentes que buscaron despojar al ilustre prócer y a su señora esposa de sus vidas mismas.

En las cárceles del Ecuador, hace poco también, se habían librado fieras batallas entre los mismos presos y entre estos sus carceleros y el imperio de la Ley no lograba detenerlos convenientemente. Los ladrones arrebataban la dignidad de la labor de los nobles profesores en los mismos salones de las universidades; los periodistas penetraron en la burocracia en busca de casos de corrupción, pero la multitud hizo fuego contra los informantes, los cuales replicaron del mismo modo contra el populacho, sin que a nadie se le ocurriese pensar que semejante suceso no era uno de los más corrientes y triviales.

A todo esto los jueces estaban siempre ocupadísimos, aunque sin ninguna utilidad. Tan pronto dejaba presos grandes bloques de criminales, como se encerraba un día a un funcionario corrupto que días antes había sido sorprendido en sendas tramas con grandes coimas, o bien huía a Miami a la mañana siguiente, o centenares de activistas en redes sociales defendían a un desgraciado ratero que quitó millones a los más pobres de la patria.

Todas estas cosas y otras mil por el estilo ocurrían en el bendito año de dos mil veinte y uno.

Rodeados por ellas, mientras el conservador y el tradicionalista proseguían su lenta labor, los personajes de reciente elección y sus seguidores, algunos cultos, otros ignorantes, vivían complacidos y llevaban a punta de comentario sus democráticos derechos.

Así el año dos mil veinte y uno conducía a sus grandezas y a las miríadas de insignificantes seres, entre los cuales se hallan los que han de figurar en esta crónica, a lo largo de los caminos que se abrían ante sus pasos.

(Adaptado del Capítulo Primero de A Tale of Two Cities, de Charles Dickens)

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