Colombia y la dictadura izquierdista global

Arde Colombia. Desde hace más de dos semanas Colombia se encuentra sumida en la violencia y el caos. Las protestas contra el gobierno se suceden y los muertos se cuentan por docenas. El gobierno colombiano no parece capaz de controlar la situación ni de imponerse política o policialmente sobre los descontentos. Ha vuelto a pasar. Cada vez son menos los países en los que si no gobierna la izquierda puede haber paz.

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Las comparaciones con Chile, por ejemplo, resultan inevitables. Ivan Duque, el presidente colombiano, procede del uribismo. No es un izquierdista, para decirlo pronto y mal. Colombia se convierte por tanto en otro país más en el que al no gobernar la izquierda desaparece la paz social. No nos encontramos ante un fenómeno periférico, lo hemos visto en Francia con los chalecos amarillos o en los EEUU con la violencia contra Trump desarrollada a partir del Black Lives Matter. A cierto nivel se ha paladeado también un anticipo de esa violencia en las elecciones de Madrid. Si en España con más de 100.000 muertos no estuviera gobernando la derecha, ¿tendríamos paz social?

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Irónicamente, las revueltas en Colombia comenzaron por una reforma fiscal. Cuando hablamos de una reforma fiscal siempre hablamos de subir los impuestos. Al igual que en España, la crisis sanitaria ha provocado en Colombia una fuerte crisis económica y un grave desfase de las cuentas públicas. Al igual que el gobierno socialpodemita español, Ivan Duque planteó una subida de impuestos para mantener el gasto social. Es decir, teóricamente Duque aplicó al problema una solución izquierdista homologable a la del gobierno español, pero como Duque no es izquierdista es allí y no aquí donde las calles comenzaron a arder.

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Cuando la violencia callejera excede cierto nivel los gobiernos tienen un problema. No es casual que en los dos últimos años nos hayamos tenido que referir ya varias veces a la teoría del 3,5%, a la experta en Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard, Erica Chenoweth, y a su ensayo Why Cvil Resistance Works. La tesis del ensayo es que para derribar un gobierno basta con movilizar, pero movilizar de verdad, al 3,5% de la población. En España un 3,5% de la población serían 1,6 millones de personas. La policía no puede controlar fácilmente a 1,6 millones de personas armando jaleo en las calles. El nivel de violencia necesario para controlar a toda esa gente, a su vez, inevitablemente provoca escenas puntuales de brutalidad policial que debidamente amplificadas por los medios y las redes ayudan a victimizar a los alborotadores, sumarles apoyos y deteriorar la imagen del gobierno.

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En este vídeo que les sugerimos si quieren profundizar en el caso colombiano, por ejemplo, la analista política colombiana Vanessa Vallejo describe con crudeza los problemas del gobierno de Duque para retomar el control. Incluimos asimismo al final de este escrito una interesante entrevista de Vanessa Vallejo a Alvaro Uribe analizando la situación. A nivel policial, en cualquier caso, la situación se encuentra descontrolada y a nivel político no sólo se ha retirado la reforma fiscal que sirvió como detonante de las protestas, sino que el gobierno colombiano ha comenzado a abrazar las propuestas de los protestantes e incluso a desbordarlas, ofreciendo propuestas que exceden las de los propios protestantes en un afán casi desesperado por desmovilizar a ese 3,5% de oposición activista militante, callejera y en apreciable medida violenta. Con las FARC y el narcotráfico de por medio como peculiaridad añadida, el diagnóstico de la crisis política en Colombia sólo puede mejorar. Da la impresión además de que no se trata de llegar a un acuerdo sino de derribar al gobierno y cambiarlo de color. Duque llegó a la presidencia en segunda vuelta en 2018 con un 54% de los votos, dato que por supuesto conviene recordar.

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Volviendo al comienzo, la pregunta es si estamos hablando de Colombia o de una pandemia política global. En los EEUU, tras toda la violencia desatada durante meses contra el gobierno republicano, la izquierda ya ha conseguido desalojar a Trump para colocar a Biden y a Kamala Harris en el despacho oval. Menos en Madrid, la violencia siempre le ha salido rentable a la izquierda. Gracias al dominio mediático global, la izquierda ha conseguido en los EEUU que tras 200 días de violencia izquierdista y sólo 1 de violencia derechista la única violencia de la que nos acordamos sea la del asalto del Capitolio. Los ultraizquierdistas violentos intentaron asaltar el parlamento colombiano, pero dependiendo del color del asaltante cambia también mediáticamente la vara de medir.

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Con el cuasimonopolio mediático mundial de su parte, la izquierda lo tiene mucho más fácil que la derecha para ganar limpiamente las elecciones en casi cualquier país. Cuando a pesar del predominio mediático la izquierda pierde las elecciones, generalmente tiene el poder de, aprovechando cualquier detonante, movilizar a un 3,5% de extremistas que revienten la paz social. Con la mayoría mediática de su parte, en casi todas partes la izquierda tiene el poder de o llegar al gobierno ganando en las urnas o desestabilizando al gobierno elegido caso de ser derrotada. Teniendo tal poder debe ser muy difícil resistir la tentación totalitaria de utilizarlo. En la medida en que la izquierda siga teniendo un predominio mediático abrumador y la kale borroka se premie en las urnas, es de temer que en el futuro tengamos que citar todavía muchas más veces la teoría del 3,5% e insistir en el peligro de una dictadura izquierdista global.

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