Supuestamente un debate televisado es un acto fundamental de la campaña electoral. Supuestamente todos los detalles se cuidan al milímetro y los candidatos se preparan exhaustivamente para la ocasión. Si alguien dedica una hora seguida de su tiempo a escuchar a un político seguramente es en un debate. Los candidatos se la juegan en el debate. Nada puede salir mal. Supuestamente.

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Aunque por supuesto ha sido noticia, por lo menos en algunos medios, Pablo Iglesias llegó al debate televisado en un taxi. Como candidato a representar a los de abajo o por lo menos a los de abajo que van en taxi, marcando diferencias con el resto de candidatos. Como uno de los vuestros. Como un miembro del pueblo más.

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El problema es que las cámaras pillaron al líder de Podemos abandonando los estudios de televisión en su cochazo oficial con su chófer. Ni siquiera como un político con posibles, desde luego muy lejos de sus electores, sino como un auténtico miembro de la casta, como un político profesional.

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¿Por qué fue Pablo Iglesias al debate en un taxi en vez de en su coche oficial? Probablemente él mismo es consciente de que vive en una contradicción entre su discurso y su modo de vivir. De otro modo no tendría sentido que ocultara su modo real de vivir. Obviamente Iglesias no pasó del coche oficial al taxi accidentalmente, de ventanilla a ventanilla, después de pillar un bache. Iglesias preparó un teatrillo, mintió a los espectadores, ocultó la realidad, presumió de ser lo contrario de lo que es. Esto lo hizo con plena consciencia de estar engañando a la gente. Por tanto no tiene respeto a sus electores. Su numerito se dirigía a un público al que desprecia e intenta manipular. ¿Hay algo peor? Sí, que además lo hagas mal y te pillen.

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En cualquier otro país, tal vez incluso en este en un momento de una cierta normalidad, esa sería la clase de fallo en un debate que arruinaría por completo la campaña de un candidato. No se hablaría de otra cosa. Su prestigio se habría vaporizado. La campaña estaría acabada tras esa escena. Cuando en un debate televisivo se planifica y se mide todo al detalle, algo como lo que hizo Iglesias es un fallo catastrófico, algo que estudiarían para siempre los politólogos. Así perdió un tipo unas elecciones en España en 2021. No dejen que sus candidatos hagan nunca algo como esto cuando algún día sean asesores políticos.

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Lamentablemente, de esto apenas se ha hablado en los días posteriores al debate. Lamentablemente no ya porque se trata de algo que debería haber hundido la carrera política de Iglesias o de un político normal en un país normal, sino porque algo grave sucede en un país cuando algo como esto pasa casi desapercibido, y no por el silencio mediático sino porque hay que hablar de las cuatro o cinco enormidades que suceden ahora en este país cada día. Las enormidades del día siguiente hacen olvidar en 24 horas las enormidades del día anterior. Mientras solo le tiraban cascotes a VOX todo iba bien y la situación era perfectamente democrática y normal, la democracia sólo está en peligro cuando el líder de Podemos recibe un sobre con tres balas que ahora ya sabemos todos quién la has enviado: los 10 millones y medio de fascistas que viven en este país, puestos todos de acuerdo y complotados para comprar unos el sobre, conseguir otros las balas y escribir la carta entre todos los demás. Lo que está claro es que resulta imposible pensar que se trata de la carta de un zumbado, simpatizante de algún partido o no. Una hipótesis tan compleja resulta irracional. Imposible también pensar que se pueda tratar de una falsa bandera, ideado por sus beneficiarios o no. Es un acto colectivo del que son culpables todos y cada uno de los españoles que no piensan como la izquierda y los partidos que los representan. La carta es la prueba de que no hay democracia más que en la izquierda.

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Es preciso recuperar la normalidad democrática en este país y que por tanto sólo les tiren piedras, les envíen balas, les den puñetazos, les ataquen la tienda a los padres, les manden cartas amenazantes, les hagan escraches, les revienten los actos electorales, les pinten dianas o les ataquen las sedes a los partidos a la derecha del PSOE. No es momento de divisiones. Para plantar cara al fascismo es preciso que nos unamos los que reivindicamos la gloriosa figura de Largo Caballlero, los que nos dedicamos a la sedición y la proclamación unilateral de repúblicas provocando incendios tanto en el sentido político como en literal, los que llamamos presos políticos a los asesinos y les hacemos cariñosos ongi etorris cuando salen de la cárcel, los que sostenemos en los conciertos banderas de la URSS, nos ponemos chándales de la RDA, celebramos en Twitter la dctadura castrista, apoyamos a los bukaneros cuando lanzan piedras a nuestros rivales políticos o nos emocionamos cuando patean a un policía. Todos los demócratas y moderados anteriormente descritos tenemos que estar más unidos que nunca contra el radicalismo que nos rodea. Les ganaremos a esos criminales y odiadores, como dice Pablo, con ternura y amor, y con algunos adoquines de los que sólo provocan manchas de ketchup.

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