La política, el arte de lo posible

Hace unos días tuvo lugar en la página de Youtube de la Fundación Villacisneros un interesante encuentro digital moderado por Ana Iríbar, la viuda de Gregorio Ordóñez, en el que participaron los catedráticos Francisco Llera y Javier Fernández Sebastián. El tema de conversación no fue tanto la actualidad política como la política misma. El título bajo el que se mantuvo el encuentro, de hecho, era “La política, ¿el arte de lo posible?”.

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La conversación, por consiguiente, más que sobre tales o cuales contenidos políticos versó en torno al propio marco político y sus protagonistas, con una inevitable referencia inicial al País Vasco y el terrorismo nacionalista de ETA, como ejemplo extremo de marco anormal en el cual intenta desarrollarse la vida política.

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En este sentido la paz social y material es un presupuesto de la vida política. O una sociedad apuesta por la violencia o apuesta por la política. Cuando una parte de la sociedad, en este caso la no nacionalista, tiene que hacer política bajo la amenaza de la violencia, aunque en el plano formal exista un sistema democrático no existe una democracia plena en el plano real. El asesinato de Gregorio Ordóñez es un claro ejemplo de ello, como el de Miguel Angel Blanco o tantos otros políticos vascos, los suficientes como para que quien se metiera en política para enfrentarse al nacionalismo supiera que se jugaba la vida y que, aunque no le pegaran un tiro en la nuca, su vida personal y familiar nunca más volvería a la normalidad.

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Siendo la liquidación física de determinados líderes políticos la manifestación más extrema de la violencia nacionalista, en un escalón anterior menos intenso, pero mucho más extenso, la violencia nacionalista otorgaba al nacionalismo el monopolio de los paisajes rurales y urbanos. Nadie podía ostentar determinados símbolos sin jugarse la salud, el coche o la fachada y las ventanas de su casa. No se podía hablar de ciertas cosas en voz alta. Cualquier actividad social y popular, desde unas fiestas patronales a una carrera, pasando por un concierto, fueron totalmente politizadas, por supuesto en un sentido unidireccional. Por no hablar de los medios o la educación. Sólo era seguro expresar una opinión. Sólo se escuchaba una opinión. Sólo existía un discurso no ya aceptable o popular, sino siquiera seguro. El actual panorama político y electoral es el resultado de aquella situación. Un situación que desde luego no se ha revertido por completo. Ha desaparecido el tiro en la nuca pero apenas nada de ese segundo escalón.

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Todo lo anterior inevitablemente enlaza con la actual crispación en la política general. El adoquín vuelve a ser un argumento político, ahora ya a escala nacional. Gracias a Podemos la anormalidad vasca o catalana comienzan a extenderse por todo el territorio nacional. La primera línea de batalla es ahora mismo Madrid.

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Si la proliferación de actos violentos es un problema, mucho más aún lo es que esa violencia se normalice y se justifique. Esto es a lo que estamos asistiendo en estos momentos. Se repite el esquema vasco: el agresor que lanza la piedra es un demócrata, el que recibe la pedrada un provocador. Es por otro lado el mismo esquema de la España de los años 30. Todos sabemos cómo acabó.

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La pregunta fundamental, por consiguiente, es cómo salir de esta espiral. ¿Tenemos los políticos que nos merecemos? ¿Es la clase política un mero reflejo del nivel de la sociedad? ¿Cómo evitar que la historia se repita y salir de esta situación?

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Si asumimos que hay una disparidad entre la calidad del pueblo español y la calidad de su clase política, a primera vista podría pensarse que sólo hay dos salidas para que el equilibrio se restablezca. O del pueblo español surge una exigencia de regeneración que eleve la calidad de la clase política a la del pueblo español, o la clase política puede rebajar el nivel del pueblo español hasta igualarlo con su cainismo. Una armonización política por lo bajo, podríamos llamarlo. Obviamente los intervinientes en el diálogo apostaban por algo del estilo de lo primero. Como siempre, naturalmente, les recomendamos sacar sus propias conclusiones y ver el vídeo con toda la conversación.

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