Occidente se acobardó

El año de la pandemia transformó a las supuestas sociedades más libres y prósperas de Occidente en un reducto de individuos acobardados clamando por un mesías (u organismo mesiánico) que les devuelva aquella perdida ilusión de libertad. Aun en las dos guerras mundiales del siglo pasado se paralizó a nivel global las economías y las vidas de naciones, siendo que ciertamente la envergadura de un conflicto bélico dista sustancialmente a la propagación de un patógeno. En el último año, nada fue más popular que el eslogan “quédate en casa”; un encierro personal que connota la idea del encarcelamiento voluntario. La propia ciudadanía a instancia del Estado y apelando a la sacralidad científica, consideró que la amenaza del virus requería paralizar el mundo y la propia vida para, irónicamente, salvar el mundo y la vida. Lo que finalmente sucedió es que Occidente transformó su forma de vida en forma abrupta, donde las sociedades comparadas a sí mismas antes del covid son diametralmente diferente a lo que son en el presente.

Un año plagado del miedo colectivo ha dejado como resultado que pocas personas recuerden que las medidas de confinamiento eran excepcionales y temporales. Lo que era una medida de emergencia para “aplanar la curva” se convirtió en un modo de vida normal para cada nación occidental; la excepción se volvió norma. Bien se supo decir que, en lugar de evaluar el costo de oportunidad y el impacto económico y social relativo, la casta política arrodillada a la hegemonía globalista impuso la falsa dicotomía “Vida o Libertad”; tan perverso fue el mensaje “Si no te aíslas la gente se muere” que cada individuo vivía una esquizofrenia artificial donde si simplemente decidía transitar libremente se lo hacía responsable de cualquier eventual muerte de terceros. El chantaje moral consistía en que, si se sacrificaba toda la nación con tal de salvar una sola vida, cada persona era condecorada como héroe de guerra, siendo que su mayor acto de patriotismo era consumir Netflix y comer medialunas mientras Occidente sucumbía en los últimos reductos de libertad que le quedaban.

El patógeno de Wuhan ha sido y es una amenaza ciertamente, pero si uno la compara con otras enfermedades, dista sustancialmente las secuelas estructurales en la civilización que impacta. Véase que la peste negra se extendió por Asia, África y Europa en el siglo XIV y mató a unos 50 millones de personas representaban entre el 25% y el 60% de la población europea según se estima; lo cierto es que tal fenómeno no generó un cambio drástico en la civilización ya que no se mostró una diferencia sustancial entre el siglo XIII y el siglo XV. Si uno analiza el propio país verá que en sólo 365 días sí hubo un cambio diametral en la forma de vida de la comunidad. Es que el miedo al “coronavirus” fue más letal que la propia enfermedad. Según datos recientes, la persona fallecida con el virus chino en todo el mundo es de 2.97 M. de 138 M. de casos, con 78.5 millones de personas infectadas cuya recuperación fue completa. Cada uno puede luego, con datos oficiales, ver cuál es la verdadera tasa de letalidad, ya no para menoscabar la enfermedad y su prevención, sino para ver si realmente la pérdida generada por su amenaza era racional. Tanto miedo le tuvieron tantos al virus que no fueron capaces de detectar las constantes contradicciones del espacio público, ya sea porque no había acuerdos respecto a qué servía y que no para los cuidados, como la forma arbitraria en que ciertas actividades eran permitidas mientras se prohibía algo tan esencial como el trabajo y el comercio para el sostenimiento digno de la familia. Es que finalmente uno ve cómo el ciudadano promedio, de tanto miedo que posee, ha sido incapaz de sopesar la amenza real respecto a la severidad de las medidas.

Occidente ha olvidado ya las gestas que forjaron la civilización y su raíz en la Cristiandad. La secularización promovió la libertad y vaya ironía que a mayor secularización mayor esclavitud por el miedo a la muerte. El ser humano al perder su sentido de muerte se ata al eterno presente y es allí donde la seguridad prevalece por sobre la libertad; si en el pasado la verdad era la que hacía al hombre libre, en el presente es el poder político que hacer al hombre seguro. Las personas sin raíz (erosión del pasado) y sin frutos (supresión del futuro) viven en un eterno presente, donde sólo se aferran al mundo sensible del hoy sin un propósito de trascendencia; ya no hay un porqué morir y por ello es que se huye bajo cualquier costo de la muerte, porque sólo se posee en la mirada moderna una existencia finita.

Es paradójico cómo se forjó el miedo en Occidente que ciertamente requería un individuo desprovisto de todo cuerpo intermedio, particularmente de la Fe que lo arengase a la desobediencia civil en defensa del orden natural. En verdad, ya el individuo posmoderno albergaba el escepticismo a todo relato y dato que aportara el mundo; no cree en nada y eso lo lleva a creer, paradójicamente, en todo. Ya no hay una cosmovisión que le dé sentido al mundo, razón por la que cada persona comienza a buscar su propia verdad, y por ello luego es que habrá tantas verdades como sujetos, creado una masa amorfa susceptible de control al carecer de una identidad propia. El discurso político sólo debía consistir en que cada persona creyera que desde la ficción y la virtualidad podía ser un héroe con tal de mantener voluntariamente el aislamiento; dentro de su cárcel privada el sujeto podía crear su alter ego virtual que era tolerado mientras su accionar no tuviera trascendencia en el mundo real. En una sociedad de encapsulados el miedo se vuelve endémico. Lo que ha sucedido es que primeramente se sobrevaloró la individualidad y el empoderamiento artificial mediante discursos complacientes, razón por la que el Hombre se arrogó la facultad de vivir sin límite alguno ya que no había participación en lo cierto, lo estético o lo bondadoso que no pudiera crear por sí mismo. Lo paradójico es que el Hombre creador de su propia realidad, al dejar de participar en un bien mayor, rompe los lazos comunitarios que ofrecían una protección genuina con la herencia histórica (en términos de Russell Kirk). Allí es donde Bauman bien enfatiza que ese hombre arrojado a un mundo moderno sin vínculo alguno se convierte en el ser más frágil y vulnerable de todos.

Los seres humanos desearon experimentar la emancipación absoluta y cayeron en la seducción del progreso indefinido. La libertad plena sin embargo no alcanzó a todos en igual medida razón por la cual, ya no bastaba gestionar los miedos para que se reconozca de “iure” la individualidad del ser, ahora se necesitaba el reconocimiento de “facto”; allí es donde la sobreprotección política se consolidó a raíz de personas que eran incapaces de ofrendar sus vidas a causa de un bien mayor. La sociedad posmoderna posee una singularidad que caracteriza en forma generalizada a sus miembros; tal sociedad no presenta una carencia de protección, sino que, muy por el contrario, se ha organizado la comunidad política en una búsqueda infinita de seguridad. Lo irónico es que los miembros de dicha sociedad posmoderna presentan experiencias de vidas en torno a lo insegura, dolorosa y angustiantes que son sus existencias.

Cuando Roger Scruton analiza la falacia de suma cero, alude al discurso de izquierda que siempre encuentra aquel otro, el malvado, que ha sido el responsable de llevarse lo que ha de faltarle al sujeto protegido (si “X” es pobre es porque “Y” se enriqueció a su costa”); similar falacia incurre el relato posmoderno, ya que si, a pesar de los interminables esfuerzos por dotar de seguridad a la sociedad, aún hay personas con miedos y angustias, es porque algún ente ha conspirado en contra de los planes ilustrados y centralizados. Lo cierto es que, así como los discursos ideológicos crean un anticuerpo para repeler sus falencias y desplazar los errores propios de sus modelos (el rico para el comunista, la industria para el ecologista, el hombre para el feminismo), el modelo posmoderno se caracteriza por el temor al otro al considerar que las propias amenazas emergen de la humanidad misma. Por ello y tal como explicara Bauman, es tal el miedo que no hay relaciones sólidas y duraderas, ya que no es posible depositar confianza en otra persona que se presenta al mundo como un eventual enemigo. Paulatinamente ese miedo al otro se convirtió en materia de gestión política, donde el individuo ruega por las construcciones de zonas seguras que lo protejan de toda angustia; se consolidan las atomizaciones donde la ilusión de seguridad les ofrece cancelaciones a quienes puedan ofender y validaciones a la propia identidad que la persona cree para sí. Pero finalmente, lo que queda es un humano frágil y sensible, que no es capaz de vivir en libertad dentro de la realidad, sino que crea una ficción con tal de autopercibirse seguro de toda amenaza externa.

Occidente ha cambiado y ciertamente ya no es Occidente; la actual “civilización” no es más que un conjunto de individuos acobardados que viven bajo el yugo de un sistema globalista que les ofrece seguridad a cambio de libertad. La pandemia pasará, pero la estructura de la sociedad mutó definitivamente; cuando no sea un virus, será la amenaza de la sobrepoblación o los grupos identitarios o la derecha patriótica o la familia, ya que siempre habrá algo que le generó temor al pusilánime posmoderno que sólo puede vivir si hay una entidad superior que lo haga sentir cómodo y protegido.

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