AstraZeneca y la cepa surafricana

Nos guardaremos muy mucho de tratar de sentar cátedra sobre la vacuna de AstraZeneca o cualquier otra. No tenemos los conocimientos para hacer tal cosa. Pero tampoco tenemos la capacidad de dejar de hacernos algunas preguntas. Dejar de pensar es imposible. En este sentido está claro que AstraZeneca se encuentra en el ojo de la polémica y que tratamos de informarnos sobre las cosas que nos preocupan, aunque sólo sea para hacernos preguntas.

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Por ejemplo, más allá de los efectos secundarios de esta vacuna y el porcentaje de trombos sobre millones de vacunados, o los vaivenes de las autoridades sanitarias respecto a sí mismas la semana anterior y respecto a cada país, otra cuestión inquietante, puede que incluso más, es la de la eficacia comparativa de la vacuna.

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ES decir, el problema de AstraZeneca no parece ser sólo el relativo a sus efectos secundarios, sino a su propia eficacia, menor que la de otras vacunas como la de Pfizer o la de Moderna.

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Peor aún, Suráfrica ha suspendido hace tiempo el uso de AstraZeneca no por los efectos secundarios, sino porque es una vacuna poco eficaz contra la cepa surafricana, parece que poco o nada contra los casos leves y moderados. La vacuna de Pfizer y Moderna, por el contrario, pese a presentar una reacción defensiva menos intensa que ante otras cepas parece ser que básicamente mantienen su eficacia habitual.

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Los interrogantes ante todas estas noticias resultan inevitables. Hace unos meses el inefable portavoz sanitario del gobierno, Fernando Simón, minimizaba el impacto que podía tener en España la cepa británica, ahora dice que ya es “nuestra cepa”. Y que es “buena”. En Navarra el 95% de los contagios se deben a la cepa británica. ¿Quién nos dice que nuestra cepa no pueda ser dentro de unos meses la cepa surafricana? Y ante semejante escenario, ¿qué pasará con España u otros países que han apostado por AstraZeneca frente a los que han apostado por Pfizer o Moderna? ¿Quedaremos otra vez rezagados? ¿Habrá vuelto la normalidad a EEUU, Israel o la propia Suráfrica y aquí nos quedaremos vendidos?

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Si el virus evoluciona o si las vacunas van mostrando distintos efectos secundarios y distintos niveles de eficacia no tiene sentido que la estrategia del gobierno sea estática. Hay que enfocar las compras y la vacunación hacia las mejores vacunas. Lo lógico desde el principio, ante lo previsible de un escenario en el que no todas las vacunas fueran igual de buenas, hubiera sido comprar vacunas para todos de todas las marcas. Hubieran sobrado vacunas, pero hubiéramos podido elegir la mejor para vacunarnos. El roto por comprar vacunas de sobra siempre será mucho menor que la prolongación del destrozo económico de seguir con aforos limitados y con todo tipo de restricciones a la movilidad y los horarios. Por supuesto hubiéramos salvado más vidas. A fecha de hoy, la UE sigue sin hacer frente a la lentitud de la vacunación o los problemas con determinadas vacunas. Ya hasta Alemania empieza a pensar en comprar vacunas por su cuenta, como Ayuso, que es la única presidenta autonómica que parece abierta a ir probando cosas y a escuchar nuevas ideas. ¿Por qué los gobiernos y los expertos parecen menos dotados de lucidez para afrontar esta pandemia que cualquier persona con sentido común? ¿Cómo nos vamos a fiar de lo que dicen el gobierno o los expertos (“sus expertos”, más bien) si cada semana cambian de opinión? Y lo que es peor, cambian de opinión obligados por los hechos pero no cambian de estrategia. No hay capacidad ni de adaptación, como para exigirles capacidad de anticipación.

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