Con la deuda pública del año pasado se podía haber vacunado 110 veces a cada españolito

El lógico interés por la pandemia distrae a menudo nuestra atención de lo tocada que se encuentra la economía. Por un lado están todas las limitaciones y restricciones que estrangulan la actividad. Por otra parte está el gobierno con su creciente desajuste de todas las cuentas públicas. A todo esto habría que añadir el temor o la precaución de los que a lo mejor en este momento no se encuentran particularmente afectados en sus ingresos, pero limitan sus gastos y se dedican a engordar un pequeño colchón financiero por lo que pudiera pasar. En estas circunstancias resulta evidente que la economía funciona a medio gas y el eslabón débil en esta situación es el mercado laboral.

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Aunque el dato de paro registrado publicado ayer podría parecer bueno, lo cierto es que no lo es. Al menos no si vamos comparando las cifras con la situación en febrero de 2020, cuando comenzó la pesadilla, antes de que nos impactara la pandemia. En aquella fecha teníamos 19,2 millones de cotizantes a la SS, frente a los 18,79 que tenemos ahora. O sea, que hemos perdido más de 400.000 cotizantes.

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El número de parados en febrero de 2020 era de 3,25 millones frente a los 3,95 millones que tenemos ahora, o sea que hay 700.000 españoles en paro más.

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Además, aunque no computan como parados, hay 743.000 españoles que tampoco están trabajando y engrosan el limbo laboral de los ERTE, un limbo que se ha estabilizado desde el final del confinamiento domiciliario y que no estamos siendo capaces de adelgazar.

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Por lo que se refiere a Navarra, tenemos 42.487 parados y 7.724 navarros en ERTE. Si sumamos ambos datos nos vamos a una cifra de más de 50.000 personas en Navarra que han dejado de trabajar por culpa de la crisis y la pandemia. La cifra nos retrotrae a alguno de los peores años de la crisis de 2008.

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Hay más datos malos, y es que el estado español cerró 2020 con un déficit del 10% si no se computan las pérdidas afloradas en el SAREB,  del 11% si se computan. Sea como sea un déficit del 10% ya es astronómico. De hecho estaríamos en quiebra si no fuera por el soporte del Banco Central Europeo. En cualquier caso las cuentas del estado se encuentran totalmente desbarajustadas, sin visos de estar mucho menos desbarajustadas el año que viene y a expensas de la capacidad o la voluntad de sostenernos de nuestros socios europeos. A expensas también de las condiciones que quieran ponernos por hacerlo. O sea, tampoco hay una razón para dar por hecho que sencillamente nos regalarán el dinero indefinidamente y sin pedir nada a cambio, año tras año, sin preocuparse por la despreocupación del gobierno español por el gasto y el creciente tamaño del boquete presupuestario que están financiando. Un déficit del 10%, por ilustrar todo lo dicho, equivale en un sólo año a casi los 140.000 millones que la UE aprobó en concepto de ayudas a España para 6 años.

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De todos modos no es con ese dinero con el que el estado español está pagando ahora sus facturas pese a ese desfase del 10% entre gastos e ingresos, sino mediante la emisión de deuda pública. En 2020 la deuda pública española ha crecido en 157.000 millones de euros. Como decíamos al principio, no es sólo que para mantener el gasto público tengamos que hacerlo con 157.000 millones de deuda y no de ingresos, sino que esa deuda sólo podemos colocarla al BCE. Nadie más nos la compraría, desde luego no en esa cantidad ni con ese interés, por lo que hablamos de un rescate encubierto en toda regla.

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Lo llamativo del caso es que esos 157.000 millones de deuda que el estado español ha gastado en 2020 representan más de 3.300 euros por español. Vacunar con las dos dosis de vacuna a cada español, con Moderna o Pfizer (nada de Astra Zeneca), sólo cuesta 30 euros, y sin embargo no tenemos las vacunas. Es decir, el estado español en 2020 se ha endeudado por habitante 110 veces el precio de vacunarlo, pero sin vacunarlo. La conclusión es que no sólo las cuentas públicas son desastrosas, sino que ese desastre en las cuentas ni siquiera ha servido para garantizar el suministro, la velocidad y la abundancia de vacunas. Con la deuda pública del año pasado podían haber vacunado 110 veces a cada españolito, pero al parecer había otras prioridades, otros intereses, otros criterios u otros gastos comprometidos.

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