O patada en la puerta o patada al gobierno

Les ha sucedido a muchas personas tras escuchar que la mascarilla se va convertir en obligatoria en todo momento, al margen de la distancia de seguridad o de hallarnos en un espacio abierto o cerrado, que de repente se ha enterado de que hasta ahora podía no usarse la mascarilla al aire libre y con distancia de seguridad de por medio. En definitiva, la población se va enterando de lo que podía hacer según se lo van prohibiendo. Seguramente es que no interesaba demasiado explicar lo que se podía y lo que no se podía hacer sin mascarilla. Sólo se explicaba y reiteraba lo que no se podía. Habrá que ver las playas y las piscinas este año llenas de enmascarados. ¿Y si estoy sólo en la playa o con algún conviviente? El gobierno no se puede detener ante pequeñeces como esa, como tampoco ante la puerta cerrada de un domicilio.

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Ahora en la nueva normalidad dictatorial resulta que la policía puede entrar en las casas dando un patadón en la puerta sin orden judicial. Otro derecho fundamental que se nos arrebata con la excusa de la pandemia. No se puede entrar en una casa para echar a un okupa, pero sí para detener una reunión ilegal presunta y multar o detener a los dueños del piso. Presunta porque hace falta entrar en la casa para contar e identificar a los reunidos, por lo que malamente el número de reunidos puede ser la justificación previa de la irrupción. Se suponía que la policía sólo podía entrar en una casa ante la comisión de un delito flagrante y a veces ni eso, pero ahora el delito flagrante consiste en desobedecer la orden de la policía de abrir la puerta. O sea, o abres la puerta porque sí o la echan abajo porque desobedecer la orden de abrirla lo justifica. Sin necesidad de supervisión judicial. Un win/win para la policía. La inviolabilidad del domicilio ha sido desmantelada en España y ya sólo es un adorno constitucional, como la libertad de movimientos o la libertad de reunión. La libertad educativa tampoco pasa por su mejor momento y eso no tiene nada que ver con la pandemia. No esta claro que lo otro, o al menos todo lo otro, tenga nada que ver tampoco con la pandemia. Si nos descuidamos acabaremos aplaudiendo con entusiasmo que algún día nos devuelvan el 40% de los derechos que nos están robando.

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Volviendo a las mascarillas, no deja de resultar curioso que 100.000 muertos después nos confiesen que la distancia de seguridad no servía de nada. O sea, o no sirve de nada ahora y por eso hay que ponerse mascarillas o servía y ahora nos toman el pelo. Las autoridades y sus expertos han dado tantas vueltas ya al uso de las mascarillas, yendo desde desde desaconsejar su uso a hacerlo totalmente obligatorio sin matices ni excepciones, que su credibilidad reposa en el légamo del suelo. Por supuesto ninguna autoridad ha sido cesada ni ha dimitido. Ni siquiera se ha pedido perdón. Ni siquiera se ha reconocido un error. Si las medidas actuales son acertadas es que las anteriores eran desacertadas, es lo que estamos viendo desde el inicio de la pandemia. ¿A cuántos muertos le sale al país cada giro de volante gubernamental y cada error?

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Quien sea sorprendido sin mascarilla por las fuerzas de seguridad que no estén ocupadas reventando puertas será multado con una multa de 100 euros. No llevar la mascarilla se considera una falta leve. También es bueno saber esto porque cuando impongan penas de 10 años de cárcel por no llevar mascarilla en un campo habrá quien sólo entonces se entere de que no llevar mascarilla costaba 100 euros y era una falta leve.

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Una vez más, a la vista de las crecientes y constantes sanciones a la ciudadanía por el peligro de no llevar mascarilla o saltarse un confinamiento perimetral, la pregunta es cuál debería ser la pena imponible al gobierno por todo el tiempo que desaconsejó la mascarilla, cuando había muchos más contagios, muchos menos inmunizados y ningún vacunado. O cuando renunció a controlar las fronteras o recomendó seguir haciendo vida normal tras haber estado en contacto con contagiados. A la vista de las sanciones y prohibiciones que se van estableciendo, habría que deducir que cada vez estamos peor. ¿Hay alguna relación entre la represión y la realidad sanitaria de la situación? En la pandemia hay oleadas, pero la represión siempre es creciente, no hay etapas de relajación. ¿Harán ahora el Sálvame y el telediario con mascarilla o será sólo una imposición para el españolito que en verano, cuando nos decían que nos iban a tener al 70% vacunados, se escape al monte rodeado de cabras con la mascarilla bajada a la altura de la barbilla?

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Si de lo que se trata es de parar la pandemia sin detenerse ante los derechos de las personas, en realidad la cosa es sencilla. Matemos a todos los contagiados. Que entre la policía a patadas en las casas a hacer test PCR y que ejecute sobre la marcha a los positivos. La vida es una propiedad privada que, como toda propiedad privada en un estado social, debe ponerse al servicio del bien común. Alerta antifascista. El estado debe proteger el derecho a la vida global del cuerpo social frente a la defensa egoísta del derecho a la vida particular.

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El gran irresponsable y el gran contagiador en este país, sin embargo, ha sido el gobierno. El gran sancionador es al mismo tiempo el gran contagiador. Papá estado que te multa por no llevar mascarilla es el mismo papá estado que te recomendaba no llevarla, ni siquiera han cambiado las caras para guardar un poco las apariencias. Esto de que haya sanciones y exigencia de responsabilidades para todos por sus actos menos para los gobernantes, por otro lado, es una característica más de las dictaduras. Si algunos ya dudaban que esto fuera una democracia consolidada antes de la pandemia, ¿qué no será lo que tenemos ahora? Felices Pascuas de todas formas.  Dadas las circunstancias nos quedan la conspiración y la religión. Disfruten con salud y prudencia de su confinamiento, su mordaza, su toque de queda, su represión y su rabia.

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