Del banco LGTB de Pamplona a las pintadas de Elizondo

El director del Diario de Noticias experimentaba una intolerable perturbación en la fuerza al conocer que los bancos LGTB de Pamplona estaban mal pintados. Los 3 bancos que se pintaron en apoyo a este colectivo resulta que tenían un color de más. El problema ha sido subsanado y ahora el cosmos vuelve a estar en equilibrio aunque en realidad no. Puestos a ser picajosos, la bandera LGTB sigue estando mal pintada puesto que tiene 6 franjas y en los bancos hay 7 travesaños de madera. O sea, que alguna franja se tiene que duplicar. La fuerza y el cosmos siguen perturbados después de todo. En realidad la pregunta es si había alguna perturbación antes de poner estos bancos. O algún tipo de perturbación que vayan a resolver estos bancos. Incluso si lo que quieren estos bancos no es provocar alguna perturbación. Para empezar, ¿representa la bandera LGBT a todos los homosexuales o sólo a los de una determinada ideología? ¿Es un demócrata alguien que que quema contenedores llevando en la muñeca una pulsera arcoiris? En porcentaje, ¿cúanto tendría que ver ya de hecho la bandera LGTB con la homosexualidad?

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Dicho lo anterior, resulta irresistible la tentación de relacionar lo sucedido con los bancos con este tuit de Malsabel Olave, diputada en el parlamento foral de Navarra Suma. Ante esto, ¿no sienten alguna perturbación en la fuerza quienes se perturbaban tanto por la pintura de los bancos? ¿Cuánto espacio han dedicado a los bancos los últimos días y cuanto a las pinturas de guerra los últimos años? ¿Para cuándo una exigencia al Ayuntamiento de Baztán, o a tantos otros, respecto a esta inadmisible alteración del paisaje urbano? Si definimos un banquín como una medida de tiempo equivalente a 8 días, o el tiempo que se tarda en repintar un banco LGTB desde que lo reclama el Noticias, ¿cuántos banquines pasarán antes de que resuelva esto el Ayuntamiento de Elizondo? ¿Y cuántos más lugares y cuántos más ayuntamientos por el estilo?

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Respecto al paisaje urbano sucede algo curioso y es el puritanismo selectivo. O sea, alguien puede ser notablemente indiferente respecto al paisaje urbano y la pureza de los símbolos, los nombres y las estatuas. Ahora bien, cuando alguien es un iconocondríaco que va mirando con lupa los colores de los bancos, después no puede dejar de ver todas las fotos de los presos, todas las pintadas, todos los insultos y todas las amenazas contra más de media Navarra que perturban habitualmente nuestro paisaje urbano. Qué distinto sería todo si el mismo celo para denunciar el caso del banco (no más, sólo el mismo) se pusiera, por ejemplo, en evitar las recurrentes pancartas y pintadas en los colegios públicos, por empezar por algún sitio. ¿O no son al menos igual de perturbadoras todas esas pancartas y pintadas que los colores de un banco? .

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