¿Y por qué la extrema izquierda tendría que no ser violenta?

Era importante que hubiera ganado las elecciones Trump por muchas razones, pero claramente una de ellas era que no resultara premiada electoralmente toda la violencia alrededor de los Black Lives Matter. Desde luego el fenómeno de los Black Lives Matter, como el caso Pablo Hasel, como los chalecos amarillos, como lo que sucedió en Chile, es algo más que un fenómeno puntual. Existe un movimiento de fondo que brota con sucesos puntuales, pero que implica una marea mucho más peligrosa y global para la libertad. Cuando no gobierna la izquierda, o incluso cuando gobierna pero recibe un revés judicial, nos estamos acostumbrando a vivir con las calles en llamas. No estamos acostumbrando también a que sólo los partidos de izquierdas puedan hacer campañas electorales con normalidad. A que nadie, salvo que sea de izquierdas, incluso de extrema izquierda, pueda dar una conferencia en una universidad sin que sufra un boicot. Por estar acostumbrándonos a cosas raras, nos estamos acostumbrando incluso a que un vicepresidente fuera una persona dedicada a boicotear conferencias. Ese mismo personaje, mientras el portavoz de su partido anima a participar en las movilizaciones, sienta cátedra ahora hablando de la libertad de expresión.

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La pregunta, sin embargo, es por qué la extrema izquierda tendría que cambiar. ¿Por qué tendría que condenar la violencia de los suyos? ¿Por qué tendría que respetar la libertad de los demás? ¿Acaso le va mal con esa violencia? ¿Acaso pierde votos? ¿Acaso tiene que elegir entre la violencia y las instituciones? ¿Por qué tendría que renunciar? ¿Por una cuestión moral?

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En diversas ocasiones hemos hecho mención a la teoría de la regla del 3,5%, más que nada porque lamentablemente es una idea que no pierde actualidad.

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En el año 2011 una experta en Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard, Erica Chenoweth, publicó junto con otra autora un ensayo titulado Why Cvil Resistance Works (“Por qué la resistencia civil funciona”). El estudio analizaba varios cientos de movimientos revolucionarios y campañas no violentas (o no mucho) a lo largo de la historia reciente y a lo ancho del mundo, concluyendo que este tipo de movimientos, para triunfar, no necesitan más que el apoyo de un 3,5% de la población, siempre que se trate de un apoyo absolutamente militante y comprometido.

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En el caso de España, por poner algunas cifras a la teoría, hablaríamos de 1,64 millones de personas, o de 265.000 personas en Cataluña, de 232.000 en Madrid o de 23.000 en Navarra. ¿Cómo puede reprimir la policía en la calle a todas estar personas sin quedar totalmente desbordada? ¿Qué nivel de violencia sería necesario para que los alrededor de 3.000 UIP (antidisturbios) de la Policía Nacional pudieran contener a 1,64 millones de chiflados? ¿Cuántos vídeos de tuertos y chavales con cardenales comenzarían a circular convirtiendo en víctimas a los bárbaros? Tampoco hace falta imaginar mucho porque ya hemos visto en los Estados Unidos, en Francia o en Chile que la policía no podía con ellos. La única esperanza era ver que ese tipo de movimientos y los partidos que de algún modo simpatizaban con ellos y no disuadían de persistir en ese tipo de movilizaciones experimentaban un severo revés en la urnas. Por el contrario, la violencia ha sido premiada, lo hemos visto también en Cataluña. Cierto que VOX ha cosechado un 7,7% de los votos, pero quienes no condenaban a quienes les lanzaban piedras han conseguido la mayoría absoluta. Tampoco la izquierda abertzale, históricamente, ha sufrido ninguna merma por utilizar la violencia. El único problema para verse obligados a tener que renunciar al a ventaja que da la violencia podría ser el convertirse en objeto de un “cordón sanitario” por parte del resto de partidos políticos, pero Pedro Sánchez ha dejado atrás ese tipo de límites morales así que ni eso.

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El problema en realidad es ahora Pedro Sánchez. Partidos como ERC, la CUP, Podemos o Bildu, evidencian la existencia en España de esa masa crítica del 3,5% de radicales, a veces mucho más del 3,5%. Sin embargo, al haberse abrazado a ellos para alcanzar el poder, Pedro Sánchez es ahora su prisionero. Ahora es él quien perdería su sillón presidencial si se enfrentara a sus socios. Es de temer por tanto que la capacidad del PSOE para caer en la espiral de radicalismo a la que empujan sus socios es casi ilimitada. Cada día que pasa, Pedro Sánchez está más hundido en las arenas movedizas del radicalismo político, y cuando más hundido está menos probable es que pueda salir por sus medios. El día 1 era mucho más fácil salir que el día 800. Lo cierto es que la izquierda cuenta con el gobierno, una abrumadora mayoría mediática y una horda de exaltados deseosa de apalear físicamente a sus rivales políticos. Con todo el poder en sus manos, a punto parece de conseguir además el control de la Justicia, ¿por que deberían renunciar a usar ese poder en vez de a emplearlo sin escrúpulos?

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Alternativamente, ahora produce ternura pensar en las manifestaciones de la “extrema” derecha protestando contra la ley educativa o el uso abusivo del estado de alarma y el recorte de derechos subsiguiente, con sus caravanas de coches, su respeto escrupuloso a las normas sanitarias, sus banderas y sus globos. ¿Alguien sigue teniendo dudas de quiénes son los radicales y por dónde viene en estos tiempo la amenaza del peligro totalitario?

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