Respecto al cientificismo

Suele notarse que quienes se posicionan a la derecha dentro del espectro político mencionan la palabra “valores” dentro del discurso público en reiteradas ocasiones, sin embargo, el posmodernismo atrajo una particular ambigüedad en dicho término, razón por la que es necesario quizás realizar algunas precisiones. Si uno se posiciona desde una perspectiva conservadora, el realismo propio de tal doctrina simplifica tal cuestión; en efecto, para el conservador hay una irreductibilidad de lo real al pensamiento, es decir, el adecuado conocimiento que se tiene sobre lo que son los valores. Los valores son el “ser”, en tanto lo que existe como lo que puede existir; los valores se manifiestan en cuanto es cognoscible (verdad) o cuanto es deseable (bien); pero también se exteriorizan en cuanto es objeto de aprehensión concreta, sensible e intelectual que provoca un tipo de placer especial (belleza). Los valores son una manifestación de lo que es bueno, bello y verdadero; tal pluralidad es aprehendida por cuanto son diferentes aspectos del ser en el cual se enraízan en una unidad fundamental.

En tiempos más presentes se reducen los valores (múltiples por definición) a un solo aspecto, según que sea el considerado como fundamental. Por lo tanto, reducir todo a la “verdad” implica abrazar una actitud racionalista; reducir todo al “bien” implica abrazar una actitud moralista; reducir todo a la “belleza” implica abrazar una actitud esteticista. Es ciertamente un error querer interpretar el arte desde una mirada cientificista, como también lo es considerar que el mundo moral es un absoluto que, a riesgo de un puritanismo, intenta realizar prescripciones sobre técnicas neutras. Cada disciplina cuenta con sus métodos, y así como en la filosofía no podría predicarse un determinismo absoluto al mismo tiempo que predique la libertad humana plena, tampoco se podría establecer un método científico rígido para la creación de lo bello. Es recurrentes la confusión de términos por cuanto la persona es influenciada tanto por la filosofía como por la ciencia y el arte, pero es preciso realizar un esfuerzo para que uno sepa diferenciar cuándo corresponde enarbolar un juicio sobre lo verdadero, lo bondadoso y lo estético.

Realizada tal introducción, y antes de abordar la crítica a la actitud cientificista imperante, es preciso comprender qué es el “sentido común”. La realidad demuestra que cada persona, sin importar su nivel de educación, relación familiar o inclusión política, de una forma u otra se encuentra dentro de un universo de conocimientos, naturales o espontáneos, provistos masivamente por la experiencia cotidiana fundamental. Dicho conocimiento del mundo representa un universo familiar que rodea al Hombre desde su despertar y es lo que se suele designar como Sentido Común. Pero tal como señalara Louis Jugnet, dicha acepción posee dos grandes diferenciaciones. Por un lado, están aquellos conocimientos primerizos, que surgen de la experiencia sensible y son pre-científicos. Estos son interpretados espontáneamente por los primeros principios de la inteligencia, tales como son los de “identidad” o de “causalidad”. Por otro lado, aparecen aquellos conjuntos de prejuicios emanados de las relaciones sociales, políticas, religiosas, o cualquier expresión en torno al vínculo que hay con los otros. Dichos conjuntos responden a un determinado tiempo y espacio de la civilización humana que se trate.

Lo que verdaderamente importa es la primera acepción ya que allí hay un quiebre entre el conservador y el revolucionario posmoderno. El conservador considera fundamental el pensamiento espontáneo, natural, primero y anterior a cualquier sistema; esto genera aquel impulso intelectual para verificar, controlar, profundizar, aprovechar y criticar con rigurosidad. El revolucionario posmoderno se esfuerza en avasallar y luego negar tal impulso natural; para este tipo de agente, los conocimientos naturales son un error inicial que debe ser corregido. Estos “idealistas”, mientras las doctrinas más se alejen de lo natural, más cercanas se encontrarían de la verdad. Se puede constatar el por qué los sectores más clásicos, conservadores, tradicionalistas, suelen poseer un discurso afín al “sentido común”, entrando en consonancia con los grandes filósofos tales como Aristóteles o Santo Tomás de Aquino. Mientras, los ideólogos deben hacer un esfuerzo sobrenatural para negar lo natural en el Hombre.

En este punto resulta prudente comprender los riesgos de una sociedad que abrace ciegamente la actitud cientificista. Desconocer al Hombre tal como es en su naturaleza conlleva a desconocer lo falible que puede ser su pensamiento. Aun así, en tiempos modernos surge un elevado número de pensadores niegan todo orden externo y enfatizan que es un error considerar válido cualquier pensamiento que emerja desde el conocimiento natural (sentido común). Para estos “idealistas”, las doctrinas (socialismo, feminismo, ecologismo, etc.) alcanzan mayor nivel de validez cuanto más se separen de las visiones naturales del hombre y más se acerquen a la construcción artificial del mismo; pareciera que en cada doctrina idealista existe ese afán de construir el Hombre Nuevo que no sea ya una creación divina o natural, sino un artificio exclusivamente humano emergido del racionalismo más abstracto.

Aquí aparece quizás la mayor tiranía de todas y curiosamente la más invisible: el “Cientificismo”. Nadie racional podría negar que la ciencia ha promovido el conocimiento del mundo natural, sin embargo, el cientificismo es el imperialismo de una ciencia abstraída de la realidad humana, una ciencia que realiza una falsa equivalencia entre los mundos morales y los pensamientos humanos; véase pues que, mientras la ciencia permite erradicar hambrunas o enfermedades, el cientificismo considera legítima la experimentación genética en embriones por cuanto la “moral” no es algo corroborable. Entiéndase que el Hombre posee múltiples formas de manifestar su paso en este mundo, de allí que existe una pluralidad complementaria donde la Filosofía, la Ciencia, el Arte, la Política o la Religión interpretan cada fragmento de la vida humana. Sin embargo, el cientificismo se arroga la potestad de ser la única disciplina a la cual uno acudir incondicionalmente; y así como uno no podría medir o pesar la “belleza” de una obra de arte, irónicamente se propone que los postulados teológicos son falsos simplemente porque no se adecuan al método científico.

Ha de tenerse presente, tal como lo expusiera Roger Scruton, en la mitología griega, cuando Zeus entrega a Pandora (trad. la que lo da todo) su caja como regalo imparte una única instrucción: “no abrirás de ella”. Ciertamente la desobediencia por la curiosidad de la primera mujer trajo consigo un sinfín de males a la humanidad. De estas palabras que ya nos recordaba Sir Roger Scruton uno puede extraer ciertas premisas del pensamiento conservador escéptico del cientificismo. En esencia, el buen conservador tiene un escepticismo prudente ante toda innovación traída en nombre de la razón y la ciencia. Las ideas del progreso indefinido han generado una debacle en la condición humana donde ya las personas han sido subsumidas a ser meros entes atomizados. No ha de dudar uno que los errores más obvios son los más difíciles de corregir; la esperanza sin escrúpulos puesta en la ciencia como guía para el hombre nos remite al jugador compulsivo que, vez tras vez, confía que en su siguiente partida puede recuperar el patrimonio perdido.

Desconocer la naturaleza caída del Hombre es lo que hizo que diversas sociedades pongan su Fe en mortales que anunciaban un paraíso terrenal, un paraíso construido en aquellas mentes que son susceptibles de los más grotescos errores. La ciencia humana, imperfecta por naturaleza, es la que gestó desde un gulag ruso hasta una clínica de control poblacional en New York; así pues, los líderes mesiánicos, enemigos de la esperanza templada por la Fe y la Historia, ven en los conservadores prudentes un enemigo a derrotar.

La idea de que el hombre puede alcanzar la perfección mediante la premisa del progreso indefinido consolidad sólo en la técnica y desprendida de la moral, es lo que hizo abandonar a la comunidad de su noción de sacrificio terrenal para creer que era posible alcanzar un estado de perfección en esta propia tierra. Así pues, ha de entenderse que los límites morales y la Tradición histórica importan a los fines de comprender que lo perfecto no surge de lo imperfecto. Ha de repetirse hasta el hartazgo que todo campo de concentración, sea cual fuere, siempre se halló justificado en un discurso cientificista y crítico de la templanza, la mesura y el conservadurismo.

Tal como dijera Fourastié: “la Ciencia nos enseña aproximadamente cómo estamos aquí; no nos enseña ni por qué estamos, ni adónde vamos, ni qué fines debemos dar a nuestras vidas y a nuestras sociedades”.

Por Horacio Giusto Vaudagna

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