El éxito de las políticas madrileñas y el fracaso de las políticas catalanas

Hoy el PSOE madrileño debería haber anunciado su disolución, así como que todos sus afiliados pasaban a militar en ERC. En otras circunstancias diríamos que pocas veces se puede ver una decisión del gobierno tan desrazonada como que una comunidad autónoma determine la política fiscal de otra mediante una negociación con el gobierno central. En este momento no diremos tal cosa porque las decisiones desrazonadas, cada cual más desrazonada que la anterior, se suceden a tal velocidad que lo raro sería el día que no se anunciaran tres o cuatro decisiones aberrantes. Incluso en este contexto no deja de ser extraordinario que ERC, con la complicidad del PSOE, le fije la política fiscal a Madrid. Entramos en una era en la que Teruel acaso podría vetar políticas del gobierno andaluz o La Rioja decidir lo que se hace en el gobierno de Castilla-León. No va a haber manera de saber dónde tiene uno que votar para decidir la política que se hace en su comunidad. Qué forma más extraña, por otro lado, de ver al separatismo y el federalismo convertidos en el centralismo más radical en acción. Alguien podría llegar a pensar que lo que pretende ERC no es en realidad un objetivo fiscal, sino conseguir que los madrileños se conviertan en separatistas catalanes para que ERC les deje vivir en paz.

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Dicho todo lo anterior, cabe sospechar que a Madrid no le irá nada bien si su política económica se decide en Cataluña, para lo que basta con observar la evolución en los últimos tiempos de los PIB respectivos de una y otra comunidad.

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Como se aprecia en la gráfica, el PIB de Cataluña ha sido históricamente mayor que el de Madrid en términos absolutos. Hay quienes dicen que Madrid debe su éxito al factor capitalidad y no a su mejor política económica, pero Madrid ya era capital cuando Cataluña tenía un PIB apreciablemente superior. Por el contrario, Madrid es la comunidad más solidaria de España y con una balanza fiscal más desfavorable; es decir, Madrid es la comunidad que mayor parte de sus impuestos dedica a financiar las demás.

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Hasta el año 2012, el PIB mantiene una ventaja sobre el PIB de Madrid. Desde entonces ha existido un toma y daca que da la impresión que se resolverá definitivamente a favor de Madrid, salvo que el PSOE de la mano de ERC decida deliberadamente el hundimiento de Madrid. Hay que tener en cuenta que Cataluña (7,56 millones) tiene más población que Madrid (6,6 millones), por lo que la competición por ver quién tiene el mayor PIB, aunque pierda Cataluña, de hecho se encuentra desequilibrada a su favor.

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El nacionalismo gestiona mal la economía catalana

Si atendemos al PIB per cápita, para equilibrar el factor población, con lo que nos encontramos es con que tradicionalmente Madrid ha tenido más PIB per cápita que Cataluña, pero en 1997 la diferencia era del 7%, mientras que en 2019 fue del 15%.

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Otro indicador significativo a favor de Madrid es el de la deuda. La deuda pública de Cataluña sobre el PIB es más del doble que la de Madrid. ¿Quién dijo, por cierto, que el gasto y el endeudamiento eran mejor para el desarrollo que la contención y la austeridad? Si a lo que atendemos es la deuda pública per cápita, el peso de la deuda pública sobre cada catalán es el doble del peso de la deuda sobre cada habitante de Madrid.

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Todo lo anterior pone en evidencia la historia de los resultados divergentes de dos comunidades guiadas en los últimos años por políticas alternativas. El resultado casi recuerda a la Stahlstadt y la France-Ville de la novela de Verne, “Los 500 millones de la Begun”. En cualquier caso, de lo que nos hablan las cifras es del éxito de la política de Madrid y del fracaso de la política de Cataluña, entregada en los últimos tiempos a los programas ultraizquierdistas y los delirios independentistas. El epítome de este fracaso es que la comunidad perdedora le obligue a la ganadora a implantar por la fuerza sus políticas perdedoras. Llegar a ese punto ya es de algún modo reconocer implícitamente el propio fracaso. El problema es que la alternativa a rectificar del necio que se equivoca es arrastrar al que acierta hacia el precipicio.

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