Sobre la libertad negativa y la ética kantiana

Uno de los debates más suscitados a lo largo de los últimos años es aquel que versa sobre si es más correcto defender la libertad como concepto negativo, o como concepto positivo. Comencemos estableciendo qué diferencia existe entre ambas matizaciones.

La libertad negativa es el espacio en el que un hombre puede actuar sin ser obstaculizado por otros, existiendo esta obstaculización cuando surge la interferencia deliberada de otros seres humanos dentro de un espacio en el que si ésta no se diera el individuo actuaría. Cuanto mayor sea el espacio de no interferencia, mayor será la libertad del individuo. [1]

La libertad positiva es, el deseo del individuo de ser su propio amo y señor, de decidir por sí mismo; es la capacidad que tiene cada individuo de tener el control sobre su propia vida. Es decir, es la capacidad que tiene el yo superior (conciencia y razón) de controlar a su yo inferior (pasiones y deseos). Se entiende por libertad positiva la capacidad de cualquier individuo de ser dueño de su voluntad, y de controlar y determinar sus propias acciones, y su destino. [1] Sustenta la posibilidad de actuar de tal forma que se pueda tomar el control de su propia vida y realizar los propósitos fundamentales que se establezcan, es decir, la libertad de tomar decisiones.

En la propia definición podemos observar que, en realidad, la libertad positiva es lo que generalmente conocemos como capacidad de acción dentro de mi esfera persona. Desde un punto de vista libertario, la única que reconocemos con el nombre de libertad es la libertad negativa.

Cabe la posibilidad de que el lector considere que ambas pueden ser compatibles. La realidad es que podrían llegar a serlo hasta cierto punto, pero no en todos los casos; sólo en situaciones muy concretas. Si le reconocemos al individuo A el derecho positivo a que el individuo B haga X en su favor, no podremos reconocerle al individuo B el derecho negativo a que A no le exija a B realizar la acción X. Por ejemplo, si una persona A recibe el derecho a imponerle a los demás que libros leer (derecho positivo), las personas pierden su capacidad de elegir que libros leer (derecho negativo) [2]. Isaiah Berlín vuelve a establecer la importancia de la libertad negativa, puesto que soy libre en la medida en la que ningún ser humano interfiera con mis acciones (cabe entenderse, y yo no influya en las suyas) [1]. Este es el motivo principal por el que el libertarismo reconoce que sólo la libertad negativa es necesaria para garantizar la libertad del individuo. Conociendo esto, es fácil acercarse a uno de los principios básicos del orden libertario: el NAP, el principio de no agresión.

Habiendo este tema sido tratado con anterioridad en multitud de artículos, y dejando clara mi posición a favor de la libertad como concepto negativo, la realidad es que el concepto sigue siendo criticado por filósofos y juristas alrededor del mundo. Martín D. Farrell lo hace, en su artículo ‘’Libertad negativa y libertad positiva’’, al que procedo a responder.

Una de las afirmaciones que podemos leer en el artículo es la siguiente: ‘’Para la mayoría de los individuos no cuenta sólo la libertad negativa, sino también la libertad positiva. La pregunta relevante no es: «¿Tengo el derecho de viajar?», sino: «¿Tengo el derecho de viajar y los medios para hacerlo Si el libertarianismo insiste en concentrarse en la primera pregunta, no es extraño que fracase en concitar la aprobación de la mayoría de los individuos [2]’’. En este fragmento, Farrell está confundiendo libertad con capacidad de acceder a un servicio. La libertad negativa garantiza que yo tengo el derecho de viajar a aquel lugar que considere oportuno, evitando restricciones de terceras personas (siempre que no atraviese una propiedad privada, o en caso de que lo haga, sea con la autorización del propietario). Cuando Farrell realiza la pregunta de si tengo los medios para viajar, entra en un ámbito que no forma parte del concepto de libertad. De nuevo, dispongo de la libertad para viajar, pero si para hacerlo debo utilizar los recursos escasos de otros individuos (un barco, un avión, alquilar una casa…) y no puedo retribuir de manera justa a la persona que presta dicho servicio, no puedo exigir que se me garantice un viaje porque ‘’tengo el derecho positivo de viajar’’. De nuevo, al igual que en el caso de los libros, el derecho positivo acaba imponiendo a otras personas una acción que me beneficia a mí, rompiendo su derecho negativo de excluirme del uso de su propiedad.

Por otro lado, Martín destaca que, desde un plano fáctico, es posible que los libertarios carezcan de pruebas empíricas como para mostrar que la libertad negativa conduzca automáticamente a la prosperidad económica [2]. Este argumento tiene dos errores.

A) Primero, como libertario, carezco de la certeza para garantizarte que, si todas las libertades fueran negativas, tu situación económica mejoraría. No tengo la certeza para garantizarte dicha consecuencia. Pero sí te hago única y exclusivamente responsable de las acciones que tomes para mejorar dicha situación. Al tener libertad negativa plena, puedo trabajar en un producto que sirva al resto de individuos de una forma más eficiente a un menor precio, o puedo decidir vivir una vida tranquila, sin esforzarme en mejorar la vida de los demás. Ambas opciones son válidas, pero el responsable de esa situación pasas a ser tú, y no las imposiciones que terceros hagan apelando a su libertad positiva.

B) Segundo. Incluso habiendo aclarado este punto, es altamente improbable que la existencia de una libertad negativa absoluta conllevara un empeoramiento de mi situación económica. Al ser todo intercambio voluntario, ambas partes buscarán beneficios y podrán negociar en torno al contrato que se predisponen a firmar. Nadie me obliga a nada, por lo cual soy yo el que negocia mi intercambio, en el cual las dos partes se verán beneficiadas. Evidentemente, los beneficios pueden ser económicos, materiales o de cualquier otro tipo, pero es la libertad negativa la que me garantiza una posición desde la cual negociar las condiciones de un intercambio.

La ética Kantiana y su compatibilidad con la libertad negativa

En el supuesto caso de que se estableciera un sistema anarcocapitalista, o que el Estado redujera tanto sus competencias que dejara de legislar sobre temas como la moral, es evidente que los individuos buscarían nuevos referentes morales a los que seguir. En algunos casos, sería la ética católica, la judeocristiana o la utilitarista. En mi caso, defenderé que la ética Kantiana no sólo es correcta desde un punto de vista lógico, sino que es la que mayor compatibilidad presenta con la libertad negativa.

La ética Kantiana se sustenta sobre tres premisas que procedo a desarrollar.

Primero, la autonomía de la voluntad: Sólo en aquellas acciones en las que el individuo obra en total libertad, la acción que este lleva a cabo tiene una carga moral. La razón refiere, pues, toda máxima de la voluntad como universalmente legisladora a cualquier otra voluntad y también a cualquier acción para consigo misma, y esto no por virtud de ningún otro motivo práctico o en vista de algún provecho futuro, sino por la idea de la dignidad de un ser racional que no obedece a ninguna otra ley que aquella que él se da a sí mismo [4]. Si estableciéramos, por tanto, un sistema basado en las libertades positivas, toda acción humana sería en cumplimiento de aquel derecho positivo que otra persona tiene. La moral humana habría quedado vacía de contenido, no seríamos seres con noción de bien o mal, si no que cumpliríamos mandatos.

La segunda premisa, el imperativo categórico y la tercera, el principio de universalidad, pueden resumirse en la siguiente frase: obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal [5]. Si aquellas acciones que realizo pueden ser universalizables y son, desde un punto de vista formal, correctas, es evidente que el relativismo moral queda desmontado. Todos obraríamos en torno a acciones que queremos que otros realicen a su vez, puesto que son correctas y pueden ser universalizadas.

Conociendo ya las bases de la ética kantiana, y como he explicado a lo largo de su desarrollo, esta ética es perfectamente compatible con un sistema de libertades negativas, puesto que las acciones se realizan por voluntad del individuo, sin verse obligado a realizar acciones que, si bien pueden ser beneficiosas para una multitud, no tienen carga moral por la imposición a la que se ve sometido.

Avanzando sobre la ética kantiana y sobre la Escuela Austríaca, vemos también una similitud evidente entre la praxeología (la ciencia que utiliza el individualismo metodológico para estudiar la acción humana, característica de dicha Escuela) y la ética kantiana.

  1. La ética Kantiana es deontológica.

  2. Se basa en la idea de que el hombre posee un conocimiento (que sólo el conoce) y que le inclina a actuar de una determinada forma.

  3. Es una ética apriorística, lo cual supone que es independiente de si hay individuos que la aplican o no.

  4. Es una ética formal, lo que quiere decir que Kant no clasifica las acciones como buenas o malas per se, si no por como la voluntad actúa en ellas, valorando si la voluntad actúa de una forma correcta desde el punto de vista del imperativo categórico (recordemos; actúa de manera que tu acto pueda ser universalizable) o si por el contrario estamos utilizando un criterio distinto.

Ahora que conocemos la ética Kantiana y su similitud con la praxeología, espero que el lector comparta conmigo la gran compatibilidad existente entre dicha ética y los sistemas de anarquía, sin caer en el ya mencionado tema del relativismo moral. Para establecer una conexión directa entre la ética kantiana y la anarquía de propiedad privada, desarrollaré porque creo que la praxeología lleva indudablemente al ya mencionado sistema. La praxeología nos dice que el ser humano actúa. Actúa para lograr unos fines para los cuales necesita unos medios. Dichos medios o recursos son escasos, por tanto, su propiedad está en conflicto con otros individuos que de igual manera necesitan dichos medios. La única manera de evitar un posible conflicto entre dichas personas por el uso del mencionado recurso es establecer un sistema de propiedades privadas. Y no hay mayor sistema de propiedad privada que aquel en el que el Estado pierde total control sobre las propiedades de sus súbditos, es decir, aquella sociedad en la que única y exclusivamente el propietario tiene acceso a su propiedad, sin deber compensación alguna por ello a un ente administrativo. Por puro silogismo llegaremos a la conclusión de que la ética kantiana alcanza su máximo esplendor en un sistema de anarquía capitalista, puesto que el punto de unión que comparten es la praxeología y su complementariedad es absoluta.

Por otro lado, esta ética no está establecida en unos documentos que una serie de personas han impuesto a la sociedad, ni si quiera mediante la excusa de un dios u otro ente superior. Esta ética reside en nuestra voluntad, porque es sólo a través de ella que el hombre puede realizarse. Es, por tanto, invariable a lo largo del tiempo. Dichas características pueden favorecer que esta ética se postule como atractiva para un posible individuo, por encima de otras que dependan de terceras personas.

Pero dicha ética sólo puede establecerse en una sociedad basada en las libertades negativas. Mi esfera de acción debe estar únicamente sometida a mi voluntad, puesto que cualquier imposición sería una violación del principio de no agresión, dado que me vería obligado a actuar de una manera arbitraria. Nadie puede amenazar o cometer violencia (agresión) contra la persona o la propiedad de otro, la violencia sólo puede emplearse contra el hombre que comete tal violencia, es decir, sólo defensivamente contra la violencia agresiva de otro. No puede ser empleada contra un no agresor: he aquí la regla fundamental a partir de la cual se puede deducir todo el corpus de la teoría libertaria [6]. La defensa del principio de no agresión es lo que garantiza un sistema en el cual los diferentes individuos se respeten entre ellos; el individuo A respeta la propiedad privada de B, siempre y cuando B respete la propiedad privada de A. Como bien explica Rothbard en el anterior fragmento, la violencia sólo se utilizará si mi propiedad ha sido agredida (de hecho, Rothbard mantiene que la violencia usada como respuesta a dicha agresión debe ser, como mucho, proporcional a aquella que mi propiedad ha sufrido).

Espero que el lector haya quedado convencido de que la libertad negativa es la única que debemos considerar con el nombre de libertad: la única que garantiza que no habrá imposiciones de un individuo sobre otro, como puede ocurrir en el caso de la libertad positiva. La búsqueda de una ética compatible con el anarcocapitalismo, como he expresado en el último fragmento del artículo, utilizando la el análisis praxeológico como método que considero correcto, me lleva de manera ineludible a la defensa de la ética propuesta por Kant. Y es que sólo en un sistema de anarquía el hombre tiene una carga moral absoluta, sólo al disfrutar de una libertad negativa máxima puedo elegir que acciones realizo, en base a mi razón y a mi voluntad. El hombre volverá a valorar la importancia de obrar de manera correcta, y se acercará al camino de la virtud.

1.- Dos conceptos de libertad y otros escritos, Isaiah Berlin. Filosofía. Alianza Editorial, Madrid, 2005.

2.- Los 10 principios básicos del orden político liberal, Juan Ramón Rallo, 2019.

3.- Libertad negativa y libertad positiva, Martín D. Farrell.

4.- Immanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Capítulo Segundo

5.- Immanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Capítulo Cuarto

6.- La guerra, la paz y el Estado, Murray N. Rothbard, 1963

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Comentarios (1)
  1. garciacarmonaam says:

    En efecto, la libertad negativa es la única que en realidad existe, dentro de la dicotomía que ya se puede inferir, a la vista de estos usos adjetivales.

    Lo que entendemos por libertad positiva no es sino una interpretación eufemística que abre la puerta al dichoso “derecho positivo”, que no guarda relación con la regla y la autoridad per se, sino con toda la sistemática coactiva y de contraorden que caracteriza y define al Estado, entendido como ente artificial revolucionario que ejerce el monopolio de la violencia.

    En cuanto a la ética kantiana, teniendo en cuenta la interpretación que hace usted (en efecto, el imperativo categórico fue considerado así), lo que sí podemos corroborar de manera coincidente es que, pese a que cada cual tenga su interpretación, ha de haber una serie de leyes morales comunes (algunos kantianos hacen una interpretación a favor del centralismo e igualitarismo normativo, como de cierta manera hizo Kant al abogar por una “federación de Estados”), así como una Verdad cuyo indagado por parte de cada cual es libre, en tanto que resultamos de creación divina.

    Asimismo, la parte de verdad que pueda haber en la justificación ética kantiana de lo que se considera “sociedad anarcocapitalista” tampoco viene a ser posible sin tener en el centro de nuestras vidas a ese Dios al que, sin dejar de reconocer su existencia, no le atribuye lo que corresponde en trascendencia, supernaturalidad y relevancia metafísica, teniendo en cuenta los postulados de la Summa Theologica.

    En cualquier caso, muy buen artículo. Asimismo, espero que sirva para convencer a muchos seguidores de Immanuel Kant, en cuanto a su teoría ética, de la problemática que supone el invento revolucionario llamado Estado (o Estado moderno).

    Finalmente, te animo a seguir enrolándote en esta necesaria batalla intelectual.

    Un abrazo,
    Ángel Manuel.

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