El iconoclasta

A quien «niega y rechaza la autoridad de maestros, normas y modelos» se le llama iconoclasta. Es este un adjetivo culto mayormente desconocido para quienes no cursaron viejos planes de estudios. La iconoclasia es la deliberada destrucción dentro de una cultura de los iconos religiosos de la propia cultura y otros símbolos o monumentos, normalmente por motivos religiosos o políticos. El más brutal ejemplo de iconoclasia de nuestros tiempos es la voladura de la milenaria ciudad asiria de Nimrud y la destrucción de la vecina Hatra, ambas Patrimonio de la Humanidad, a manos de yihadistas islámicos del Daesh. A todos se nos revolvieron las tripas viéndolas en directo. Iconoclasta es también el moro que hace unos días pegó fuego al retablo de Fontellas y partió la cruz de piedra en Ribaforada, que si bien no son patrimonio de la Humanidad sí que lo son de un pueblo cristiano fervoroso, a quien ha encolerizado. Cerca de ambos casos anda —boletín oficial bajo el brazo— nuestro Joseba, el iconoclasta municipal, a quien le sobran el blasón y los cuadros de nuestros monarcas en la casa que es de todos, alegando que «no son buenos» y los manda al desván. Le sobran también el Monumento a los Muertos y, con él, la mayor obra pictórica realizada por Ramón Stolz Viciano: un enorme fresco de 700 metros cuadrados que es una alegoría, de muy excelente factura, de la fe y el espíritu guerrero navarro desde el principio de nuestra historia como reino, incluida la leyenda de Mikel Gurea. No todos los navarros saben de él, porque oculta como está la cúpula se ha sustraído al conocimiento de la Historia que pasó. El caso es que esta obra no se puede «retirar» y enviar al desván, ni tiene derecho nadie a destruirla ni a dejarla perecer por incuria, privándonos a todos —digo bien— de una pieza de arte muy principal. No cabe argumentar sin desvarío que sea franquista, porque el arte —incluida la arquitectura y el urbanismo— responde a la época en que se plasmó, por eso todos los museos están repletos de obras que hay que apreciar en el contexto del tiempo en que se realizaron. ¿Retiraríamos la velazqueña Rendición de Breda del Museo del Prado porque no estamos conformes con la política que siguió España en Flandes? A mí, La Familia de Carlos IV retratada por Goya me cae gordísima porque todos eran unos flojos y así nos fue, pero es Historia y no se me ocurriría descolgarla, como hace nuestro Joseba, aquejado por el síndrome de la nuda escarpia y del ventilador de inertes cenizas por darse autosatisfacción y echar “más madera” al horno zapateril de los rencores, como si ese fuego pudiese cambiar el signo de la Historia.

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Comentarios (2)
  1. Ramon de Argonz says:

    Muchas gracias. Me parece muy bien cómo lo expresa.
    Quien quema un libro, quema una persona, se ha dicho. ¿Y quien pica escudos, arranca piezas, retira retratos, dinamita mentalmente o prácticamente monumentos…? ¿Qué hará?
    Antes eliminaban personas para aterrorizar sociedades, y ahora se eliminan signos, símbolos, obras de arte… para eliminar sociedades.
    ¿Qué dirían si se hiciese eso con sus cosas y bienes, arte, personas y sociedades? ¿Qué no dirían?

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  2. RV1512 says:

    Heine lo dijo con claridad…. Se comienza quemando libros y se termina quemando personas….

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