El director de este periódico digital me llamó hace unos días; no había respondido a su invitación para la presentación de algo… En fin, estamos en Adviento y se me han acumulado los belenes; acabo de comprar un nacimiento de marmolina que deberé pintar. He oído por ahí que venden figuras plagiadas de un escultor y que hay un juicio pendiente. El estatuto de Cataluña lleva esperando al Tribunal Constitucional tres años y aquí no pasa nada. No creo que el juez llegue a mandar la orden herodiana de que todos los nacimientos menores de tres años sean confiscados. A cada paso se encuentra algo de que hablar, de que escribir… Y el director de este periódico me perdona de antemano: “Supongo que estarás ocupado…” Hay algo que me enternece de este hombre…

¿Analizamos el congreso del PP? Le digo a una encantadora e inteligente amiga, compañera del partido que me llama con cierta nostalgia de que no hubiera acudido al congreso, que acabo de leer La Regenta de mi admirado Leopoldo Alas “Clarín” y ahora entiendo por qué no estoy en política. Hay cosas tan hermosas…Pero lejos de querer poner otro nacimiento que no sea el del Hijo de Dios, confieso que con este frío tengo paradas las tablas, las figuras, las ramas… No sé si me dará tiempo. ¿La vida corre…? Sí, pero con intensidad. María Dolores Pradera nos lo cantó con una voz inefable el sábado pasado, con sus manos de dama exiquisita.

Tiendo a pensar que Carlos Baos Galán se hubiera presentado así, como uno más entre los personajes de una semana cualquiera, si hubiera escrito su despedida en una hoja volante. Sé que de las manos de Carlos Baos salieron muchos poemas, pero no soy yo quien conoce su obra como para rendirle un recuerdo. No mantuve con él una relación más allá de la cordialidad. Pero siempre, en lo poco que le traté, me pareció un hombre humilde, sensible y generoso. Sé que Carlos Baos recibió muchos premios, nacionales, pero sé que a su mujer, a su familia entera ahora les quedará otra cosa más grande. También sé que en la revista de poesía de la Cruz Roja le querían como corrector porque respetaba todos los poemas como a niños que se debe cuidar durante una tarde. Me lo encontraba por la calle y le hablaba de mi indecisión, de enseñarle algo… Y siempre con la misma disposición, amabilísima, sin alarde de premios (que no conocí por él) como cuando, universitarios, fuimos a enseñarle unos poemas de un amigo.

Tanto y ningún prodigio es un libro profundo que compré y que estos días releo… Quiero pensar que ahora verá él el prodigio sin límites de la vida.

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