Soy madre de 3 hijos. Ayer llegó mi hijo del colegio y me explicó que le habían dicho que se va a aprobar una ley para que “las mamás puedan decidir que si tienen un bebé en la tripa de este tamaño (y juntó las manos hasta dejar poco espacio entre ellas) lo puedan matar.”

A continuación me preguntó: “Mamá, tú no lo harías ¿verdad?”

Esto me recordó que hace unos años, entre mi segundo hijo y la tercera, tuve un aborto espontáneo a las 12 semanas de embarazo. En la revisión y la ecografía de esa semana me comunicaron que el feto estaba muerto.

Cuando llegué a casa del hospital y mi hijo preguntó por la foto del bebé, no supe qué contestar y él rápidamente se adelantó: ¿Se ha muerto?

Pues sí, se había muerto. Era un feto de 5 semanas que se había muerto por razones que ni sabemos ni sabremos. Así fue.

Jamás he pensado cuando me he hecho un test de embarazo y ha dado positivo, que tuviese una especie de conjunto celular reproduciéndose en mi interior y que ya se vería a qué daba lugar con el tiempo. 

Desde que una mujer se entera de que está embarazada, sabe que espera un hijo, independientemente de las circunstancias personales en las que se encuentre o las ganas que tenga de tenerlo. Interrumpir el embarazo, no es como interrumpir el programa de centrifugado de la lavadora, ni siquiera como que se interrumpa la digestión. 

Si bien es cierto que no podemos entrar a valorar o juzgar las decisiones que toman las personas en determinados momentos de su vida lo que está clarísimo es que si nos “desembarazamos”, matamos al niño que llevamos dentro. Sin eufemismos.

Gema Ramos

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